
Por la sala Pereda aparece un joven de 13 años, vestido de calle y un aire 'Harry Potter', que interpreta a Oliver Twist, el personaje que surgió de la pluma de Charles Dickens en el Londres victoriano. «Creo que me queda un poco grande, quiero decir que al ser una persona de más edad, lo hubiera hecho más fácilmente un alumno mayor», afirma Julio Palomino.
Es el protagonista 'oficial', pero el musical 'Oliver' de Lionel Bart, es una obra coral y «no existe un protagonista definido. Están encima del escenario medio centenar de alumnos que ponen todo su empeño en actuar, cantar y hasta bailar», infiere Roberto P. Gallegos, horas antes del estreno en sesión doble ayer, miércoles.
El escenario está preparado, con los laterales del escenario desnudos. Todo está aprovechado al máximo. Oliver Twist ha sido trasladado al Londres contemporáneo. El concepto escenográfico es de efecto y de economía. Una serie de tarimas graffiteadas están colocadas en diferentes niveles y espacios, que representa una casa de jóvenes ociosos, recogidos de orfanatos y de la calle por el no tan malvado Fagin puesto que el guión adaptado dulcifica al personaje. Encima se ha colocado un corredor al que se accede por dos escaleras y en la pantalla se proyectan mensajes publicitarios e imágenes de televisión. En un costado está la pequeña orquesta, un grupo de cuatro músicos dirigidos por Francisco Barquín, que toca el piano y es el arreglista de las nueve piezas del musical. «Es un resumen de la obra de Bart», dice.
Butaca y escenario
Aquí los chavales cantan en español y algunos estribillos, a modo de leit motiv, en inglés. «Unos cantan mejor que otros, pero hemos querido que la música sea en riguroso directo». ¿Mucha disciplina? Barquín sonríe: «Esto no es 'Fama' ni 'OT', la idea es que disfruten, que cuando vayan a un ver un musical o una función de teatro se fijen en todo, en los entresijos, en la parte técnica. Queremos formar buenos espectadores y si salen actores profesionales, pues mejor». El concepto del espectador es novedoso. En una sociedad en la que prima el éxito y la notoriedad por encima de todo, el lugar natural parece que debe habitar detrás de una cámara o encima de un escenario. «No, aquí queremos formar, enseñar y que en la butaca luego tengan un criterio más exigente», afirma el director escénico, Roberto P. Gallegos.
Andrea González, de 15 años, se multiplica en la función en tres papeles diferentes: «Soy polifacética», dice entre risas. Una de las musas de Oliver, estudiante de internado y familiar de Fagin, se tiene que cambiar de ropa en cuestión de segundos y cambiar de chip. «Llevo dos años en la Escuela de Teatro y no me importaría ser actriz, pero no es un objetivo».
El galés Rob Jankins deambula en la platea y se presenta: «Hola, represento a Fagin, el malo, aunque en esta versión no se aprovecha de los niños. Les enseña a robar con magia. Los chicos lo que quieren es no trabajar y vivir de lo que roban en la calle». Jankins, de 43 años, lleva cuatro años dirigiendo los talleres de teatro en inglés en el Palacio de Festivales. «Me dedico a dar clases como autónomo, y esta oportunidad no la quise desaprovechar porque estoy muy contento dentro de este ambiente». ¿Había hecho teatro antes? El profesor nacido en Cardiff lo reconoce: ¿Es mi primer papel! Y encima canta. «Ya sabe que Gales es tierra de grandes cantantes, como Tom Jones». El tipo sabe reirse de sí mismo.
El tataranieto de Charles Dickens, el veterano actor Mariano Morredero (57 años), es un personaje de la versión actualizada que va contando la historia y realiza el nexo de unión entre las escenas. ¿Pero qué hace un actor, que trabaja de forma profesional, en una escuela de teatro? «Llevo cuarenta años o más actuando. Hace cuatro que me prejubilé. He estado de gira con Suma Teatro, he colaborado con Barcana, he hecho lecturas dramatizas en institutos». Morredero posee una dicción perfecta: «Mire, tengo la suerte de estar en activo a mi edad en Cantabria. Además sigo siendo un alumno, en el ciclo superior de la escuela. Nunca hay que dejar de aprender».
El director escénico Roberto P. Gallegos y el director musical Francisco Barquín se conocen desde 1988. «En esa época a los musicales se les llamaba ópera-rock», recuerda Barquín. Desde 1991 han firmado conjuntamente la adaptación de siete musicales, uno fuera del Palacio, 'José y su maravillosa túnica multicolor', de Andrew Lloyd Weber, el rey de los musicales. «Hemos empezado un nuevo periplo con 'Oliver'. Seleccionamos a unos cincuenta chavales de edades diferentes, desde los 10 a 15 años, y les hemos introducido en un Londres de pandillas urbanas con 'looks' raperos, góticos. Queríamos desarrollar una obra colectiva y adaptar un clásico al mundo de hoy», comenta el director escenográfico. La obra se ensayó a partir de febrero, aunque ya en los primeros meses del curso se daban clases de voz y cuerpo». ¿Nerviosos ante el estreno? «Hoy jugamos en casa», sentencia Gallegos.







