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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Cultura

MÚSICA

Es fiel exponente de una tradición musical que se ha conservado por el aislamiento de Polaciones. Aprendió del toque arcaico de las mellizas Marina y Felicia, en su pueblo natal de Belmonte

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«Los Reyes Magos eran muy pobres y no regalaban ni una pandereta de juguete»
Pilar Gómez, panderetera de Belmonte (Polaciones). / DM
La panderetera es un personaje presente en la mayor parte del norte de España. Pero es sin embargo en Cantabria donde adquiere un relieve especial. La panderetera no es simplemente una mujer que toca un instrumento, sino que a su ritmo canta unas coplas. La pandereta es un instrumento de percusión de forma redonda, formada por una membrana de piel de oveja o cordero sin curtir, enmarcada en un aro de madera provisto de sonajas metálicas. Su origen se pierde en el tiempo y ya se conocían en Egipto. Aparece también en un mosaico romano de Pompeya y desde siempre fue un instrumento típicamente femenino. El empleo de la pandereta en Cantabria está documentado desde el siglo XVI. Cada pueblo tenía sus pandereteras que transmitían su arte a las más jóvenes que tomaban su relevo en el tiempo. Eran toda una institución como Pilar Gómez, natural de Belmonte (Polaciones), y que al vivir aislada conserva un estilo arcaico y no contaminado. Pilar Gómez es la más veterana de las pandereteras purriegas.
-Y fíjese que estaba convencido de que el valle de Polaciones era tierra exclusiva de rabelistas. Qué poco se han dado a conocer las pandereteras purriegas.
-En Belmonte había pandereteras en parejas. Recuerdo a Marina y Felicia, que eran mellizas. Las jóvenes aprendíamos de ellas, de las mayores. No nos dejaban las panderetas porque temían que las rompiéramos. Así que tocaba de pequeña en una tapa, en un plato, incluso en un cartón. Tendría 7 u 8 años cuando me entró una afición terrible. El rabel es más antiguo, le llamamos 'bandurria', y es un instrumento menos común que la pandereta, por eso se dieron a conocer nuestros afamados rabelistas como Pedro Madrid, 'Quintana', Adela Gómez o Juliana Rábago. Todos tocaban muy bien.
-Supongo que los Reyes Magos le regalarían al menos una pandereta de juguete.
-Qué va. Casi no nos traían nada. Eran pobres (risas). En aquellos tiempos había mucha pobreza, no estaba la cosa para lujos. Bastante teníamos con comer todos los días. Afortunadamente se sembraban patatas, se mataba un chon para todo el año y subían comestibles de Cervera de Pisuerga o Aguilar de Campoo. Las madres hacían huellas en el balcón nevado para que viéramos en la mañana de Reyes que habían dejado en casa unas castañas y unas avellanas, y con eso nos conformábamos los niños de entonces.
-¿Usted salía de Belmonte a tocar por otros pueblos?
-Mientras estuve viviendo en Belmonte, hasta casi los 50 años, tocaba en los largos inviernos lo que aprendí en el pueblo al fuego de la leña, en reuniones familiares, y hasta se bailaba en las cocinas. Todas las noches había una reunión. Ya en verano, cansada de la siega de la hierba, armaba jaleo todas las tardes en el barrio de La Cotera. Lo más divertido era el baile al son de la pandereta.
-¿Y que interpretaba usted sola?
-Jotas a lo pesau y a lo ligeru, romances, y básicamente canciones conocidas. Yo no componía nada. Fíjese en esta copla de Belmonte (y se pone a cantar): 'Viva la buena, buena/ Muera la mala, mala/ La mujer es la que vale/ Que el hombre no vale nada'.
-¡Pilar, pero qué letra es esa!
-Es lo que se cantaba, pero no había maldad.
-¿Conserva su primera pandereta?
-Tengo cuatro guardadas en mi casa de Santander, donde vivo con mi hija, mi yerno y dos nietas. No sé si es la primera, pero desde luego la más antigua está echa de piel de cordero, que se remojaba en ceniza caliente y agua, y a los tres o cuatro días se limpiaba y jabonaba la piel. Las sonajas son de hojalata.
-¿Conoce a Esther Montes, de Campoo, y Lines Vejo, de Caloca, dos históricas del instrumento?
-Las conozco por los periódicos. He querido conocerlas, en particular a Lines Vejo. He intentado que me llevaran a Caloca, pero de momento no ha podido ser. Cada sitio tiene una manera diferente de tocar, pero casi siempre las he escuchado en la radio o en algún disco. Sé quienes fueron las pandereteras de Reinosa, triunfaron siendo muy jóvenes, pero a quienes he escuchado en persona es a las purriegas María Roiz, Tomasa Casares, Josefa Fernández y Carmen Montes, que es de mi pueblo. Coincidimos hace poco en un encuentro en Pejanda. Allí nos dieron un diploma.
-¿Cuál es su estilo?
-Para mí, el cantar es la gracia de la pandereta. Cuando interpreto la letra es cuando al tiempo le doy el golpe a la pandereta.
-¿Tenía buena voz?
-De joven sí que tenía buena voz, ahora a mi edad he perdido facultades. Es ley de vida.
-¿Se adaptó bien a Santander?
-En Santander se está muy bien, todos los días doy un paseo porque es bueno para las piernas, para la circulación y para la mente. Yo no había visto el mar hasta que llegué aquí con cuarenta y tantos años. Me produjo una especial sensación ver las olas.
-Tiene una vida social muy ajetreada en el Hogar del Jubilado de Cañadío.
-Me hice socia y está muy bien pasar allí un rato. Cuando cumplí 85 años me dieron un diploma, como es costumbre con todos los que cumplen esa edad. Acostumbraba a tocar la pandereta y echar unos cantes, pero lo dejé el año pasado. Igual me animo y vuelvo a tocar.
-Se está perdiendo la tradición en Polaciones porque no hay relevo generacional.
-Sí es cierto que se ha perdido la tradición de la pandereta. A mis dos nietas les gustaba algo, pero no ha tirado al final. En mi familia, cuando ya no esté se perderá la el sonido de la pandereta.
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