CONMOCION EN TETUAN

Los rostros maldormidos apuran cafés, mientras en la calle continúa el trasiego de bomberos y policía local. Huele mucho a humo. Apelotonados frente al cordón policial, muchos miran hacia arriba, intentando adivinar el estado de sus pisos, de sus muebles, su ropa, sus recuerdos. Nada saben, pero la intuición de que tal vez nunca puedan volver hace que afloren las lágrimas. Todos lloran, se abrazan, unos llegan del hotel Picos de Europa a buscar a sus allegados, otros salen de las casas de amigos con ropa prestada simplemente a estar allí.
Los jóvenes consuelan a los mayores, «lo más importante es que estamos bien», los mayores cuentan que con sus pisos ha ardido toda su vida, y la vida de sus padres, abuelos, y la vida que heredarían sus hijos. «Mi madre está fatal porque quería dejarme a mí el piso, yo le digo que qué importa eso, tengo sólo 25 años y toda la vida por delante», cuenta Esther.
Pasan las horas. Entre cafés, cigarros y esquivando cámaras de televisión. Aparece uno de los héroes, el que dicen que ayudó a sacar a varios vecinos. Arrastra una maleta sin soltar el móvil. Agacha su rostro para despistar a las cámaras y acude a hablar con una vecina. Él es uno de los que lo perdió todo.
Toda España vio ayer la calle Tetuán y fue testigo de los dramas de los que perdieron su casa en la explosión de gas, primero, los que la perdieron después en el incendio y los que no saben si la perderán. En sus agendas, una cita ineludible: «A la una y media nos dirán los del Ayuntamiento qué va a ser de nosotros».
La angustia, en este caso, entiende de alturas. Pocos residentes en los pisos más altos, los que quedaron totalmente calcinados, se acercaron ayer por la mañana al barrio. «Mira cómo quedaron las buhardillas. Pobre Gusi, y Joaquín, que compró el piso hace sólo un año, que tenía ahí toda su vida. Y la siguiente es la de Justa y Fernandito, con su tía de 95 años, qué lástima», comenta un grupo de vecinas del número 45.
Llega Carlos, con su joven mujer y su bebé. «¿Ay, Carlitos, nos ha mirado un tuerto!», le dice una vecina. El padre de Carlos no tiene consuelo al contar que él nació en la casa en la que ahora vive su hijo. Que hace poco su mujer falleció y se fue a vivir con una hija a General Dávila. «Lo principal es que no ha habido desgracias, pero a ver éstos cómo se arreglan ahora. Ellos están empezando a vivir», dice. En la casa que dejó a su hijo se quedaron también los recuerdos de toda la familia, «aquí se quedó todo, y todo ardió, mis 80 años se quedaron aquí», llora Carlos. Su única obsesión ahora es saber cuanto antes qué futuro depara a su hijo, a su nuera y a su nieta. Cuentan algunos que el presidente, Miguel Ángel Revilla, prometió «un piso para cada uno» cuando por la noche acudió a la zona. «Yo le dije: Me lo pone por escrito».




