«El fin de la comida barata», titulaba en su portada este mes la prestigiosa revista 'The Economist'. Citaba el índice de precios de los alimentos, creado en 1845, que acaba de alcanzar su máximo histórico, después de estar bajando desde 1974. La revista habla de los mismos factores que enumera la FAO, como los biocombustibles, y señala el efecto fatal de las subvenciones de EE UU para producir etanol. Pero añade el papel decisivo de China e India, dos masas de enorme población en ascenso. Un dato: en China se comía una media de 20 kilos de carne al año en 1985. Este año serán 50 kilos. Y se necesitan ocho kilos de grano, lo que come el ganado, para producir uno de carne... Y hay 1.300 millones de chinos.
Lo que pasará a partir de ahora y cuál debe ser la reacción de los países ricos es uno de los mayores debates económicos abiertos. De momento, la FAO ha pedido «medidas urgentes» y, por su parte, pondrá en marcha un plan de acción. Además de ayudas a las redes sociales de los países más precarios, quiere aplicar la idea de repartir cupones para la compra de semillas y fertilizantes. «En vez de darles pan, les damos directamente el dinero para aumentar la producción local», explica la FAO. Es lo que ha hecho con éxito en Malawi: «Ayudado por unas lluvias favorables, el país ha tenido resultados espectaculares desde 2005, la producción de maíz superó las necesidades nacionales, y dobló la inversión realizada. Los pequeños agricultores se han beneficiado y han aumentado la producción para su consumo».




