Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Sociedad

últimos supervivientes cántabros de mauthausen

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
A orillas del Danubio, muy cerca de Linz, se encuentra la localidad austriaca de Mauthausen. Con sólo 5.000 habitantes, en la actualidad es un pequeño pueblo que vive del turismo. Pero la mayor parte de los visitantes no se acerca allí para disfrutar de su casco antiguo ni de sus iglesias ni de sus restaurantes. La mayor atracción de Mauthausen se esconde tras unos muros de piedra y alambrada.
Por el campo de concentración de Mauthausen pasaron entre 1938 y 1945 cerca de 200.000 presos del III Reich de Hitler. La mitad murió asesinada por disparos, hambre, trabajos forzados o tras ser torturada. Allí fueron a parar los exiliados republicanos españoles que quedaron encuadrados en el Ejército francés, y que en el momento de la invasión de Francia por la Wehrmacht fueron capturados. En total, entre 1940 y 1945 pasaron por Mauthausen cerca de 7.200 españoles, de los cuales fallecieron en torno a 5.000. Se les distinguía del resto por el triángulo azul, con una 'S' -de 'Spanier'- en el centro, prendido en su ropa. Entre ellos estaban Lázaro Nates y Ramiro Santiesteban, dos de los 101 cántabros que fueron deportados allí, nacidos en Laredo y residentes en la actualidad en París. Sus recuerdos son la historia del mayor crimen contra la humanidad que el mundo ha conocido. Una bandera republicana sigue coronando hoy la puerta de acceso al que fue el 'campo de la muerte'.
-¿Con cuántos años llegaron al campo de Mauthausen?
-Ramiro Santiesteban: Tenía 17 años y llegué acompañado de mi padre y de mi hermano mayor. Los tres aguantamos cinco años allí, aunque mi padre murió quince días después de la liberación.
-Lázaro Nates: Con 16 años entré y con 21 años salí.
-Han pasado más de seis décadas. ¿Lo que vivieron allí es imposible de olvidar o las heridas acaban cicatrizando?
-Ramiro: No lo olvidaré nunca, es imposible. Allí me limitaba a vivir al día, no tenía más objetivos. Miraba la chimenea del crematorio, veía salir el humo y me preguntaba si sería yo el siguiente. Cinco años pensando a cada minuto en la muerte se hacen muy largos.
-Lázaro: A mí se me ha quedado incrustado en la memoria. He olvidado algunos detalles porque no estoy todo el día pensando en ello, pero de vez en cuando sí vuelvo a revivir aquello.
-¿Cuál es el recuerdo más intenso que guardan de aquellos años?
-Ramiro: Tengo uno que no se me va de la cabeza. Todas las mañanas me levantaba y encontraba cerca de treinta cuerpos de personas que se habían suicidado tirándose a la valla eléctrica. Pero un día, a plena luz del día, un español se lanzó a ella delante de mí. La descarga lo lanzó a diez metros de distancia. Aquel hombre se levantó como pudo y me dijo: «En España las balas no quisieron saber de mí y aquí es la electricidad quien no quiere». A los pocos días falleció por la secuelas de aquello.
-Ramiro: Mi recuerdo más vivo es el del día de la liberación.
-¿Y el peor?
-Ramiro: Un sábado por la mañana fuimos a trabajar a la cantera. Allí, un cabo alemán había cavado un poco y cuando pasaban los judíos les ponía la zancadilla. Al que se caía le colocaba una horca en la cabeza, le ahogaba y lo tiraba al pozo. Llegué a contar veinte muertos cuando llegó un teniente de la SS y le dijo: 'Basta ya que el crematorio no da abasto'. Pero el cabo siguió matando. Cuando el teniente volvió, vio cuatro cadáveres más y le pegó una bofetada al cabo. En una mañana ese hombre mató a veinte personas por diversión.
-Lázaro: A mí me pegaron una paliza con un bastón. No hice nada malo, pero allí ni preguntaban ni hacían falta razones para hacerlo.
-¿Cómo se consigue sobrevivir cinco años en el infierno?
-Ramiro: Es muy difícil de explicar, pero creo que todo se limita a la suerte. Allí estaba bajo los caprichos de un cabo, que tenía autoridad para matar a los que quisiera y cuando quisiera. Asesinaban por placer. Los dos primeros años fueron muy dificiles, después los españoles empezamos a agruparnos y nos respetaban más. Hubo mucha solidaridad entre nosotros, eso no pasaba con la gente de otros países.
-Lázaro: Fue muy importante el apoyo que nos dimos los unos a los otros. Formamos grupos y nos dábamos moral, nos ayudábamos. Hubo un momento en el que hasta las cosas más brutales te dejan indiferente. Recuerdo una vez que me senté fuera del pabellón a comer unos nabos que me dieron y, entonces, me fijé que al lado estaba el cadáver de un judío con un agujero en el pecho. No sentí nada, seguí comiendo los nabos.
-¿Cómo era el día a día en el campo?
-Ramiro: A las cuatro de la madrugada sonaba la campana y salíamos del dormitorio hacia los lavabos. Sólo nos mojábamos un poco la cara porque no había ni toallas ni jabón. Luego salíamos a la calle. En invierno nos daban un abrigo que era tan fino que se podía leer el periódico a través de la tela. Mientras formábamos en fila nos frotábamos la espalda unos a otros para darnos calor. Luego íbamos a trabajar a la cantera durante díez horas. Para comer nos daban berzas, como a los cerdos; patatas cocidas una vez a la semana, y en la cena un trozo de salchichón hecho con madera de pino y un caldo que no me puedo imaginar con qué estaba hecho. Por las noches nos hacinaban de dos en dos en camas de ochenta centímetros de ancho. El colchón era paja deshecha.
-Lázaro: Lo peor era la sensación de inestabilidad. La vida no valía nada allí.
-Las generaciones posteriores han conocido aquellas atrocidades por películas, documentales y libros. ¿Se ha dado una imagen aproximada de lo que sufrieron en los 'campos de la muerte'?
-Ramiro: Cuando salí de allí tenía miedo de que al contarlo me tomaran por loco. Poco después, leí un libro, 'Lo que Dante no pudo imaginarse', escrito por un español que estuvo preso en un campo. Me pareció que se quedaba muy lejos de la realidad, y un día se lo dije al autor. Él me respondió: «¿Serías tú capaz de explicar lo que hemos vivido con un lápiz y un papel? Pues yo tampoco».
-Lázaro: Por mucha imaginación que se tenga jamás nadie podrá siquiera acercarse a lo que vivimos allí. Se puede llegar a explicar una pequeña parte, pero no es lo mismo que haberlo vivido en tus propias carnes, eso no se puede describir ni con palabras ni con imágenes. La gente cuando va al cine a ver una película sobre este tema luego se va a su casa y se olvida. Nosotros no, nosotros estábamos allí para morir, éramos muy conscientes de ello, tarde o temprano nos iba a llegar.
-¿Qué recuerda del día de la liberación?
-Ramiro: Un júbilo muy grande. Llegaron un tanque y dos o tres vehículos americanos. Para ellos fue una sorpresa encontrarse un campo de esas características. Nos dijeron que no podían quedarse, que cogiéramos las armas de los guardias por si la SS volvía para matarnos. Al día siguiente volvieron los americanos. A los polacos y checos los metieron en camiones y los escoltaron hasta su país. Los españoles fuimos los primeros en llegar al campo y los últimos en irnos, ya que Franco nos había declarado apátridas y no teníamos dónde ir. Francia se hizo cargo de nosotros, ya que habíamos luchado en su ejército contra los alemanes. Mi DNI es francés porque mi país me abandonó, pero mi corazón sigue siendo español. A España nunca la he olvidado.
-Después de la II Guerra Mundial el mundo ha vivido otros genocidios de menor escala, como en Yugoslavia o África. ¿Podría volver a ocurrir algo de aquella magnitud?
-Lázaro: Cuando salí de allí creí que el hombre había aprendido algo, pero me equivoqué. El hombre es malo por naturaleza, se nace malo. Nuestra mentalidad ha avanzado, pero en ciertos países basta un loco para desatar una guerra. Lo más importante es no olvidar aquello para evitar que se repita.
Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios
Videos de SOCIEDAD
más videos [+]
SOCIEDAD
Vocento
SarenetRSS