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09.10.08 -

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Resulta dramático ver o escuchar determinadas afirmaciones y juicios en torno a la crisis, esta especie de tormenta perfecta que amenaza con devorar la riqueza de medio planeta y que hasta hace un mes fue negada contumazmente por nuestras insólitas autoridades. Olvidemos piadosamente aquella recriminación presidencial llamando antipatriotas a quienes preguntaban qué pensaba hacer el Gobierno ante lo que se venía encima y vayamos a cuestiones de mayor calado, como lo es la esencia del sistema en que vivimos.

Se escribe y dice con inusitada alegría que estos lodos, más allá de las hipotecas basura norteamericanas y su distribución encapsulada por todo el mundo, vienen del polvo infecto del capitalismo: los mercados no son capaces de auto regularse. Y sentada esa premisa, se añade: los reguladores no han podido actuar dado el liberalismo dominante. Conclusión: cuando la tormenta pase, si es que pasa, se van a enterar los agentes financieros de lo que es regulación.

Quienes así se pronuncian o no saben nada u olvidan que fue precisamente la intervención de los reguladores, especialmente la todo poderosa FED norteamericana lo que ha venido impidiendo en los últimos veinte años el ajuste automático de los mercados; es decir, el correcto funcionamiento del sistema. Cada vez que el mercado apuntaba crisis, el gran regulador trataba de compensarla inyectando liquidez y bajando los tipos hasta niveles negativos.

Con el llamado 'Greenspan put' el jefe de la FED trataba de alargar la ilusoria senda irreversible de crecimiento y creación de riqueza que comenzó en los años ochenta.

Así lo hizo cuando estalló la crisis bursátil del 87,y en la primera guerra del Golfo, y durante la crisis mexicana, y a continuación cuando llegó la asiática, más tarde cuando se desinfló la burbuja de las 'punto com', y en los días siguientes al 11 de septiembre Y también actuó Greenspan en sentido opuesto. Y así la armó buena cuando en diciembre del 96 se le ocurrió hablar de la "irrational exuberance". El boom bursátil de los 90 estaba sacando las cosas de quicio y trató de advertirlo. Naturalmente no se disculpó por el hecho de ser él mismo parte del problema al haber retorcido la dinámica de los mercados, y cuando quiso cortar los excesos en parte provocados por sus manipulaciones anteriores se armó la marimorena y volvió a intervenir en sentido opuesto.

Es decir, impidiendo o suavizando la dureza con que en un mercado libre se castigan los errores o malas prácticas de sus agentes no se depura a los responsables y generalmente acaban pagando justos por pecadores.

¿De qué mercado hablamos pues?
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