
El suceso, en el que el hombre se ha visto implicado sin comerlo ni beberlo -vale, sin comerlo- se produjo el miércoles en la santanderina Plaza de Italia, donde colisionaron tres coches.
Por lo visto, dos de ellos chocaron entre sí alcanzando a un tercero, un turismo de autoescuela en el que F.L., de 50 años de edad, aprendía a conducir.
Tras cerciorarse de que los ocupantes de los turismos implicados se encontraban bien, los agentes de la Policía Local que se presentaron allí comenzaron el papeleo -las diligencias, que dicen ellos- a la espera de que llegara el equipo de atestados.
Y llegó. Y se quedó «a cuadros» cuando observó las muestras de las pruebas de alcoholemia que realizó a los cuatro conductores (el profesor acompañante en el coche de una autoescuela lo es) y comprobó que la única que dio positivo era precisamente la del alumno de este señor.
«Primero se le realizó una prueba con el aparato portátil. Dio 0,32. Después se le practicaron ya las pruebas con el aparato de precisión. Dio 0,29 y 0,28. El doble de la tasa máxima autorizada a un conductor novel (0,15)».
Se abrió, entonces, una puerta a lo surrealista por la que empezó a pasar todo el mundo.
Entraron los dos funcionarios que forman el equipo de atestados (un cabo y un policía que suman 18 años de servicio) y que admitieron que nunca en sus vidas habían enfrentado una cosa igual. Y, detrás, a la orden, dos excelentes conductores, un mal profesor, un pésimo alumno y la personificación del dilema, porque a ver quién aclara ahora quién apechuga con las responsabilidades de este suceso.
Dice la Policía Local que L.F. Y como sea así, al hombre le va a salir la broma por un pico y una pala: «Se ha propuesto una sanción de 600 euros, la pérdida de cuatro puntos y la suspensión del permiso de conducir un mes». Vamos, que empieza debiendo. Pero dice la Dirección Provincial de Tráfico que no, que eso no está tan claro.







