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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Economía

ECONOMIA
Reinventar la Seguridad Social
25.11.07 -

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La Seguridad Social surgió hace más de un siglo para asegurar a los trabajadores industriales contra los riesgos de pobreza en la «gran vejez». La gran vejez podría cifrase en aquél momento los 60 años. Pocos trabajadores llegaban a esa edad y los que lo hacían apenas la sobrevivían. Las pensiones eran un seguro de vida a favor de las viudas y los huérfanos, más que rentas vitalicias para largos períodos de jubilación.

Desde entonces, la invención de la Seguridad Social ha rendido extraordinarios servicios a los trabajadores y la sociedad en su conjunto, al dotar de estabilidad, seguridad y capacidad económica durante la jubilación a cientos de millones de familias en los países desarrollados. No puede pasarse por alto esta inmensa contribución de lo que, en definitiva, ha resultado ser un «gran invento». El principal éxito de la Seguridad Social en los países occidentales ha sido que bajo su estructura se ha cobijado la práctica totalidad de los trabajadores, especialmente desde mediados del siglo XX. Tanto la cobertura completa como la suficiencia económica han constituido dos potentísimas palancas para la emergencia de las clases medias y la seguridad económica de la población y, en definitiva, para el crecimiento experimentado por estas economías en la segunda mitad del siglo XX.

En la actualidad, debido a la incesante extensión de la esperanza de vida, la cobertura de los compromisos de pensiones derivados de los largos periodos de jubilación es muy cara y cada vez más, independientemente de cuál sea el método financiero o la titularidad (pública o privada) del esquema de pensiones utilizado. Por lo que la acumulación adecuada de recursos de ciclo vital es muy problemática mientras los individuos sigan entrando cada vez más tarde al mercado de trabajo y saliendo de él cada vez antes.

La aplicación de los capitales acumulados bajo el método de capitalización se enfrenta a la incertidumbre de vidas cada vez más largas que introducen un riesgo no compensable en los esquemas de seguro de longevidad, que acompañan a los instrumentos para la transformación de dichos capitales de jubilación en rentas vitalicias. El deterioro de la relación agregada entre activos y pasivos introduce igualmente enorme tensión en la aplicación de ingresos corrientes para la financiación de las pensiones del momento en los sistemas públicos de pensiones. No cabe duda de que la realización de un mayor esfuerzo ahorrador o contributivo, junto con un alargamiento de la edad de jubilación, ayudarían a resolver algunos de los desequilibrios de los sistemas de pensiones. Esta es ciertamente la receta universal, aunque difícil de aplicar.

Pero subsisten problemas ligados a la permanente extensión de la esperanza de vida que no pueden resolverse mediante una simple aplicación de más ahorro o más años de trabajo. No es tan sencillo. Si tan sólo algún tipo de institución pudiera asegurar contra la gran vejez, hoy más allá de los 80 años, por ejemplo, eliminando o limitando el riesgo no compensable que supone la incesante extensión de la esperanza de vida, la provisión colectiva hasta ese momento en que aparece la gran vejez sería mucho más barata y eficiente. Y el grueso de la población trabajadora podría permitírsela sin costes excesivos a condición de iniciar en buena hora, con un esfuerzo proporcionado, sus carreras de aportaciones a los esquemas correspondientes.

A diferencia de lo que sucedía a principios del siglo XX, en la actualidad, en los países desarrollados y en muchos países en desarrollo con suficiente estabilidad social, institucional y económica, existen las clases medias, los mercados financieros desarrollados y el hábito del ahorro y el trabajo. Pero, al igual que a principios del sigo XX, podría ser interesante volver a inventar la Seguridad Social para asegurar la gran vejez mediante cotizaciones moderadas sobre el conjunto de la población trabajadora. La acumulación de capitales de jubilación y contingencias afines para el periodo que iría desde el momento de la jubilación, elegido con mayor flexibilidad incluso de lo que se hace hoy, y esa etapa de gran vejez, se puede resolver muy bien con las técnicas financieras y de seguro existentes, dados los esfuerzos adecuados, tanto en esquemas públicos como privados de capitalización.

Pero la «reinvención» de la Seguridad Social a partir de la gran vejez serviría para eliminar el riesgo no compensable que la longevidad introduce en los esquemas abiertos de seguro y rentas vitalicias, encareciendo desproporcionadamente la provisión hasta edades muy avanzadas. Nótese que éste es un sistema mixto de pensiones, aunque «diferido», en el que lo privado interviene al principio del período de jubilación y lo público al final, como parece razonable que así sea.

Reinventar la Seguridad Social a lo largo de las líneas que acabo de exponer puede parecer una reforma radical de las pensiones, pero, si se mira bien, es lo más sensato que cabría hacer, sin necesidad de preocuparse demasiado sobre si la iniciativa debería ser pública o privada, de capitalización o reparto, de prestación o contribución definida, pues cada elemento puede tener su parte, aunque no sería bueno que tuviese la exclusividad. Sí hay un cambio radical que es necesario: el de las mentalidades, demasiado apegadas al proteccionismo. Un cambio que se inspire en la libertad responsable por parte de los individuos para decidir cuánto y cómo trabajar, pero que proporcione a éstos una red de seguridad ante riesgos, como el de longevidad a partir de la «gran vejez», frente a los que el mercado carece de soluciones eficientes.
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