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RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 4 febrero 2012

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El Frente de las Mujeres noruego subraya que los españoles lideran la «liga de compra de sexo»

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Consumo de mujeres
Una prostituta, en la Casa de Campo de Madrid. / DM
«La prostitución legalizada es el experimento de mayor fracaso», recalca la periodista y feminista británica Julie Bindel tras comparar esa política de Holanda y el estado australiano de Victoria con la de penalización de la demanda en Suecia. «Por cada lugar legal en Holanda, hay cuatro burdeles ilegales; y algo similar en Australia», remacha. En cambio, añade Agnete Strom desde el Frente de las Mujeres noruego, la Ley sueca de 1999 de Prohibición de la Compra de Servicios Sexuales su país está a punto de sumarse a ese modelo está dando resultados, con apenas 500 prostitutas en la calle, cuando en la vecina Dinamarca, con la mitad de habitantes, rondan las 6.000.

Strom, ponente en las Jornadas Internacionales sobre la Demanda de Prostitución ('Los Clientes' con Comillas) organizadas esta semana en Madrid por la Comisión para la Investigación de Malos Tratos a Mujeres, recordó las estadísticas que sitúan a los hombres españoles en cabeza de la «liga de compra de sexo», con un 39% que lo ha hecho alguna vez en su vida. En los países escandinavos Finlandia, Noruega y Suecia la cifra es mucho menor, en torno al 12%, y su perfil mayoritario muestra a varones de 30-55 años, con pareja e hijos, amplia experiencia sexual y alejados del «mito del cliente solitario, poco atractivo y sin otra opción sexual».

Como objeto

La psicoanalista argentina Magdalena González rechazó en su ponencia la idea de una «necesidad sexual masculina apremiante e inaplazable» que pretende «justificar en el imaginario social el prostituir a las mujeres». Tras señalar una amplia lista de «clientes prostituidores» -desde el «hombre bueno pero pobre al que ella mantiene», hasta el «cliente prostibulario que sabe de la situación de esclavitud o encierro»-, recalcó que «ninguno denuncia» y que «todos someten a la mujer, en algunos casos sin límites» y hasta con perfiles sádicos, como obligarla a «observar sexo con animales y escuchar relatos aterrorizadores».

El hombre, remachó, «la usa y trata como objeto, pero exige que lo vea a él como persona». González advierte de que las consecuencias al cabo de los años pueden ser comparables a las de las víctimas de tortura física y psicológica. Responsabiliza al sistema patriarcal neoliberal del «deterioro de la conciencia ética» que facilita la «apropiación» masculina del cuerpo de la mujer. Y Bindel coloca la prostitución «dentro de la violencia de género» y como «violación de derechos humanos». Mientras exista, remarca, no habrá igualdad entre hombre y mujer, máxime cuando a «la mayoría de compradores de sexo no les importa si ellas son o no traficadas».
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