INFIERNO EN BARAJAS 1
Las escenas de preocupación se tornaron en poco tiempo en nerviosismo. La conmoción y el desasosiego comenzó a recorrer las puertas de embarque, lo que provocó que no todos los pasajeros llegaran a su destino. Ni siquiera montaron en el avión. A medida que se conocía el número de fallecidos, el miedo hizo acto de presencia. «Se ha notado mucho alboroto en los pasillos. La gente no sabía qué hacer o a dónde dirigirse», describía Judith Pietx, empleada de la empresa 'Crystal' ubicada en la T4.
Los empleados que atienden los mostradores de las compañías se enfrentaron entonces a angustiosas colas de viajeros deseosos de cancelar sus billetes y reclamar sus maletas. No podían afrontar el riesgo, ayer más real y cercano que nunca, de sufrir un accidente. De hecho, según los expertos, este tipo de siniestros «multiplica por diez el miedo en aquellas personas que no les gusta coger aviones o tienen fobia a volar».
Los afectados residentes en Madrid regresaron a sus domicilios en metro, taxi o autobús. Pero los que habían llegado a Barajas horas antes en una escala hacia otros destinos tuvieron que pergeñar alternativas para volver a casa. «A partir de las cinco de la tarde hemos notado una afluencia anormal de clientes que querían alquilar un coche. Calculamos que en hora y media hemos atendido un 60% más de clientes de lo normal», explica Verónica Navarrete, empleada de Avis en la T4. Escenas similares se vivieron en todos los aeropuertos del país.
Las alarmas se dispararon en Barajas a las 14.45 horas tras el accidente del vuelo de Spanair con destino a Gran Canaria. En ese momento, los responsables del aeropuerto deciden activar la llamada 'restricción de tráfico', un operativo para gestionar la catástrofe. Hay que actuar con rapidez.
La primera decisión que se toma para atajar la crisis es disminuir la capacidad máxima de las llegadas al aeropuerto, medida que no sólo se lleva a cabo en situaciones de emergencia, sino también cuando hay congestión en el tráfico aéreo o las condiciones meteorológicas son adversas. Barajas tiene una capacidad máxima de 45 aviones por hora en sus pistas, cifra que ayer se vio reducida a 20. Asimismo, de las cuatro pistas de las que consta la terminal -dos para despegar y otras dos de aterrizaje-, únicamente se cerró una: la del siniestro. Las otras tres estuvieron operativas el resto del día, una habilitada para las salidas y las otras dos para las llegadas.
A pesar del la gravedad de la situación, la terminal madrileña no interrumpió por completo el tráfico aéreo en toda la jornada, según informaron fuentes del aeropuerto a este periódico. Las salidas de Barajas se vieron paralizadas desde el momento del accidente hasta las 16.30 horas, cuando pudo abrirse una de las pistas para posibilitar los despegues. A partir de entonces, se restauró de nuevo el tráfico. Además, los controladores aéreos se vieron obligados a jugar con los tiempos de aterrizaje para no crear el caos.
Cancelaciones
Sin embargo, a las nueve de la noche la cola para los despegues, motivada porque sólo una de las pistas de salida estaba operativa, hizo sufrir a muchos viajeros las cancelaciones de sus vuelos.
Estos aseguraban que no habían recibido información en toda la tarde, y el nerviosismo desembocó en enfrentamientos verbales entre los viajeros y trabajadores de la terminal. Según datos administrados por el aeropuerto madrileño, al cierre de esta edición, de los 1.258 vuelos programados para el día de ayer, 934 ya eran viajes operados, lo que supone que ya han llegado a su destino.




