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Cultura

07.01.09 -

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Dado el incomprensible y flagrante olvido en que dormita en esta Cantabria nuestra la música antigua, sistemáticamente excluida de casi todas las programaciones supuestamente significativas, expulsada de todos los espacios e iniciativas que podrían acogerla (y mejor no cito a nadie, que cuando las verdades escuecen llueven piedras), en tanto florece con rigor y belleza en tantos lugares de España (por algo será, y por algo que aquí nadie es capaz de ver), lógicamente constituye un acontecimiento poder asistir a un recital de música barroca, y además de alta calidad.
Mientras en este año los mejores festivales y auditorios españoles se calientan para las conmemoraciones de los aniversarios de Haendel y Purcell, de quienes por aquí muy poco o nada sabremos, como nada supimos de los 400 años de la creación del género operístico por obra de Monteverdi ('¿Montequién'), a pesar de ser esta una ciudad de supuesta y arraigada tradición operística. pues nos daremos por satisfechos (y no es poco) con que se programe casi como de pasada, con el patrocinio de Bancaja y el Ayuntamiento de Santander, un concierto en la Iglesia de los Carmelitas a cargo del compostelano Manuel Vilas (arpa barroca de dos órdenes, nombre a tener muy en cuenta en el ámbito de este instrumento) y María del Mar Fernández Doval (soprano santanderina bien reconocida en los mejores escenarios, que ha grabado discos con Hyperion, Auvidis o Harmonia Mundi, pero que en estas tierras se come pocos roscos). Un pedazo de concierto, en realidad, protagonizado por estos dos intérpretes de primera línea (Vilas ha colaborado con el Ensemble Elyma o con Les Musiciens du Louvre, y Doval con Zarabanda o Al Ayre Español, por mencionar sólo un par de ejemplos), con una exquisita selección de música española, hispanoamericana, italiana, alemana y portuguesa de los siglos XVII y XVIII. Un pedazo de concierto para el que ni siquiera se contó con un mísero programa de mano, pues es sabido que estas cosas barrocas suenan todas de la misma forma y no es preciso invertir en distinguirlas (parece que la crisis ha llegado hasta las fotocopiadoras), con lo que los dos intérpretes hubieron de anunciar al auditorio de viva voz cada una de las piezas integrantes del recital, reunidas bajo el título 'Esfera Divina'. La noche se inició con plato fuerte: un 'Jubilet' de Claudio Monteverdi, brillante como todo en lo que posaba sus ojos el maestro de Cremona. A este siguieron obras del catalán Matías Veana, Juan de Paredes (con una pieza deliciosa, 'Si entre flores hermosas', que recoge el conocido motivo virgiliano 'latet anguis in herba' de la 'Bucólica Tercera', tópico que tanto predicamento tuvo en el Siglo de Oro español), un anónimo peruano que reproduce una fiesta de fuegos artificiales (con qué gracia lo interpretó María del Mar) y una sensualísima dedicatoria 'Alla Madonna' de la iconoclasta y deliciosa Barbara Strozzi, cuya extraordinaria dificultad cerró con lujo la primera parte del concierto.
Entre estas canciones y motetes, aparte de su intervención como continuo acompañando a Doval, deslizó Manuel Vilas unas bellas gallardas de Fernández de Huete y una partitura anónima boliviana del XVIII, luciendo con sutileza las posibilidades del arpa doble. La segunda parte se inició de nuevo con Monteverdi y uno de sus 'Laudate Dominum', y continuó con obras de Matías Veana de nuevo y Fray Pedro Rivas, aunque si hubiera que destacar algo en especial en esta parte sería sin duda la más que hermosa nana 'Figlio dormi' de Kapsperger (de la que Doval hizo una dulcísima lectura) y la deslumbrante 'Meninas de Portugal' ('Portuguesiños al Nacimiento') de Juan Manuel de la Puente, que cerró el concierto con inenarrable delicadeza. Manuel Vilas se entregó por su parte a un anónimo romano del XVII ('Nelle feste della Madonna') y un 'Pange lingua' de Diego de Torrijos.
La voz de María del Mar, extraordinariamente versátil y expresiva, ligera en su vuelo pero con cuerpo suficiente y con una excelente proyección, exhibió un timbre precioso y lleno de colores. Por fortuna, la buena acústica de la Iglesia de los Carmelitas contribuyó a subrayar tales virtudes vocales, y lo mismo cabe decir del arpa de Manuel Vilas, admirable en su mera presencia, de la que el intérprete supo extraer un sonido sobrio e intimista.
Tras dos horas de concierto excepcional, sin toses ni teléfonos móviles (miracolo. aunque se me ocurre algún que otro motivo: entre ellos, la falta de aburrimiento) se dio por clausurada una velada que ojalá sirviera para abrir la brecha de un año musicalmente más barroco.
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