
El campeón cántabro se esfuerza cada día para acelerar su recuperación. Ha pasado ya más de la mitad del recorrido. / CELEDONIO

El campeón cántabro se esfuerza cada día para acelerar su recuperación. Ha pasado ya más de la mitad del recorrido. / CELEDONIO
«¿Has leído el capítulo de mi padre?» Le digo que sí. «A que te has reído mucho, sobre todo con el asunto de las patatas». Hablamos de su autobiografía dentro de una amplia y distendida conversación mantenida en el salón de su casa, sentados ante los amplios ventanales con vistas a la bahía de Santander y al espléndido panorama de los pueblos del entorno, dominado por la desembocadura del corto y caudaloso río que nace montaña arriba llamándose Miera y muere como Cubas, justo al lado de Pedreña y Somo. En el jardín se sitúa el minicampo que ha construido, rodeado de pequeños lagos artificiales. El encuentro se produce en la playa, de forma casual. Llega el abrazo y la invitación a la casa para recordar tantas batallas por los clubes de golf de todo el mundo, las anécdotas, muchas de las cuales refleja en su libro, y los grandes triunfos que hicieron de él un mito. Seve Ballesteros se recupera satisfactoriamente de las cuatro operaciones -la tercera «muy peligrosa», según su propia definición- que le realizaron en el Hospital La Paz de Madrid, después de que se le detectara un cáncer contra el que lucha y vence. Y ahora quiere aprender y no perderse nada, explora otros caminos y vive nuevas sensaciones. Porque si su enorme fortaleza mental y física ha sido clave en una mejoría que los oncólogos califican de sorprendente, Seve pretende abrir vías distintas, desea ampliar sus conocimientos y trasladar su experiencia. Cuando las fuerzas respondan en plenitud, además de ocuparse de sus empresas, hará exhibiciones, impartirá conferencias sobre el deporte que le hizo famoso y, sobre todo, se dedicará personalmente a la fundación que ha creado con el objetivo de destinar el dinero que se recaude a la investigación del cáncer. Comienza una nueva vida para el mejor jugador español de la historia, para el hombre que marcó una época, para el tipo diferente que revolucionó el golf europeo y mundial.
-Se te ve bien.
-Lo estoy. Las cosas van por muy buen camino y los médicos están impresionados de lo rápido que me estoy recuperando, por delante de las previsiones. Peso ahora 75 kilos, los mismos que pesaba cuando tenía 25 años. Ello es posible gracias a un entrenamiento muy duro que hago todos los días y a una dieta muy estricta.
-Tú lo has dicho. La vida te da una segunda oportunidad.
-He tenido esa suerte y hay que aprovecharlo. Volvemos a partir del hoyo uno.
-En este partido de 72 hoyos, y si salimos del tee del uno, ¿a qué altura estamos?
-Considero que el par es de 72 hoyos porque fueron 72 los días que pasé en el hospital. En este partido, que es el más difícil de cuantos he jugado en mi vida, efectivamente, salí del hoyo uno y voy avanzando. Ahora mismo me siento plenamente recuperado. Pero también hay que ser realista. Me quedan ocho 'quimios' por delante de las doce sesiones que, según me dijo el oncólogo, se le dan normalmente a alguien al que le pasa lo que me ha pasado a mí. ¿Que dónde estoy? No sé, pero me siento muy bien, mejor cada día.
-Situémonos a mitad de recorrido, en el 36. ¿Has llegado ya hasta ahí, estás algún hoyo por delante, algún hoyo por detrás?
-Yo creo que el ecuador ya lo he pasado.
-¿Cómo es tu día a día, cómo te organizas?
-Todos son iguales. No hay diferencias entre unos y otros, para mí no hay sábados o domingos porque no descanso y hago siempre lo mismo. Me levanto a las siete y media de la mañana, me aseo, desayuno a las nueve, completo las hojas cognitivas que tengo que hacer como entrenamiento y a las once y media bajo al gimnasio, donde realizo todo tipo de ejercicios físicos. Luego llegan los contrastes. Me meto en la sauna a 95 grados y siguen duchas de agua fría. Esta parte es bastante incómoda. Después subo a la casa, almuerzo, hago una pequeña siesta y más tarde o juego al golf o voy a caminar por la playa, como es el caso de hoy.
-Con momentos duros.
-La recuperación en sí es muy dura, pero la peor etapa que pasé fue producida más por el dolor psicológico que por el físico, cuando empezaba a ser consciente del grave problema que me había caído encima y de mis limitaciones físicas. Ese fue un momento especialmente difícil. Porque dolores realmente no he tenido. En las operaciones te duermen y no te enteras. El postoperatorio que tienes que pasar o la anestesia no son agradables, pero sí soportables. Lo más fuerte es el dolor psicológico.
-¿Y tu estado de ánimo? ¿Cómo recibiste la noticia?
-Fue un 'shock'. ¿Quién se lo iba esperar? El día que ocurrió yo estaba haciendo mi rutina habitual. Me había levantado a las seis de la mañana, había hecho mi gimnasia de cada día, todo iba bien y de repente aparezco en Urgencias de un hospital, me hacen un escáner y me dicen esto. Es algo tan inesperado que el 'shock' es casi inevitable.
-¿Qué ocurrió?
-El plan era comer con mi hijo Miguel y después viajar a la feria de golf de Alemania, junto a mi sobrino Iván, para presentar una línea de palos de golf diseñados por mí y que llevan mi firma. Creo que me desmayé en las escaleras del aeropuerto. Digo esto porque la verdad es que no sé si perdí totalmente el conocimiento o no. El caso es que se acercó una señora a atenderme y empezó a gritar, la gente comenzó a reconocerme y se produjo en seguida una gran aglomeración. Le dije a la señora: «Por favor, cállese, no grite, que está armando usted un follón y no es para tanto». Y me responde: «Pero qué sinvergüenza de señor, encima de que le he querido ayudar». Creo que le pedí disculpas y se fue. La verdadera suerte, dentro de la desgracia, es que estaba cerca el Hospital la Paz y allí me llevó rápidamente mi sobrino. En caso contrario, probablemente no lo hubiera contado.
-Y decidiste hacer pública tu enfermedad.
-No tenía otro remedio. Después de hablar con mi familia se lo comuniqué a los medios informativos porque era mucha la gente de la calle que me mandaba mensajes y se preocupaba por mi salud. Era mi deber anunciarlo, decir la verdad, contar lo que estaba ocurriendo.
El dolor psicológico
-Llegan las operaciones. Una, dos, tres, hasta cuatro.
-La tercera fue la peor, la más peligrosa. Fue cuando me di cuenta realmente de la importancia de la situación, de que algo grave estaba pasando. Porque, claro, uno no es tonto y no es lógico que te operen tantas veces de la cabeza.
-¿Te ocultaban algo?
-No, no, los médicos me tuvieron al tanto desde el primer momento. Fueron siempre muy sinceros conmigo. Pero, en tu interior, siempre te resistes a pensar que el asunto es tan grave, quieres creer que no es posible, que estas cosas no te están ocurriendo a ti.
-Durante la larga estancia en el hospital, ¿pasaste por muchos momentos depresivos, tuviste altibajos?
-Lo cierto es que durante los 72 días que pasé en La Paz, entre la UCI y la planta, estuve bastante bien de ánimo. Incluso gastaba bromas. Pero ya digo que en los primeros momentos no era plenamente consciente de la situación real. Después, sí, vino un bajón cuando comencé a ver mis limitaciones. Ahora estoy muy recuperado. Pero, claro, cuando me dijeron que no veía por la parte izquierda, que no podía conducir, que no podía ducharme solo y que tenía que depender de alguien casi para cualquier cosa, mi presente lo trasladaba al futuro y lo veía todo muy mal. Fue cuando peor lo pasé psicológicamente.
-Por fin te dan el alta y vuelves a casa, a Cantabria, a Pedreña.
-A mí me parecía que el hospital no era el lugar ideal para la recuperación. Siempre les insistí a los médicos en que el mejor sitio era mi casa. Yo hubiera querido venirme antes, pero quedaba la cuarta operación, después de lo larga y complicada que fue la tercera, que consistía en colocarme el hueso. No me podían dejar venir. Esa fue la causa de que pasara tanto tiempo en el hospital. 72 días son muchos días. Cuando, por fin, los médicos me dijeron que podía irme me llevé una gran alegría. Un gran momento fue la vuelta a Pedreña, sintiendo la satisfacción de estar de nuevo aquí después de tan larga ausencia, de entrar en mi habitación y dormir en mi cama.
-Los oncólogos insisten en valorar tu fortaleza. Tú has dejado escrito que los médicos salvaron tu vida.
-Así es. El doctor Heredero (bromea) me dejó una buena herencia. Ha sido uno de los tres médicos, junto a Isla y Pérez Álvarez, a los que debo la vida. Si ellos no llegan a estar en el hospital a lo mejor yo no estaba aquí. Fue una gran suerte que lo que me ocurrió sucediera cerca de La Paz y ayudó también el hecho de que yo fuera un deportista y estuviera bien físicamente. Pero quiero decir una cosa e insisto en ello porque lo he vivido desde los dos lados. En España, muchas personas que, desafortunadamente, han pasado por situaciones similares a la mía, se han ido a Estados Unidos y no han salido adelante, entre ellos mi padre. También gente tan conocida como Rocío Dúrcal, Rocío Jurado, Pedro de Toledo y muchos más. Con esto estoy diciendo que en España tenemos los mejores hospitales y los mejores médicos. No hace falta ir a Estados Unidos para nada.
-¿Te ha cambiado en algo la enfermedad?
-Sí, naturalmente. Veo la vida de una forma muy distinta y me doy cuenta de que a veces nos enfadamos por cosas bien tontas. Me doy cuenta también de lo poco agradecidos que somos normalmente, porque cuando gozamos de buena salud no nos paramos a pensar en qué bien estoy y qué suerte tengo. Me he dado cuenta de otras cosas, sobre todo de lo importante que es la familia. Dije antes que los médicos y mi fortaleza física salvaron mi vida, pero el hecho de tener siempre el apoyo de mis hijos y de mis hermanos ha sido vital para sacar esto adelante.
-¿Quién es ahora, entonces, Seve Ballesteros?
-Creo que soy una persona especial. Y digo que soy una persona especial porque me considero normal, muy normal. Y hoy en día no hay muchas personas normales. He aprendido a valorar las pequeñas cosas, ya que te das cuenta de que la vida hay que encararla de forma más sosegada, medio en serio y medio en broma. Estamos de paso, hay que disfrutar lo que se pueda y, sobre todo, no dar importancia a cosas que no la tienen y que en otras circunstancias terminan en un disgusto innecesario e inútil.
-El hombre que salió del quirófano, entonces, no es el mismo que entró.
-Naturalmente. Claro que el Seve de antes de la enfermedad es distinto al de después. Por supuesto. Me siento mejor persona. Mi carácter ha mejorado, soy más amable y más tolerante. Cuando veo cosas buenas las digo porque hay que decirlo. La palabra tiene mucha fuerza, es importante quererse y decirlo. Es muy importante saber decir a una persona «te quiero».
-Ha sido extraordinaria la respuesta ciudadana.
-Nunca lo agradeceré bastante. Dicen que la felicidad está en el amor y el amor es tanto cuando quieres como cuando te sientes querido. El hecho de recibir miles de llamadas y miles de mensajes ha sido de gran ayuda. No he leído todos porque es imposible, pero mi sobrino Iván dice que ha sido tremendo. He contestado a los que he podido. Me he sentido muy arropado y animado. Todos los mensajes son iguales, los de gente anónima y gente conocida. Pero valoro especialmente los de aquellos que yo sentía que eran mis amigos y no me han fallado. Amigos que demuestran que te quieren, como Manolo Piñero, que vino con Angelines, su esposa, sólo para verme. O José María Olazábal, que estuvo en el hospital. Y tantos y tantos.
-En tu encuentro con los Reyes les dijiste que te han quitado la parte mala y queda la buena. ¿Cuál era la parte mala?
-Hombre, era una forma de bromear. Suelo ser bastante irónico. Lo dije cuando los Reyes tuvieron el detalle de venir a verme en Santander. «¿Qué tal estás?», me dijo Doña Sofía. Respondí que «ahora estoy muy bien, Majestad, porque desde que me han quitado la parte mala sólo queda la buena y me encuentro mucho mejor». Los Reyes se echaron a reír.
-¿Cuáles son tus planes de futuro?
-Primero, recuperarme plenamente. Más adelante, cuando esté un poco más entrenado, digamos, me dedicaré a dar exhibiciones de golf y conferencias. Además, acabo de crear una fundación y el dinero que recaude será destinado a la investigación del cáncer, porque si la gente del pasado no hubiera hecho lo que yo intento hacer ahora no habría el avance que hay hoy en día y no se salvarían tantas vidas como se están salvando. Es un proyecto nuevo en el que he puesto una gran ilusión, se va a poner en marcha en seguida y me voy a dedicar personalmente y muy de lleno a ello.