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Cultura

ADELA GÓMEZ RABELISTA DE POLACIONES
«El rabel y el canto me han ayudado a superar las tristezas de la vida»
09.03.08 -

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«El rabel y el canto me han ayudado a superar las tristezas de la vida»
Adela Gómez, de 91 años, con su inseparable rabel. / JOSÉ LUIS RAMOS
Perdió a tres hermanos republicanos en la guerra civil. «Habrá una justicia más arriba», dice. Toca el ancestral instrumento con sólo dos cuerdas, «porque ya es tarde para cambiar». Purriega por los cuatro costados. Eso marca en los genes. No ha sido nada amiga de viajar porque siempre ha estado apegada a su terruño. Ahora, con 91 años, vive en Torrelavega en casa de una hija. Es una mujer de porte elegante, coqueta, que se peina en la peluquería, de buena dicción al hablar, con un castellano rotundo y sin comerse sílabas. Podría ser una mujer pegada a un rabel, que es casi como la muñeca de su infancia. Todavía lo toca y canta con la sabiduría de quien posee el conocimiento de un repertorio que aprendió de los grandes del folclore del valle de Polaciones. Adela Gómez, natural de Salceda, es uno los pocos ejemplos vivos de los viejos folcloristas que nacieron para enseñar y ser maestros de algún oficio. En esta caso, el de rabelista. Pero su saber va más allá y su sabiduría sobre la cultura popular es un regalo para los oídos y la inteligencia. Porque una vez más, el instinto de esta gente de los pueblos deja una huella en un mundo prefabricado y falso. Allí todo es de verdad, aunque el valle se caiga al vacío.

-¿Qué pocos quedan en Polaciones!

-Antes éramos bastante gente. No sabría decirle. En mi pueblo, Salceda, habría entre 30 y 35 vecinos. Ahora habrá dos o tres casas habitadas durante todo el año. La mayoría de los purriegos se fueron a buscar una vida más próspera a Santander y Torrelavega.

-Y usted se fue a vivir a Torrelavega.

-Hace quince años. Mi marido Lorenzo enfermó y no podíamos estar solos. Una hija, Tere, nos trajo a su casa de Torrelavega. Mi esposo murió hace cuatro años.

_¿Pasea por la calle?

-Voy con bastón, pero me defiendo. Me gusta ir por la plaza de La Llama y por donde sale el sol.

-En la casa de su hija se le agolparán muchos recuerdos.

-Muchos recuerdos y muchas penas. Polaciones era un valle muy alegre que se vivía un ambiente muy sano. Cuando caía una nevada fuerte, como las de antes, había más tiempo libre. Yo he trabajado en el campo y con el ganado. En las cocinas, aquellas de carbón, mi madre nos contaba cuentos, historias, romances, nos enseñó a rezar. Éramos ocho hermanos y nos gustaba jugar también en la calle a la peonza, al pite, al tejo, a las piedras. Desde que estoy en Torrelavega han vuelto a mi memoria recuerdos que tenía olvidados, como muchos cantares que me enseñó mi madre, aunque muchos los tengo grabados. La verdad es que echo en falta mi casa de Salceda.

-Veo que se lo pasaban bien sin televisión, porque hoy en día es un electrodoméstico imprescindible para los pueblos.

-Claro que nos lo pasábamos muy bien. No había televisión, pero tampoco había radio en prácticamente todo el valle.

-No me diga.

-Sí, es cierto. La única persona que disponía de un aparato de radio era don Ángel Revilla, el padre de Miguel Ángel Revilla. Le hablo de cuando terminó la guerra civil.

-¿Cuántos rabelistas había cuando usted era joven?

-Había más que ahora. Quedamos Juliana, que vive desde hace tiempo en Hoznayo, y yo. Los demás son jóvenes, aprendices. En mi época estaban Pedro Madrid, Pepe Gómez, 'Quintana', mi hermano Luis Gómez. Tenía mucha amistad con Pepe, que venía a tocar a mi casa. También con Pedro, que era el que mejor hacía sonar el rabel.

-¿Y qué me dice de usted?

-Pues yo tocaba de todo como la jota, las montañesas, los romances, las campurrianas y las asturianas.

-La manera de tocar purriega me recuerda a la de un violonchelo diminuto.

-Es parecido, se coloca arriba del pecho, mientras que en Campoo se colocan el instrumento al hombro.

-Parecido a un violín.

-Sí que tiene un parecido.

-De maderas como el cerezo y con dos cuerdas de crines de caballo. ¿Ya nadie construye los rabeles así?

-Se construyen con tres cuerdas y metálicas. Eso lo inventó Pedro Madrid y buscó un modelo diferente. Hay subidas muy altas que se acoplan mejor con tres cuerdas. Yo aprendí con dos cuerdas y toco con dos cuerdas, a mí me gusta más.

-Siempre se ha dicho que el sonido es monótono.

-Cada uno que piense lo que quiera. No voy a cambiar, ya es muy tarde para mí.

-Habla con pesimismo.

-Después de los 91 años, como es mi caso, no cantes victoria.

-¿Cómo aprendió a tocar el rabel?

-De oído, nadie me enseñó. Todos mis hermanos tocaban el rabel y me fijé en como lo hacían ellos.

-Los romances que usted recopilaba ¿de dónde procedían?

-De mi madre y de otra señora de la misma edad que se llamaba Casimira, también de Salceda. Eran una fuente de conocimiento del saber popular. Desde pequeña me gustaba fijarme en los cuentos, y de más mayor me interesé por los romances.

-¿Usted conoció a José María de Cossío?

-Él iba mucho por Polaciones para recopilar romances. Pero sólo coincidimos una vez y casi de casualidad. No me di a conocer como la hija de la señora María. Él era un poco cobarde.

-Quiere decir tímido, retraído.

-Sí, sí, en ese sentido lo digo. Era muy querido porque se preocupaba de las tradiciones purriegas. Él buscaba gente mayor, como mi madre o Casimira, que le transmitían sus conocimientos de la tradición oral.

-Tres de sus hermanos, que estaban en el bando republicano, murieron en la guerra civil. Esto si que es duro.

-Ese dolor lo tengo guardado en mi corazón. A mi hermano Joaquín lo mataron en el frente de La Lora y lo enterraron en San Martín de Elines, cerca de la colegiata. Otro hermano, Domingo, fue fusilado, y mi hermana Pilar fue detenida y en el viaje de Salceda a Santander 'desapareció'.

-¿No guarda rencor?

-Habrá una justicia más arriba.

-¿Pasó hambre?

-Claro que pasé hambre. No había pan y nos alimentábamos con el maíz, con el que hacíamos unas tortas muy ricas, y la leche. Matamos un ternero para hacer un poco de caldo.

-Tuvo seis hijos y murieron tres.

-Están en el cielo.

-La vida le ha pegado fuerte, Adela. ¿El rabel y el canto le han servido de ayuda?

-Me han ayudado a superar las tristezas de la vida. Todos los días toco el rabel y canto y lo hago a cualquier hora del día.

-¿Se siente suficientemente reconocida?

-No le doy mayor importancia a los premios. Han venido a conocerme gente aficionada al folclore, periodistas, se han editado libros en los que sale mi nombre y referencias a mí. Gozo de la amistad de Chema Puente, que para mí es un portento con el rabel pese a lo joven que es. Bueno, y es cierto que me hizo una distinción Radio Nacional en la Gala del Folclore Cántabro.

-Es muy poco. Usted se merece más.

-Yo a estas alturas no espero nada.

-Dígame tres grandes nombres del folclore cántabro.

-Me voy a centrar en la 'bandurria' que es como llamamos en Polaciones al rabel. Chema Puente, que es el que mejor toca y canta al estilo purriego y además le aprecio mucho; Eloy Gómez Rey, mi padre; Domingo Calzado y Domingo Morante.
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