Guillermo Rolland, hijo del cónsul español en París durante la segunda guerra mundial y residente en el pueblo cántabro de Selores, asistirá al homenaje a su padre el fin de semana en París. El sábado hay un acto religioso en la Sinagoga sefardí. El domingo, con el cónsul, embajadores y asociaciones judías. Y desde el lunes, en el consulado, una placa honrará su memoria. Escuchó a su conciencia, a su honor, y los opuso frente a leyes indignas. Hizo tanto bien a judíos y a sefardíes, a muchos de ellos los libró de los asesinos nazis, que actuó clandestinamente.
-Dice un antiguo proverbio judío que quien salva una vida salva a la Humanidad. Su padre, Bernardo Rolland, salvó muchas vidas judías de la maquinaria genocida nazi, y luchó por proteger a los judeo-españoles en el París de principios de los años 40.
-Mi padre cumplía su deber de proteger a los sefardíes apuntados en el Consulado. En tiempo de Alfonso XIII se publicó un decreto para ofrecer a los sefardíes la nacionalidad española. Unos cuantos cientos se apuntaron, y cuando vinieron mal dadas era obligación del cónsul proteger a los súbditos.
-Aunque esa protección también suponía riesgo y molestias. Su padre se la jugó.
-El mérito de mi padre es que él fue más allá de ese deber y protegió a todos los sefardíes que acudían, incluso a los que no tenían papeles o pasaporte.
-Hombres de bien como su padre son espejos en el camino.
-Extraoficialmente se metían judíos en los convoyes de españoles normales, digamos, que se repatriaban a España. Los alemanes estaban muy enfadados con él y, claro, como Alemania y España tenían buenas relaciones los germanos no quisieron montar un número y lo que hicieron fue presionar al embajador, que era José Félix de Lecquerica. Éste escribió al Ministerio explicando lo enfadados que estaban los alemanes.
-La actitud de su padre en favor de sefardíes y judíos fue incesante. Intentó evitar la confiscación de bienes, luchó por lograr la liberación de los detenidos, no cejó en su empeño de garantizar su repatriación...
-Él era católico practicante y en su construcción anímica el concepto de caridad cristiana era muy importante. Mi padre apuró al máximo su margen de maniobra. Otros no lo hicieron. Era mucho más fácil quedarse sentado en el despacho y no hacer nada. Hubo una serie de órdenes y oficios del Ministerio retrasando las repatriaciones... Mi padre era un probo funcionario, cumplidor. Oficios del Ministerio, del Conde de Jordana y de Serrano Súñer, duros, terribles, decían: «No hay que enfadar a nuestros amigos alemanes y cumplir las órdenes contra los judíos».
-¿Su padre les habló en casa de su gesta?
-Nunca. Yo me enteré por un libro que leí hace quince años de Haim Avni, donde se hablaba estupendamente de mi padre. Lo único que le oí decir fue: «Dábamos pasaportes a todos, a los inscritos y los que no. A todo el mundo. Me costó el puesto gracias a Lecquerica».
-Lecquerica pidió al Ministerio que «lo quitaran de en medio».
-Pero no le castigaron. Luego le impusieron la Gran Cruz del Mérito Civil. Lecquerica era terriblemente germanófilo. Mi padre no fue contra nada ni contra el Ministerio, sino más allá del deber. Salvó y protegió a muchas personas.
-Su padre es un ejemplo, imprescindible, de compromiso ético y labor humanitaria.
-Él era un caballero, una bellísima persona, un hombre generoso, bueno, Evitó la deportación de esas personas. De Francia me parece que deportaron a 170.000, de las cuales murieron más de la mitad. Y sacó gente que ya estaba en los campos de concentración.
-¿Cómo derribó las barricadas metálicas?
- Dando la lata, insistiendo al ver la terrible injusticia que se cometía. Antes de la deportación a los judíos les obligaban a llevar una estrella, a ir en el último vagón del metro. Lo más terrible es que colaboraba la Policía francesa.
-¿De qué manera?
-La gran redada de París de judíos la hiciweron ellos. Terrible.
-¿Qué dirá en nombre de su padre a los familiares de los sefardíes y judíos que salvó?
-Les hablaré de gratitud. Es impresionante que esta gente, casi 70 años después, tiene una gratitud emocionante. A mí me abrazan y yo les digo que no soy mi padre. «Para nosotros, sí», me dicen.
-Y España sigue sin honrar a sus héroes.
-Aquí tenemos una memoria histórica cortísima, pero muy corta.