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Cultura

TRIBUNA LIBRE

08.01.09 -

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POR encontrarme fuera de Santander en su momento no pude asistir al estreno, el pasado otoño, de 'El mal de la muerte', que dentro del ciclo 'Hecho en Cantabria', presentó Quasar Teatro en la Sala Bonifaz. No obstante, presencié la obra cuando hizo su presentación el pasado mes de diciembre, en la Sala Escena Miriñaque, pequeño espacio que nos depara más de una agradable sorpresa teatral.
'El mal de la muerte', obra interpretada por Mónica González y David Picazo, ha sido una de ellas, hasta ahora la última. Nacho Fernández y la propia Mónica González han construido una función a partir del texto, que con el mismo título escribió Marguerite Duras en 1983, y que en España publicó en 1984 la editorial Tusquest en la colección 'La sonrisa vertical'. Sirva el dato para saber que el relato va de erotismo, de sexo, de amor. Dicho así, sin más, se puede inducir a un equívoco, porque de lo que va la obra es de erotismo sin belleza, de sexo sin deseo, de amor incapaz, de la incapacidad de amar, o sea, de la muerte que se llora, no porque se la espera con temor, sino porque se vive como si la gestación hubieran sido nueve meses de agonía y el nacimiento, la muerte. Una muerte que (se)respira, una muerte que puede ser contagiosa. Los de Quasar Teatro han trasladado la brevedad y la intensidad del relato al escenario, han destilado su esencia gota a gota, con la lentitud a que invitan los silencios, con el aroma de ajustadas palabras justas, con el sabor de las lágrimas. Son el alambique dos personajes, sin nombre, una mujer y un hombre, ella y él. Él es portador del mal; ella una prostituta que, por el mismo precio, ejerce de terapeuta. La destilería, una habitación alquilada con una cama, una silla y dos paneles vacíos al fondo, sin más adornos. Una cama sobre la que dejar constancia de una patología incurable; una silla en la que sentar tanta muerte, de la que levantarse para seguir muriendo, tras uno y otro intentos frustrados para vivir algo parecido a la vida.
Con 'El mal de la muerte' el equipo de Quasar Teatro ha compuesto una suerte de teatro de arte y ensayo, pero sin aburrir como buena parte de aquellas películas con sus salas especiales de exhibición -aburrimiento que nadie declaraba, so pena de pasar por patán-, pero sí adoptando algunas claves: personajes incapaces de acceder al otro por no saber salir de sí mismos, imposibilidad para la comunicación, tema muy en boga, puesto en circulación por el existencialismo en la mitad del siglo pasado, que dio lugar a películas como 'El Eclipse' o 'La noche', de Antonioni, o 'Persona' y "El rostro", de Bergman. Pero, si la mirada es el instrumento de comunicación que sustituye a la palabra en estas películas, en 'El mal de la muerte' se rehúye la mirada, y el silencio es tan elocuente como la palabra. Mantener un equilibrio entre silencio y palabra, sin apenas mirarse, es una prueba para un actor, así como intentar que la piel de un cuerpo le hable a la de otro sin tener nada de pasión ni de ternura que decir. David Picazo da muerte sobre el escenario a un hombre física y espiritualmente impotente. Mónica González da vida a una mujer que se protege del contagio, no sólo con profesionalidad, sino con el preservativo de una palabra puesta también en boca del hombre: usted, que tanto acerca como distancia, si se dice en francés, lengua original del relato. Ambos aguantan unos personajes complejos, sin que en ningún momento decaigan, ni él en el sufrimiento que atormenta su cuerpo y su alma, ni la firme serenidad que toman cuerpo en el de ella.
Félix Garma, quien como Mónica González formó parte de La Machina, es el encargado de la iluminación. Son frecuentes los oscuros de muy poca duración que dan lugar a cambios de posición de los actores que conforman sucesivos cuadros escénicos como si de cuadros pictóricos se tratara, o como flashes cinematográficos con sus protagonistas a punto de moverse, lo que abunda en esa percepción como de arte y ensayo que, también formalmente, presenta la función.
La luz de dentro no permite saber si más allá de la habitación es de día o de noche. Sólo se oye el mar, que él no ve con los colores de las nubes que, como la vida, cambian, sino con la negrura de la muerte que vive con metástasis en el corazón.
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