La cita, extraída del libro del periodista argentino Juan Gasparini 'Mujeres de dictadores', ilustra la personalidad brutal de una mujer que para muchos observadores políticos fue el verdadero poder detrás del régimen. Todos recuerdan que fue ella quien azuzó a su marido, entonces comandante en jefe del Ejército, para que derrocara al presidente socialista Salvador Allende en 1973, a fin de evitar que sus hijos «caigan bajo la tiranía comunista». Ambiciosa y cruel, Hiriart esta bajo la lupa porque a pesar de ser una ama de casa tiene múltiples cuentas bancarias a su nombre en el exterior y también propiedades. En su época de gloria se conocía de su debilidad por el vestuario, los sombreros, las joyas y los adornos más sofisticados para el hogar. Fiel al estereotipo de mujer de militar, Lucía era católica observante y una defensora a ultranza de la familia, la indisolubilidad del matrimonio y la condena al aborto.
Con sus hijos no tuvo suerte en ese sentido. Todos se divorciaron por lo menos una vez. Lucía, la hija mayor, tuvo cuatro matrimonios. Fue la que trabajó más cerca de su padre durante el régimen como consejera y titular del Fondo Nacional de Cultura. En el ocaso del poderío de la familia, en 2005, amenazó con pedir asilo en Estados Unidos. Fue cuando había comenzado ya a investigarse su fortuna. Por suerte no lo pidió porque al arribar al aeropuerto de Miami la esperaba la Interpol y la mandaron de regreso a Chile como rea por defraudación al fisco y evasión. De todos modos, muy lejos habían quedado los tiempos de mayor impunidad, cuando en Chile 'no se movía una hoja' sin el consentimiento del dictador, como él mismo se jactaba. En ese entonces, el clan era intocable. El segundo de sus hijos, Augusto, que era oficial del Ejército pero se retiró, estaba siendo investigado por la presunta malversación de fondos del Ejército para beneficio de su empresa particular. Pero Pinochet seguía en el poder como comandante en jefe del Ejército y se archivó. Cinco años después, ya sin inmunidades, Augusto cayó preso.
Marco Antonio, el menor, es quizás el más comprometido. Su tarea consistió presuntamente en diseñar la telaraña de cuentas en bancos, paraísos fiscales y empresas ficticias para transformar dinero del estado en fortuna privada. «¿Y ahora lloran? Que lloren, se lo merecen», dijo Hiriart cuando la crisis económica







