Sarkozy en su salsa -hablador, impetuoso, hiperactivo y positivo- hizo ayer una exhibición de su polivalencia en Moscú: se declaró «amigo de los americanos», pero reconoció el estatus de «gran potencia» de Rusia, aprovechó para descartar definitivamente la opción de la guerra contra Irán, aleccionó a los estudiantes sobre la democracia, pidió que Francia tenga una parte en el gigante ruso de los hidrocarburos, instó a Putin a reconsiderar el asunto del «escudo antimisiles» y el de Kosovo, se mostró esperanzado con casi todo e invitó al presidente ruso a Francia para que haga su primer viaje como «ex presidente».
Puestos a elegir en la catarata de declaraciones, afirmaciones, criterios y esperanzas del locuaz Sarkozy, los reporteros sobre el terreno optaron por lo que el líder francés llamó «sentimiento de fuerte convergencia sobre Irán», asunto acerca del cual Moscú, es sabido, se muestra hostil a aplicar una batería de nuevas y más duras sanciones contra el régimen islámico chií. Putin sostuvo que, a día de hoy, no hay pruebas concluyentes de que Teherán pretenda dotarse de armas atómicas.
Rehén de su estilo polivalente y superdinámico, Sarkozy no consiguió establecer prioridades ni dejó una impresión de clara voluntad de cooperación bilateral franco-rusa salvo en el registro energético, donde es frecuente que los gobiernos occidentales olviden los déficits democráticos del régimen ruso. Práctico en esto, llegó a decir que su gobierno sería objetivo y no obstaculizaría la eventual adquisición de activos franceses por sociedades rusas Vivir para ver.
Una cierta impresión de caos deliberado, hijo del entusiasmo, quedó tras el esperado viaje de Sarkozy a Moscú. Una conclusión más o menos demostrable sería que, convergencias personales aparte, lo único claro es que las dos partes cooperan a fondo en la lucha antiterrorista internacional. Lo demás, más rusos o más chinos, como siempre: el Kremlin se entendía mejor con De Gaulle.




