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¿Es la economía, estúpido!
16.09.07 -
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¿Es la economía, estúpido!
JESÚS FERRERO
A más de uno que se niega a aceptar la evidencia habría que recordarle aquella frase de James Carville que le ayudó a Bill Clinton a ganar las elecciones de 1992 frente a George Bush-padre. Con aquel: «¿Es la economía, estúpido!», se logró que el país se palpase el bolsillo y viera que detrás de las bambalinas y las grandes cifras se escondía una pésima gestión que había dilapidado cuatro años de gobierno.

Hoy, cuando España afronta la recta final de la legislatura, habría que decir con el ministro Solbes que hay «una situación de incertidumbre y eso es siempre malo para la economía», tal y como han confirmado los líderes sindicales y los responsables de la CEOE y los principales servicios de estudios económicos del país. ¿Por qué? Porque hay una serie de cifras que ponen en evidencia que las aguas andan revueltas por debajo de la superficie idílica que nos quiere transmitir el presidente Zapatero. Lo demuestra básicamente el estado de la economía de las familias españolas. Primero porque el salario de los trabajadores se aleja cada vez más del poder adquisitivo de los países más ricos de Europa y, segundo, porque la cesta de la compra sube más en los productos que son más básicos: carburantes, transportes y alimentos.

Somos -de acuerdo con los datos de Eurostat- el país europeo donde más ha bajado el poder adquisitivo. Desde 2004 la cifra es del 1,4 por 100, mientras que en otros el incremento del poder adquisitivo ha sido considerable: Francia 4,2; Reino Unido 6,4; Grecia 7,3; Finlandia 7,6 e Irlanda 11,1 por 100. De hecho, en estos momentos el 54 por 100 de las familias españoles tienen dificultad para llegar a fin de mes. Así, una familia española de cuatro miembros necesita 327 euros de más al mes para comprar lo mismo que en 2004.

En este sentido, la cesta de la compra es lo suficientemente reveladora de la situación que estamos describiendo. Y es que frente al crecimiento de salarios que desde 2004 se ha situado en una media del 9 por 100, sin embargo, la subida del aceite ha sido del 40,5 por 100, de las patatas un 22,9% o de la carne de ave un 17%. A estas subidas hay que añadir las de los servicios hospitalarios (16,1 por 100), los seguros médicos (14,3%) y la educación, que en la enseñanza superior es del 15,4% y en la educación infantil un 13,6. Con todo, corresponde a los productos energéticos la mayor subida de todas ya que el gas lo ha hecho en un 26,8 por 100 y los carburantes en un 23,9.

Por otro lado, las subidas del precio de la vivienda y la experimentada por los tipos de interés han supuesto en la práctica una gravísima pérdida de poder adquisitivo para millones de familias españolas. Hoy, el esfuerzo que tiene que hacer una familia para afrontar la deuda hipotecaria es del 43,3 por 100 de su renta (en 2003 era del 31,8%). Tal es así que en tan sólo un año el índice de morosidad hipotecaria ha crecido en más de un 20 por 100.

A todo esto hay que añadir una reflexión que no deja de sorprender si tenemos en cuenta que quienes nos gobiernan dicen ser socialistas. Desde 2004 el crecimiento económico no sólo no se ha repartido equitativamente sino que además ha aumentado la distancia entre ricos y pobres. De hecho, si de 1996 a 2003 las personas que estaban en el umbral de la pobreza descendieron del 26 al 22 por 100, la vuelta al gobierno de los socialistas en 2004 ha hecho que tres años después hayamos pasado a tener un porcentaje del 24 por 100. Y si se comparan los ingresos del 20 por 100 de la población más rica con el 20 por 100 más pobre, entonces, los resultados son reveladores de la dirección de las políticas sociales llevadas a cabo por el gobierno de Zapatero: en 1996, cuando llegamos los populares al gobierno, los ingresos de los más ricos eran 6 veces mayores que los de la población más pobre; en 2003 la diferencia se redujo a 5,1 veces, mientras que hoy -en 2007- se ha invertido la tendencia igualitaria y hemos vuelto a 5,4 veces.

Todo esto ha tenido unas consecuencias sociológicas evidentes tal y como reflejan los índices de confianza de los ciudadanos hacia la economía española. Los indicadores han ido empeorando en los últimos tres años.

Baste decir que en el último barómetro del CIS de julio de 2007 sólo un 27 por 100 de los españoles calificaba la situación económica como buena o muy buena, mientras que en abril de 2004 era de un 44 por 100. La pregunta es evidente: ¿qué ha pasado para que hoy, de acuerdo con esa misma encuesta, el 26,3 por 100 de los ciudadanos piense que la situación irá a peor en los próximos meses mientras que en marzo de 2004 tan sólo pensaba eso el 10 por 100?

El Partido Popular ha insistido una y otra vez que nuestra economía ha basado su crecimiento durante estos últimos años sobre los pies de barro de seguir la estela que proporcionaban la inercia de la herencia recibida y la buena coyuntura internacional. Nuestra economía ha seguido creciendo desde 2004 y ha creado empleo. Nadie lo duda, pero nuestro crecimiento por habitante ha sido el cuarto por la cola en la Europa del euro, sólo por delante de Portugal, Francia e Italia según los datos de Eurostat. De hecho, el avance en convergencia real con Europa en 2006 ha sido cero, a lo que hay que añadir tres datos adicionales que explican el estado de la gravedad potencialidad en el que nos movemos: que hemos pasado de 2004 a 2007 del puesto 23 al 28 en competitividad; que la productividad de nuestra economía ha perdido 3,1 puntos respecto de la media europea y, lo más preocupante, que el déficit exterior supera ya el 9,6 por 100 del PIB, siendo la cifra más alta de nuestra historia.

Con una radiografía así de nuestra economía no es de extrañar que el comisario europeo Joaquín Almunia haya advertido que España no debería cometer el error de hacer por razones electorales unos presupuestos disparatados, pues, «los efectos de la crisis pueden aparecer a medio plazo, en 2008». En este sentido las alarmas han saltado con la cifra de paro del mes de agosto -60.000 personas- ya que ha supuesto el mayor incremento de la serie histórica recopilada desde 1997. A lo que hay que añadir otro dato aún más preocupante: la caída de la contratación indefinida que, desde que entró en vigor la reforma laboral de julio de 2006, siempre había crecido mes a mes con relación al año anterior, mientras que en agosto ha caído por primera vez, haciéndolo además en un desalentador 8,8 por ciento.

Así las cosas es lógico que la gente se pregunte cómo se puede tener al frente del gobierno a alguien que, en medio de la incertidumbre que proyectan los datos que acabamos de ver, sigue siendo capaz de poner cara de optimista antropológico y decir a los cuatro vientos: ¿No hay que preocuparse! ¿España juega en la Champions de la economía mundial! Con reflexiones de tamaña lucidez no es de extrañar que el 18 de diciembre de 2006 el Wall Street Journal dijera por boca de uno de sus analistas -Bret Stephens- que: «Una vez que finalice el boom inmobiliario se instalará la mediocridad en la economía española», pues, «la realidad es que todas las fiestas se acaban» y el «tigre ibérico muestra defectos estructurales».

Y es que tan pendiente ha estado el presidente Rodríguez Zapatero durante esta legislatura de dar alimento a los nacionalistas radicales y de negociar con los terroristas de ETA, que nos hemos olvidado de la economía.

Y así, después de tener que atravesar las turbulencias de una legislatura que ha estado marcada por el despropósito de alguien que ha sido capaz de poner en peligro la igualdad de los españoles y la dignidad del Estado de Derecho, tendrán que ser las cifras las que acaben descubriendo al personaje al grito de: ¿Es la economía, estúpido!
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