La sala brillaba, se ennegrecía, se difuminaba, moría y renacía con la voz, la negrura, la brillantez de los agudos, la profundidad de los graves, la mezcla, nunca gratuita, de la técnica vocal y los medios técnicos, jugando a crear, a provocar, a transmitir.
La grandeza de la figura de Diamanda Galás, envuelta en nieblas, sedas negras y sedosa melena. Personalizada por un rostro gótico y una belleza espectacular para sus años y locas lunas. Singularizada por unas luces de escenario excepcionales por su sabiduría, rigor y ritmo. Sus manos pálidas sobre el piano, parecían despertar el oscuro y profundo sonido del Steinway. Rememoraban ritmos, melodías, acordes y hasta un Falla errante. Fue una hora brillante y enigmática. Hubo momentos en que me abstraje, olvidándome dónde estaba. Los aplausos y las palabras de mi compañero de audición me recordaban que estaba en mi ciudad. En Santander. Le mandaba callar. No quería perder la concentración.
Al final del concierto, todavía sentía un temblor del que no quería desprenderme. Fui a dar las gracias a la persona que había hecho realidad la actuación: Javier Díaz. A través del Aula de Música de la Universidad, es la persona que hace posible que grandes talentos, como Diamanda Galás, deje de ser una figuración para hacer realidad la voz y el instrumento.
* CANTANTE Y COMPOSITORA







