Los cuatro millones de mujeres y niñas que anualmente son víctimas de esta última lacra y del paralelo negocio que compite en beneficios ilegales con los de las drogas y las armas son un argumento de peso para tomárselo en serio y buscar soluciones.
En el caso de la prostitución, las posturas se mueven entre quienes apuestan desde el feminismo por el modelo sueco de penalización de la compra de servicios sexuales, y quienes defienden la legalización holandesa y australiana. Estos últimos, asegura la noruega Agnete Strom, con el apoyo de un poderoso lobby que esgrime «coartadas feministas» y consigue alianzas políticas para frenar las medidas contra la demanda recomendadas por el Protocolo de Palermo, el primer instrumento internacional que acentúa en esa estrategia exigida por las organizaciones feministas.




