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Conservadores y neoconservadores
20.10.07 -
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Conservadores y neoconservadores
JOSÉ IBARROLA
Los conservadores tradicionales son gente moderada y saludablemente escéptica. Valoran la legalidad por encima de todo, consideran que el respeto a las leyes es más importante que su propio contenido; pues el orden, aun cuando tenga aspectos arbitrarios, es preferible al caos. Por esta razón, son amantes de las formas, de los procedimientos, del respeto a las reglas del juego. Nadie como ellos practica la idea de que «el fin no justifica los medios», menos por razones de moral abstractas que por la razón práctica de que los medios inadecuados corrompen el deseado fin (por ejemplo, cuando se recurre a la denigración y el escarnio con un 'buen' fin, un fin moral, el fin está legitimando la calumnia, lo cual fomenta la inmoralidad). Desconfían profundamente de los cambios radicales, prefieren la reforma de aquello que no les gusta dándole tiempo al tiempo, sin recurrir a dudosos atajos. Adjudican un papel central a la autoridad legítima.

Los neoconservadores son los padres de la 'revolución conservadora', dos palabras que cuando se juntan saltan chispas como cuando se juntan el 'positivo' y el 'negativo' de un cable electrificado. La 'ingeniería social' es una característica común a todo movimiento revolucionario incluido el neoconservador. El revolucionario busca la aceleración histórica y exige fe ciega en la inspiración carismática del líder predestinado. Se siente capacitado para manipular la realidad en una determinada dirección, provoca acontecimientos que aceleran la transformación de la sociedad, impone nuevas normas según una doctrina o ideología que abraza como quien abraza una fe. Otra característica común: para ellos, el resultado certifica la bondad de los medios.

Nada más opuesto a la tradicional cultura conservadora. El viejo conservador huye de la ingeniería social como de la peste, le parece sospechosa toda aceleración histórica inducida intencionadamente, piensa que las transformaciones sociales aceleradas acarrean daños colaterales impredecibles. La realidad es demasiado compleja para manipularla impunemente, sus equilibrios latentes han llegado al punto en que se encuentran, mediante un enrevesado proceso imposible de dilucidar con detalle: cualquier intento de forzar su reemplazo está condenado al fracaso. Frente a la característica arrogancia del reformador social, proponen la necesaria modestia y humildad para reconocer las propias limitaciones y la suficiente lucidez para entender qué se puede y qué resulta imposible de planificar.

Socavar las instituciones no es, sin embargo, el objetivo primario de los neoconservadores; prefieren agrietarlas y alterarlas de acuerdo con sus fines, transformarlas para que resulten útiles a sus nuevos objetivos. Su meta es cambiar las reglas del juego y darles valor universal, implantar una nueva cultura de modo que gobierne quien gobierne lo haga respetando su escala de valores. Sin renunciar al populismo: se erigen en la voz del pueblo acallada por las elites intelectuales. Además, se sustraen a todo control político y social y se ofenden cuando no confiamos en su capacidad de autocontrol. Aspiran a un poder planetario y globalizado.

Los verdaderos conservadores tienen una concepción 'orgánica' de la sociedad. Cada sociedad es un organismo autónomo que ha desarrollado sus propias instituciones a lo largo del tiempo. Durante generaciones se ha ido tejiendo una red de relaciones con sus propias reglas del juego, costumbre, tradición y hábitos son el combustible que la hace funcionar. Si es así, los únicos cambios sociales asimilables y sostenibles son los que se producen a ras de suelo, fruto de la discusión y la experiencia de sus miembros. Los cambios resultan de la espontánea interacción de la gente, tras una larga y lenta cocción, sin que ninguna intervención en particular logre tener un peso decisivo.

Qué diferente de esa voluntad neoconservadora de maximizar la libertad de mercado, en nombre de la sacrosanta libertad del individuo, demonizando cualquier intervención del Estado; de privatizar la escuela, los servicios, la sanidad, las pensiones, los transportes, la seguridad, incluso las prisiones y una parte de las funciones del ejército; por no hablar de los cambios de régimen por la fuerza en los países considerados hostiles. Todo ello, no mediante un proceso de abajo-arriba, con discusiones abiertas y respetando la voluntad general, sino poniéndose por encima de la ley, difamando y ninguneando a quienes -a derecha e izquierda- les llevan la contraria y haciendo un uso infiltrante de los medios de comunicación.

Finalmente, el conservador tradicional considera al individuo en el marco de su familia, su comunidad y su país; marcos decisivos a la hora de conformar el carácter individual de cada miembro del organismo social. Y no, como dijera famosamente Margaret Thatcher, que «la sociedad no existe, solo existen los individuos que la componen»; famosa también por perseguir cualquier organización social, como los sindicatos, que defienda al individuo frente a los poderes fácticos (clave: el individuo aislado es más maleable). El verdadero conservador valora la cohesión social, le preocupa el individualismo exacerbado que lleva a la insolidaridad y a la disgregación del tejido nacional.

Al conservador tradicional puede encontrársele tanto en el centro-derecha como en el centro-izquierda; el neoconservador se alinea con la Derecha Dura, pero presenta diferencias sustanciales con el Nacionalismo radical y la Derecha Religiosa. De creer a la izquierda, los 'neocon' son malignos extraterrestres de aspecto humano que han invadido nuestro planeta; la realidad es que sus postulados elementales -lo mío es mío, lo de los otros puede compartirse; unos nacemos para mandar, otros nacen para obedecer; soy libre de hacer mi santa voluntad; al adversario ni agua; etcétera- coinciden con las pulsiones más elementales del común de los humanos. Los neoconservadores cuentan, pues, con una gran ventaja en la línea de salida respecto a los moderadores sociales. Las diferencias entre los conservadores clásicos y los neoconservadores son casi tan grandes como las que existen entre la derecha y la izquierda
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