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01.12.08 -

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Hace unos días, un amigo me entregó un curioso documento fechado el 10 de marzo de 1869 con la cesión de un muchacho mulato de 10 años, llamado Emeterio, al que su madre, de nombre Susana, entregó en calidad de esclavo. El documento del Registro de esclavos de Puerto Rico tiene como localidad de la compra Arecibo, durante el dominio español. No figura el precio de compra ni las condiciones, quizá por vergüenza, pero sí lleva la firma del registrador, del comisario y del dueño. El documento contiene por el dorso una diligencia de autentificación de una notaría de Málaga. Los esclavos se empleaban entonces, preferentemente, en la agricultura y la minería y de la transacción había que pagar un 6 por ciento al Estado.
El caso me ha recordado la entrega de la madre del Lazarillo de Tormes de su hijo al ciego. La esclavitud fue antigua en nuestras colonias, pero ya en esa fecha existía un movimiento antiesclavista, aunque en Puerto Rico no se produjo la abolición hasta marzo de 1873 y en Cuba en 1886.
En nuestro país la Sociedad Abolicionista, creada en diciembre de 1864, pretendía eliminarla de Cuba y Puerto Rico, y prestigiosas figuras apoyaron su eliminación. Debemos recordar a Concepción Arenal, Manuel Ruiz Zorrilla, Emilio Castelar, Rafael María de Labra, Fernando de Castro, etc. La prensa, a través del tiempo, se posicionó a favor o en contra. Así, mientras «El Imparcial» era esclavista, tuvieron una postura contraria «El Liberal», «El Globo», «La Fe» y «El Siglo Futuro».
Se decía que la esclavitud española era más benévola que otras, pero no se trataba de comparaciones sino de atajar lo que era injusto, ilegal y reprobable moralmente. Como el abolicionismo estuvo ligado a la indemnización, los negreros con ingenios y mano de obra de esta procedencia se oponían a ello. Luego muchos de estos antiguos esclavos lucharon contra España en la Guerra de Cuba.
A la vista de este documento me he preguntado qué sería del pobre Emeterio vendido por su madre a los diez años. Por no tener, no tuvo ni apellidos. La historia corresponde más bien al novelista que puede componerla como le parezca. Hace muchos años leí «Biografía de un cimarrón», de Miguel Barnet, donde el protagonista contaba como le vendieron en Cuba y su triste historia.
No deja de ser penoso que la esclavitud siga existiendo en algunos países de muy diferente manera en nuestros días. Hay personas adultas, hombres y mujeres e, incluso niños, que son sometidos de manera clandestina a jornadas abusivas de trabajo, a cambio de la comida y el alojamiento. Esto es también esclavitud. En realidad lo es quien sin libertad está obligado a un trabajo no remunerado. La Declaración de los Derechos Humanos dice en su artículo primero: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Más concreto es el artículo cuatro: «Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas».
Hay seres humanos que no pueden defenderse personalmente y son sometidos a abusos. Actualmente existen organismos que se preocupan de su defensa que en muchos casos incluye a la mujer emigrante, engañada y obligada a la prostitución.
En algunos países los padres pagan las deudas contraídas ofreciendo a los hijos para que las abonen con el trabajo o, al menos, les permita comer. Digamos de forma clara, que los utilizan como ingresos complementarios. Esta esclavitud infantil es como la citada de Emeterio, que tal vez no tuviera esa edad y se aumentó para escamotear la ley.
Tanto peor son los niños abandonados que pueblan las grandes y medianas ciudades del Tercer Mundo y viven en pandillas, como pueden, dedicados a trabajos menores, la mendicidad y el robo. Son niños y niñas sin protección, preparación cualificada, etc., presa fácil de la droga y de la prostitución. Son los «gamines» de Colombia y Bogotá que constituyen un problema social y moral. El único trabajo obligado de la población infantil debe ser la escuela. Hay que condenar severamente el trabajo infantil de los menores de edad y liberarlos como se hizo con la esclavitud.
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