Nos encontramos ante un asunto de enorme relieve. Algo que no es de extrañar a tenor de la marginación que sufre la lengua en este mundo dominado por los medios informáticos y audiovisuales. Porque la realidad es que estos alumnos de Secundaria a los que el informe hace referencia se mueven en un nuevo paisaje social y cultural que lo domina todo -la calle, la casa e incluso las aulas-, y que apenas deja espacio para la lectura. Y, sin ésta, su lenguaje se empobrece, poniendo al descubierto carencias tanto de léxico, como de posibilidades sintácticas con las que ordenar el pensamiento. Asunto grave, dada la estrecha relación entre el pensamiento y el habla, como ya advertía Lev Vygotsky.
Hablar por tanto de carencias lingüísticas no es hacerlo de un asunto más. Sobre todo porque la lengua es instrumento determinante en la configuración del individuo y en el aprendizaje. Que la lengua es componente esencial de lo humano no ofrece dudas. Con ella, el individuo va ordenando la realidad y formándose a sí mismo; de ahí que se diga que nos hacemos personas al tiempo que aprendemos el lenguaje y estamos en condiciones de adecuar la palabra a la naturaleza de las cosas. Mas, como decimos, la lectura es también herramienta primera para abordar el conocimiento; de lo que se desprende que las limitaciones en ella ocasionan enormes inconvenientes a los alumnos en su proceso educativo. Y es que esos déficits lingüísticos de nuestros jóvenes dificultan las capacidades de expresión y comprensión, tan decisivas en el estudio. En vista de que este ambiente es tan poco propicio para la lengua, para la lectura, se precisan medidas que aseguren a los individuos la destreza en un instrumento tan valioso para su formación y para el acceso al saber. Y la más importante está en las aulas. Es en ellas donde, de manera sistemática, se pueden poner en marcha tanto acciones compensadoras -especialmente necesarias en los primeros tramos educativos y para aquellos alumnos que, debido al ambiente socio-cultural en que viven, muestran limitaciones lingüísticas, como aquellos procedimientos que permitan equipar a los individuos de las destrezas lingüísticas con las que comprender distintos tipos de texto y de mensaje. Ya sabemos que hay abundante bibliografía al respecto, pero no estaría de más que los profesionales de los centros de profesores contribuyeran a mejorar las cosas mostrando a los docentes las mejores experiencias y aquellos enfoques didácticos o recursos que garanticen a los alumnos el conocimiento de la lengua.
Eso no quiere decir que no existan otras maneras de mejorar la competencia lingüística. De adueñarnos de la lengua. Y, además de crear un mejor ambiente en los centros, más favorable al saber, resultan de enrome utilidad las actividades que promuevan la lectura tanto de obras literarias -allí donde vemos prolongada la vida, que dice Margaret Meek-, como de textos de muy distinta naturaleza. En ambos casos, son apropiada forma de acceder al saber y, por esto mismo, de aclarar el destino escolar y profesional (Michéle Petit). De ahí que se recomiende reservar lugar preferente en los centros para la lectura y comprensión de textos. Lo que no quiere decir que deba recaer todo en ellos; los ambientes familiares resultan asimismo imprescindibles a la hora de contagiar el gusto por una actividad tan significativa. Ahora bien; con ser tan valiosa la implicación de las familias y de otros agentes sociales en el fomento de la lectura, de lo que no cabe duda es de que todo lo relacionado con la lengua ha de tener mayor y mejor presencia en la institución escolar. Ello no quiere decir que sea a costa de estos medios técnicos de los que venimos hablando, y con los que hoy comparte tantas cosas en el proceso de enseñanza. Nada de eso; las nuevas tecnologías pueden ser útiles herramientas de aprendizaje, siempre y cuando se utilicen de manera adecuada, claro está. En ningún caso se puede pensar en ellas como la solución a los problemas educativos; algo así como útiles capaces de sustituir al profesor y por extensión a la propia escuela, la única capacitada para seleccionar la información que necesitamos y «convertirla en conocimiento», en palabras del profesor Guarro Pallás.
Y son precisamente las dificultades que muchos jóvenes tienen hoy para procesar la información las que obligan a reservar un lugar preferente en las aulas a la enseñanza de la lengua. Dicho de otra forma, las que exigen que se creen las condiciones para desarrollar en ellas aquellas actividades que proporcionen al alumno las destrezas con las que irse haciendo persona y afrontando todo tipo de estudios. La competencia lingüística. Por mucho que digan algunos responsables públicos, esto no es cuestión ni leyes ni de normas. Se comprenderá que, si por ellas fuera y después de tantas como se han elaborado en los últimos tiempos, las cosas nos irían mejor en educación. Pero no es el caso, como se encarga de explicarnos el informe de marras.




