No obstante, los expertos de prisiones admiten que «históricamente» la proporción de extranjeros ha sido mayor en las cárceles que en la calle. Pero esta circunstancia tiene varias explicaciones, según los analistas. Los técnicos justifican el alto porcentaje de encarcelados extranjeros, no sólo porque se trata de un colectivo pobre (por eso emigra de su país) y en algunos casos ligado a la delincuencia, sino por la dificultad de muchos de estos inmigrantes presos para acceder al tercer grado (en el caso de penados) o a la libertad provisional (preventivos) al no poder justificar un arraigo familiar o social.
Los jueces y las juntas de tratamiento, a la hora de excarcelar a un interno antes de tiempo, quieren garantías de que el interno, aunque libre, estará a disposición de la justicia. Y tienen muy en cuenta que el recluso tenga un domicilio conocido y estable, una familia que esté en condiciones de mantenerle, un entorno que pueda conseguirle un trabajo o recursos económicos para estar en libertad sin volver delinquir. Son exigencias que, en la mayoría de los casos, no pueden cumplir los inmigrantes que acaban de llegar a España.




