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RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 23 febrero 2012

Sociedad

DOMINGO

Síntoma de la decadencia de una civilización es la degradación de su lenguaje. En el patio de monipodio de la política española el insulto ramplón, nada elaborado, va camino de convertirse en el ariete más vistoso de una retórica pobre de solemnidad

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Ganapanes...! ¡Ectoplasmas...! ¡Marineros de agua dulce...! ¡Zulús...! ¡Bachibazucs...! ¡Doríforos...! (...) ¡Filibustero! ¡Vegetariano! ¡Pacta-con-todos!». Si nuestros alcaldes, diputados, presidentes de diputación, líderes con galones de varia estirpe, arcabuceros de la soflama y la sota de bastos volvieran a leer a Tintín acaso encontrarían al menos un poco de inspiración en los zafarranchos del capitán Haddock para elevar el insulto por encima de la triste ciénaga dialéctica y conceptual en que naufraga el zoco político español.
También podrían remontarse a José Ortega y Gasset y recuperar al menos la ironía que le llevó a zaherir al filósofo trágico y empingorotado que también fue Miguel de Unamuno calificándolo nada menos que de «ornitorrinco» por el verbo a veces redicho de quien al hablar se escucha, como en ocasiones le ocurre también al artífice de «La rebelión de las masas». «No te pongas estupendo», le corregía por su parte don Latino de Hispalis a Max Estrella en el paseo alucinado por un Madrid de capas raídas que con tanta fiereza retrató otro insultador de talla, Ramón María del Valle-Inclán, por no remontarnos a Quevedo, gran maestre de la cetrería lingüística.
La pregunta que acaso convendría hacerse es si la degradación del lenguaje es una consecuencia de la degradación de la política, o más bien ocurre a la inversa. En un texto de 1946 que ya es clásico, titulado «La política y el lenguaje», George Orwell dijo que «la mayoría de las personas que de algún modo se preocupan por el tema admitiría que el lenguaje va por mal camino, pero por lo general suponen que no podemos hacer nada para remediarlo mediante la acción consciente. Nuestra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje -así se argumenta- debe compartir inevitablemente el derrumbe general. Se sigue que toda lucha contra el abuso del lenguaje es un arcaísmo sentimental, así como cuando se prefieren las velas a la luz eléctrica o los cabriolés a los aeroplanos. Esto lleva implícita la creencia semiconsciente de que el lenguaje es un desarrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros propios propósitos». Y eso en la pérfida Albión, donde el Parlamento es un ágora infinitamente más viva y entretenida que nuestro Congreso de los Diputados.
Dieta de Orwell y Tintín no sería mala cosa para el plantel de banderilleros, más bien «acorazada de picar», como calificaba Joaquín Vidal a quienes hacían del toro bravo pulpa manejable, cuyas filas no deja de engrosar la pereza mental, la bravata de la que los plumíferos nos apresuramos a hacernos eco para gastar tinta y que parezca que pasa algo cuando nada sucede. Perlas que son rebuznos y a los que se afilian todos los afiliados, con eco en sus filas, risas en el tendido y fatiga general, sea un alcalde (Pedro Castro, socialista, de Getafe), un presidente honorario (Manuel Fraga, popular), un portavoz de un partido (Josu Erkoreka, del PNV), un presidente de diputación provincial (Carlos Fabra, de Castellón), o un diputado en Cortes (Joan Tardà, nacionalista catalán).
Chulería e inteligencia
La ensayista Irene Lozano, lectora de Orwell y autora de libros como «Lenguas en guerra», un ensayo sobre la utilización del idioma en los confictos, no cree que la degradación del lenguaje degrade la política, sino que es un síntoma de que ésta ya se encuentra degradada. «Que los políticos se ataquen y se zahieran no es malo, forma parte de la discusión democrática en sus diversas gradaciones. Lo preocupante es que en España tenga más prestigio la chulería que la pulla inteligente. El lenguaje es siempre muy ilustrativo de cómo son las personas: el estilo es el hombre, como decía Buffon. El ínfimo nivel de expresión de políticos como Fabra o Castro muestra una escasa preparación, y eso no es lo peor. Lo más terrible es que sus modos dejan a la luz también su prepotencia, más propia de cortijeros que de cargos públicos. Está claro que el discurso democrático ideal para Fabra, Tardà, Blanco o Castro no es la persuasión argumentada, sino la furia ofensiva. No apelan al intelecto de la gente, sino a las vísceras».
La calidad de la democracia, tanto a escala general como en los intersticios de los partidos políticos, obsesiona a Ramón Vargas-Machuca, profesor de Filosofía Política en la Universidad de Cádiz: «El lenguaje ha sido siempre clave en la 'economía de la política'. Es un mecanismo de poder. Con razón decía Antonio de Lebrija que 'la lengua es compañera del Imperio'. Ahora bien, en un régimen democrático las decisiones de los que mandan y su control por los que son mandados deben justificarse sobre la base del trasiego público de una información apropiada y de razones valiosas disponibles para todos, en suma, sobre la base de un uso cabal y decente del lenguaje. La calidad de nuestras democracias depende de que en la comunicación política y la formación de la 'opinión pública' en general prime la verosimilitud sobre la mentira o la charlatanería, la imparcialidad sobre la deriva sectaria y la transparencia sobre la espesura de lo opaco y el secretismo. Si, por el contrario, la puja democrática se configura a partir de quien tenga más argucias o resortes para engañar o embaucar y así influir en la formación de creencias de los ciudadanos, el funcionamiento de nuestras democracias resulta lamentable».
«La degradación del lenguaje es la consecuencia de ciertos males que aquejan a la política: su impotencia e incompetencia para hacerse cargo de asuntos que la tienen desbordada; y de otro lado la metamorfosis que está experimentando por la absoluta ocupación mediática de espacio público», añade Vargas-Machuca, que conoce bien el mundo político desde dentro, no en vano fue diputado socialista por Cádiz, miembro del comité federal del Partido Socialista Obrero Español y secretario primero de la mesa del Congreso de los Diputados: «Es una evidencia que la política dispone hoy de escasos recursos de poder y conocimiento para un tratamiento solvente de problemas a su cargo como los de la llamada 'sociedad del conocimiento', la política de la naturaleza, de la vida, los problemas de la justicia global.... La envergadura y complejidad de estos asuntos que reclaman soluciones matizadas y duraderas, eficaces a la vez para el presente y las generaciones futuras dejan al descubierto las mermadas capacidades de la política para hacerles frente».
Según Vargas-Macuha, «el modo que tiene la política para disimular sus limitaciones es la sobreactuación retórica. Recurre al mantra de los principios genéricos, de las obviedades y truismos. Emplea un lenguaje simplista para responder a problemas enrevesados para así crear 'la ilusión de solución' y para escamotear responsabilidades en la gestión de asuntos que no sabe o no puede afrontar de modo eficaz. Si a esta añadimos el hecho de que el guión mediático lo ocupa todo, imponiendo sus prioridades y sus reglas, el lenguaje político está lanzado por una pendiente que impone el brochazo y no el argumento, la respuesta escandalosa que da titulares, el predominio del ruido que no permite distinguir lo importante de lo superfluo».
Tentación manipuladora
Autor de obras como «El poder moral de la razón. La filosofía de Gramsci», Vargas-Machuca lamenta que no cunda en la política «un lenguaje razonable y argumentado, lo que además resultaría un engorro y un límite a la capacidad de maniobra y a la tentación manipuladora. Más bien, se ha impuesto un lenguaje simplista, demagógico y sintomático de lo que alguien ha definido como 'gran niñez mental', caldo de cultivo para los mayores tópicos políticos, para ideologías políticas primitivas, rudimentarias y nada sofisticadas, que estimulan las bajas pasiones en el escenario público y deja las manos libres a los dueños y manipuladores de la información».
A ese infantilismo se refiere el ex catedrático de Ética, filósofo y escritor Fernando Savater: «A veces da la impresión de que bastantes de nuestros políticos funcionan como niños: es decir, lloran para que les den de mamar y patalean para que les hagan caso», comenta el autor de obras como «La tarea del héroe» o «La infancia recuperada»: «Por lo visto, hay que elegir entre los políticos tan cautelosos que nunca dicen nada decisivo sobre nada (sólo repiten frases hechas y consideraciones irrefutables tipo 'que bueno es el bien, sobre todo comparado con lo malo que es el mal') y los que cuando se pronuncian lo hacen con exabruptos y groserías propias de 'hooligans' de la peor especie. Aparte de otras consideraciones sobre nuestra clase dirigente, en la que se refugian más indocumentados y fracasados escolares que en cualquier otro rango del país, habría que recordar la función pedagógica, ejemplar, que tienen los políticos sobre la población. Aunque normalmente sólo son ejemplos pedagógicos negativos, lo que no contribuye a que los mejores ni los mas inteligentes de nuestros jóvenes se interesen por la política: la verdad, viendo lo que anda suelto por ahí, es lógico que teman contaminarse...».
La comentarista política Magis Iglesias recuerda que «cualquiera que conozca la historia del parlamentarismo español se habrá dado cuenta de que el lenguaje político se ha depauperado hasta niveles que causan sonrojo». La presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) cree que «con la vulgarización de sus intervenciones, los políticos actuales demuestran que, por lo general, carecen de discurso ideológico e intelectual de calado, que no tienen un pensamiento elaborado capaz de cautivar a su público y tampoco gran cosa que aportar ante los periodistas, de ahí la pobreza de sus mensajes cuando comparecen en ruedas de prensa donde se limitan a repetir incansablemente las mismas ideas. Los dirigentes de los partidos viven permanentemente obsesionados por mantener su presencia mediática y condicionan a este objetivo toda acción política».
Autocrítica periodística
Magis Iglesias no deja de mirarse y de mirar en los espejos cóncavos y convexos de la profesión: «Los periodistas también debemos hacer autocrítica porque la información política, desde hace aproximadamente un par de décadas, está casi exclusivamente centrada en las declaraciones, dimes y diretes, algo que ocurre desde que se instauró la, a mi juicio, penosa costumbre de buscar 'reacciones'. En este panorama, las palabras gruesas, los eslogans y las frases chocantes tienen siempre más posibilidades de llegar a los boletines de radio, los telediarios y las portadas de los periódicos, aparte de que se convierte en una costumbre contagiosa. Los políticos han llegado así a una lamentable competición del disparate de la que tenemos un buen ramillete de ejemplos en los últimos días. Es una desgracia para todos porque si se pierden las formas muy pronto perderemos la cabeza».
El capitán Haddock podría darles en la mansión de la Castafiore un cursillo de epítetos para que la viñeta fuera al menos un poco menos zafia y monótona, porque, como advierte Ramón Vargas-Machuca, «la degradación del lenguaje termina evidenciando uno de los peligros que acechan a la política del mañana: la irrelevancia».
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