
FICHA TÉCNICA
'Hay que purgar a Totó' se define como una farsa conyugal y escatológica con la que la actriz catalana ha podido cumplir un sueño y, al tiempo, dejar a un lado por el momento dramas y tragedias. La actriz, además, se reencuentra con Georges Lavaudant, uno de los grandes nombres de la dirección escénica europea, con el que ya trabajó en 'Play Strindberg', de Friedrich Dürrenmatt.
'Hay que purgar a Totó', que recala en Santander los días 7 y 8 de marzo -un mes muy teatral en el que se sucederán los montajes 'Alicia' de Réplika Teatro, y 'Barroco', con la presencia de la actriz de moda, Blanca Portillo-, se estrenó en abril de 1910 en el Théâtre des Nouveautés de París, con gran acogida de crítica y público.
Se considera un trabajo característico de la última etapa de Feydeau, de sus últimas obras, en un acto en el que lo cómico descansa menos sobre las fórmulas clásicas del vodevil (resurgimientos, confusiones y gazapos) y más sobre el cuadro -sin tapujos- de los protagonistas.
La historia se centra en Sebastián Rebollo, un fabricante de loza que invita a comer en su elegante casa a un importante cliente, el Sr. Chitín, presidente de la comisión encargada de decidir la adquisición, por parte del ejército francés, de orinales para los soldados.
Al igual que en las farsas medievales, lo cómico surge de situaciones y de personajes estereotipados, de recurrir a los accesorios, a los juegos de palabras obscenas. Rebollo (Follavoine, en la obra original) es la figura del soldado fanfarrón, el charlatán, el comerciante corrupto e incluso del malabarista (un malabarista sin mucho arte, cuando tira sus orinales); Julia es el arquetipo de la típica maruja; Rosa el de la sirvienta boba y Cayetano Chitín encarna al cornudo de toda la vida.
Una pantomima, dice el director, que busca «no sólo hacernos reír, sino también emocionarnos, indignarnos, como en las películas de cine mudo en las que Chaplin (del que Feydeau era ferviente admirador) se dedica a tropezar, guiñar el ojo y darle vueltas al bastón». En esta 'farsa conyugal' moderna, al igual que en las de la Edad Media, se reflejan vicios como «la mediocridad, la mezquindad, la soberbia, la incultura y la hipocresía de los pequeño-burgueses», que son diseccionados sin piedad. La violencia de la diatriba sobre el fracaso matrimonial que mantiene el autor, quien se había separado de su mujer un año antes de escribir la obra; y la pareja y la vida familiar aparecen en el argumento como el marco ideal para todo tipo de vejaciones, humillaciones y fracasos; «unas arenas movedizas en las cuales uno se hunde irremediablemente; una celda de manicomio en la que arañamos en vano las paredes acolchadas, un auténtico foso en el que la humanidad se desvanece», reza el montaje.




