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Sociedad

FERNANDO HERRERA. SUPERVIVIENTE
«No hay día que no me acuerde del naufragio»
18.05.08 -

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«No hay día que no me acuerde del naufragio»
Fernando Herrera apuntando con su dedo índice el petrolero. / ROBERTO RUIZ
No hay día que no recuerde el naufragio. Habíamos zarpado de La Coruña a las cinco de la tarde. Estaba durmiendo en el camarote cuando sentí unos ruidos en el barco, como bum...bum... bum... En ese momento pensé que habíamos encallado. Salté rápido de la litera y al salir del camarote vi gente corriendo para un lado y para otro. Nadie se paraba a nada. Entonces regresé rápido al camarote a recoger las cuatro perras que tenía, el reloj y un sello de oro y subí a cubierta a buscar la salvación». El marinero Fernando Herrera revive sentado en un sillón de su casa aquel día al que la memoria no logra dejar sepultado para siempre.

« Ví al capitán gritando en el puente ¿botes al agua¿ ¿ botes al agua!. Esa imagen no la podré olvidar mientras viva. Había fuego en el centro del buque... aquello era una jaula. Todo el mundo corría y la niebla era tan espesa que no nos veíamos a medio metro y chocábamos unos contra otros. La escora a babor era cada vez más grande. Intentando encontrar una solución a esa terrible papeleta que se nos había venido encima grité a un gallego, Antonio Fernández:¿no te vayas¿ Súbete al bote y yo me pongo en el cabrestante para soltarlo y que caiga por su peso. Nos costó despegarlo pero al final el bote bajo rozando el casco y por fin al agua. Soltamos y nos situamos en la popa del Bonifaz. Había gente en el agua y la fuimos recogiendo a medida que iban saltando. Cogimos al jefe de máquinas que estaba abrasado y llegó vivo hasta la entrada de Vigo. En el hospital se murió otro muchacho que era de Cartagena y que también estaba achicharrado».

A Herrera Cuevas, natural de Suances, aún se le quiebra la voz recordando aquellas espantosas horas en que toda su vida hasta entonces se le pasó por la cabeza en unos segundos.

«Allí, en el barco quedaron dos matrimonios completos. Uno era el formado por Carlos Blanco, cuyo padre trabajaba en los Juzgados. Se había casado hacia poco y venía su mujer, Julia. El otro era Gregorio. Su mujer Angela fue en el puesto de la mía. También desapareció la esposa de otro compañero...»

Fernando intenta hacer una relación de víctimas cántabras centrándose en la calle Tetuán en la que entonces residía: «'El Basurilla' y otro cuyo nombre no recuerdo ahora. Era de Santoña y estaba casado. También Manolín. Este era un sobrino de Ramón Pérez que tenía un taller mecánico en Puertochico, al lado del restaurante 'La Bombi'. También pereció un hijo de Ramón Santamaría del Barrio Pesquero. Tenía 18 años y se había embarcado ese mismo día por primera vez. También murió en el naufragio un hijo de Justa La Mosquera, una pescadora muy conocida.

Este hombre está convencido de que su mujer salvó la vida por algo más que el puro azar y relata el detalle: «Yo había pedido la cuenta al capitán. Había tenido una bronca con un compañero, Aurelio Güemes, de Pedreña y quería volver a casa. El capitán dijo que no me la daba hasta que llegáramos a Cartagena. Eso le salvó a mi mujer de ir en el barco pues tras la bronca la puse un telegrama para que no viniera, ya que al llegar a Cartagena me desembarcaba para venir a casa. Ella recibió el telegrama con «no vengas que en Cartagena me voy para casa», justo cuando salía por la puerta en taxi.

A propósito del rescate, precisa que «una vez que vimos que no quedaba nadie en el agua, arrancamos el motor, pusimos el compás e hicimos un rumbo hasta perder las llamas, luego volvimos para dar otra vuelta por si había alguien en el agua y recogimos al capitán, al radiotelegrafista y al bombero. Habían aguantado en el barco hasta que se hundió. Al Fabiola que iba cargado y era doble que el nuestro, no le vimos»

Fernando recuerda que después de un tiempo «nos recogió un barco holandés, el 'Setas'. Su tripulación se portó con nosotros muy bien. Nos metió en Vigo. Yo vine a Santander por carretera en comisión con dos cadáveres. Uno era un chavalín de Isla y el otro el jefe de máquinas que era de Castro. Y otra vez para Vigo. Ya sólo quedaban allí el capitán y el contramestre y regresé con ellos en avión a Santander».

Fernando, hijo de un piloto mercante, se negó a estudiar, pero heredó los genes marinos de su progenitor: «He estado metido en la mar toda la vida, porque siempre me encantó». En 1948, siendo un chavalín se salvó de perecer en el naufragio del pesquero 'Puente Aguero'. Estaba de baja por tener un dedo de la mano lesionado. En 1950 se enroló en el 'Rio Miera' y de ahí pasó al petrolero 'Bonifaz', donde llevaba año y medio.

«Después de la tragedia del Bonifaz anduve dos meses como un zombi. La gente me preguntaba por el naufragio y yo lo que quería era olvidar la pesadilla. Entonces me decía a mi mismo: No vuelvo a la mar. Así que me puse a trabajar en el astillero de Solana para hacer las maniobras de los carros varaderos. Estuve allí hasta el año 1970 y ahí siguen un hijo y un yerno. Yo me volví a la mar a la pesca de arrastre y ahí me he jubilado. Mi último barco ha sido un pesquero de Suances 'El San Martín de la Mar'»

Fernando Herrera es ya bisabuelo. Intentará no faltar a la cita de Muros. Como superviviente sabe que no puede fallar a sus amigos.
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