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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Sociedad

DOMINGO - I

Esta temporada han sido abatidos unos 80.000 ciervos en cacerías. Las monterías mueven cientos de millones de euros en la España rural

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España es una montería.
Cada fin de semana, entre octubre y febrero, decenas de miles de personas, vestidas en tonos verdes y caquis y armadas con rifles y escopetas, aguardan en sus puestos la irrupción de ciervos, gamos, jabalíes y corzos, sacados de sus manchas por las rehalas de perros y por los batidores. Es la llamada de la caza.
El reciente escándalo provocado por la coincidencia (retratada) en una misma montería del ya ex ministro Bermejo y del juez Baltasar Garzón ha llevado a primera plana una actividad que da empleo cada año a unas 100.000 personas y que, según algunas estimaciones, representa el 4% del Producto Interior Bruto de España.
Sin embargo, pese a su trascendencia económica, a su tremenda implantación social y a su función como reguladora de las crecientes poblaciones de ungulados, la caza mayor, las monterías, no son bien vistas ni gozan de buena prensa. «No sé por qué entre los políticos decir que se caza es políticamente incorrecto», se pregunta Alonso Álvarez de Toledo, presidente del Consejo Internacional de la Caza, antiguo compañero de clase del Rey y propietario de la rehala Valdueza. «Es un raro complejo. En el mundo rural todos saben quiénes practican la caza mayor», dice. «Parece que a alguno no les gusta que les vean de caza», apunta Bernardino Chamocho, responsable de Chamocho Hermanos, una 'orgánica' que opera en Sierra Morena. En este mundo se conoce como orgánicas a las sociedades dedicadas a la organización de monterías, a la gestión y venta de la caza. Son medio centenar de empresas.
En España hay un millón largo de licencias. Por poco más de cien euros y tras superar un examen, cualquiera puede salir a cazar cuando se abre la veda (eso sin contar el precio del material: en especial el arma). Otra cosa es participar en una montería.
Aunque las hay de todos los precios. El sábado 10 de enero, en la finca Los Alarcones de Sierra Morena se pagaron 7.350 euros por un puesto para dos cazadores; salieron a la venta 25 puestos. Por esa cantidad podían abatirse 3 ciervos, 2 muflones y gamos y un número ilimitado de jabalíes. En esa misma zona, ha habido este año monterías por 4.800 euros, por 1.975 (con derecho a matar dos ciervos) y también por 750, en esta última jornada sólo se disparaba a jabalíes.
En determinadas monterías se caza a ciervo muerto (y se paga por cada uno de ellos) y, en otras, la organización garantiza al montero que cobrará determinado número de piezas (un ciervo o un muflón por regla general) para que el cazador recupere el dinero invertido. También es habitual (y debido a la sobrepoblación de ciervas) que éstas puedan ser cazadas sin límite «La caza es una de las formas de lograr que la Naturaleza viva en equilibrio», apunta Álvarez de Toledo.
«En los últimos cuatro siglos no ha habido nunca en España tantos ciervos, corzos, jabalíes y gamos como ahora», subraya Mario Sáenz de Buruaga, biólogo y gestor medioambiental. «Y la caza -explica- es una de las pocas actividades que genera riqueza en el medio rural».
Juan Carranza, catedrático de Veterinaria y profesor en la Universidad de Extremadura, estima que, cada temporada, se matan en España entre 70.000 y 80.000 ciervos. Si se considera que los dueños de las fincas cobran una media de 1.000 euros por ejemplar, sólo este capítulo generaría unos 80 millones de euros por año. Cazar un ciervo medalla de oro (con 7 u 8 puntas en la cuerna que correspondería a una edad de entre 7 y 9 años) ha costado esta temporada entre 4.000 y 5.000 euros. Estos ejemplares raramente se abaten en monterías de pago. Se cazan a rececho, por lo general en época de berrea, o a la espera. Un guarda acompaña al cazador hasta el área donde se mueve el animal y le 'presenta' el ejemplar para que le dispare.
El macho montés o capra hispánica,especie emblemática de la Península Ibérica, atrae a cazadores de todo el mundo, dispuestos a pagar hasta 6.000 euros por cabeza. Se encuentran en Gredos, Cazorla, Sierra Nevada y en la serranía de Ronda. Como se trata de una especie exclusiva de España, existen directrices para evitar su «exportación» a otros países.
Una pura lotería
Los rebecos (sarrios) cuentan también con esa distinción. La mayoría están también en reservas nacionales (Benasque, Cazorla, Cabañeros, Hornachuelos...) gestionadas por el Estado. La caza en ellas está sujeta a pujas que puede realizar cualquier ciudadano con licencia y permiso de armas.
En realidad, muchas monterías, no son otra cosa que una lotería, apunta Juan Carranza. «El dueño del coto vende un boleto de lotería; la posibilidad de matar varios animales. Pero la mayoría de las veces esto no es así», apunta. Y dado el rendimiento económico que las monterías proporcionan, el paisaje y las fincas de la mitad sur de España han sufrido una espectacular transformación en los últimos quince años para garantizar las capturas. Son las vallas cinegéticas.
Un ejemplo. Un propietario 'reserva' en su finca un veterano ejemplar de ciervo, un medalla de oro, para abatirlo un día determinado. Pero el ciervo no entiende de lindes y una batida, en esa misma finca o en otra, puede lanzarle a los brazos del vecino donde tendrá los días contados. Para evitar ese tráfico y para controlar de manera más efectiva a las piezas, las fincas, a partir de las 500 y 800 hectáreas (dependiendo de la comunidad donde se encuentren), se vallan.
Las vallas, que mejoran el manejo y el control de la caza mayor, suponen también, en ocasiones, que se desvirtúe la esencia de los lances. La montería, «una modalidad exclusiva de España y entendida como un pulso entre el hombre y la Naturaleza», como señala el veterinario Carranza, perdería así gran parte de su sentido entre los cercados cinegéticos.
Las monterías «donde, quizás, sean más visibles las élites de la caza pueden costar un riñón» o ser «una invitación de un gran propietario». Pero, también, las hay «de pueblo y jabalí a mata cuelga en la que se escota a 100 euros», señala Andrés Gutiérrez, presidente de la Federación Española de Caza. La montería, apuntan sus practicantes, es también un rito centenario, un acto social y una aproximación al misterio de la vida y de la muerte.
Las monterías se celebran en fin de semana. En las cercanías de las fincas y haciendas (en las dos Castillas, Andalucía y Extremadura), florecen hotelitos y hostales donde se alojan los monteros.
Las 8.30 es la hora del desayuno. Un ágape rural y poderoso, compuesto por migas con torreznos, huevos, café y unos tragos de aguardiente y coñac para templar el cuerpo. De pie. Huele a cuero, a aceite de lubricar los rifles y a campo. Los perros de las rehalas ladran, inquietos. A un lado se sitúan los muleros; los lomos de las acémilas que cargarán los cuerpos de los animales abatidos están cubiertos por grandes lienzos de plástico. Media hora después se realiza el sorteo. En ese momento se paga por la tarjeta del puesto. Algunos están reservados (el dueño de la finca, algún invitado de postín). Comienza el tráfago, los billetes. En algunas monterías se reza la Salve Montera.
A las doce se sueltan las rehalas. Los perros baten el monte, guiados por el rehalero. Algunas, como la de Valdueza, son fruto de un trabajo de selección de muchos años, una sabia mezcla de podencos, mastines y grifones, que produce un «perro grande, fuerte, que saca a los animales de sus encames, los persigue... y, si el jabalí se para, es capaz de hacerle frente». Fuera de la mancha, los cazadores han sido llevados en todoterrenos hasta los puestos por el secretario, que les coloca. Cada vez se camina menos en las monterías. Los cazadores se camuflan, preparan las armas y callan. Se ven semiautomáticas Benelli y Remington, rifles Sauer, Mauser, Tikka con cerrojo. Hay calibres 30.06, 7 milímetros, 8x57... Los que manejan, montan visores Zeiss o Swarovski, los mejores y más caros. Los perros empujan, rompen el monte. Atacan el viso, la parte más alta de la mancha; los cazadores esperan en el sopie.
El bautizo del novio
Quienes saben entender el lenguaje de los ladridos saben si el perro late a parado (hace frente a una pieza), a rastro o a levante... De pronto, el animal aparece en el claro. «Los mejores momentos son cuando sientes moverse el monte, cuando aún no has visto al animal, pero presientes que va a ponerse a tiro», dice un experimentado montero. «La caza es pura adrenalina», concede Buruaga. Retumban los disparos.
Al final, el rehalero hace sonar la caracola para recoger a la jauría. Sobre las 4, los cazadores son recogidos de sus puestos. Comen. El secretario marca las piezas (antes se usaban tarjetas de visita; hoy, rótulos de plástico sujetos con bridas). Los muleros cargan las piezas. Los animales abatidos son expuestos en la casona de la finca; se cortan las cabezas. Las piezas se despiezan para ser vendidas como carne tras sanearlas. Un negocio en manos de alemanes que, este año y ante las importaciones de ciervos estabulados desde Australia, ha visto cómo los precios en origen caían en picado: 3 euros el kilo de ciervo, 50 céntimos el kilo de jabalí.
Si hay algún cazador novato, alguien que mata por primera vez una pieza de caza mayor, se celebra el noviazgo, una especie de juicio jocoso. Al 'novio' se le unta la cabeza con sangre o excrementos. Los cazadores dejan el lugar. La finca recobra la calma. Hasta el próximo años, cuando se abra la veda y regresen los monteros y las rehalas.
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