
El de Jesús Carballo es uno de los casos más injustos que existen. No sólo porque fuera una de las máximas autoridades mundiales en Prehistoria, sino porque, gracias a su tesón y dedicación, evitó que se perdieran restos prehistóricos que ahora nutren el museo del que fue director hasta el año de su muerte, en 1961. Su labor está muy vinculada a las excavaciones en la cueva de El Pendo, la creación del Museo de Prehistoria, en 1926 y, sobre todo, en la brega para concienciar a las autoridades de que los restos arqueológicos merecían la pena ser conservados. Eran tiempos, primeras décadas del siglo XX, en donde los hallazgos se despreciaban y se arrojaban a las cunetas o eran entregados a investigadores francés que sí sabían apreciar su valor real.
César Torrellas, concejal de Cultura, informó ayer de la decisión municipal de encargar sendos informes al Gobierno de Cantabria, de quien depende el museo, el Cronista Oficial y el Centro de Estudios Montañeses para dictaminar si el padre Carballo es merecedor de reposar entre los más ilustres.







