El viaje más largo de Vital Alsar duró 22 meses y medio. Fue en 1977, cuando recorrió el Amazonas siguiendo la misma ruta que su descubridor, Francisco de Orellana. El próximo reto del marino santanderino «será sólo de cinco meses». A cualquiera, ese 'sólo' le pondría a prueba el coraje, con la perspectiva de 15.000 millas surcando el Atlántico a través de nueve países.
Pero a sus 75 años (en pleno viaje, el próximo 7 de agosto, cumplirá 76), Vital Alsar sólo se preocupa de encontrar la forma de llevar «la paz a todo el mundo». Lo hará a bordo del trimarán 'Zamná', dentro del proyecto 'El niño, la mar y la paz'. La idea original de esta iniciativa era llevar en el barco, con doce tripulantes, a un niño maya que representara su cultura y su deseo de paz en todos los puertos donde atraque el trimarán, «pero no va a ser posible».
«Es lo que más loco me ha vuelto», admite el marino santanderino que relata cómo «el padre de Jesús, de diez años, no permite que viaje con nosotros, aunque su madre sí que le deja». Aunque hay «otro niño que podría viajar», admite que «no es lo mismo porque no es maya». «Quería llevar la voz dormida de una cultura a través del pequeño, pero va a ser difícil». Aunque la ausencia del niño hace que parte de la aventura pierda entereza, el mástil del proyecto de unir en comunión la cultura maya y la mediterránea se mantiene firme bajo la tutela de Vital Alsar, recio en su propósito de llevar «a todos los puertos donde vamos a atracar la bandera de la esperanza».
La tripulación
Después de casi diez años vinculado a este proyecto, y apenas un mes para verlo hecho realidad, Vital Alsar se enrola para «recordar al mundo entero que no sólo importa comprar una casa, un coche, lo que tenemos. Hemos perdido los valores internos, por eso nos va tan mal y hay guerras, porque no se da, sólo se espera recibir». Lograrlo pasa por el equipo humano que le rodea. Juntos trabajan desde las siete de la mañana hasta la noche para terminar el barco. Y lo hacen «bajo un sol que mata, a 45 grados». Pero esto, lejos de parecer un sufrimiento, este santanderino de la calle Alta lo ve como «una preparación anímica». Ayer, a las 7,30 de la mañana, Vital Alsar empezaba el día asumiendo que «lo que nos queda es el último remado final». El próximo 25 de julio el equipo saldrá de México para recorrer nueve países donde «sembrar la semilla de la paz». La pandemia de gripe A retrasó la salida del viaje, prevista para el día 11 de julio, pero finalmente zarpan «en un día clave para la teoría cósmica de la cultura maya, que marcó hace siglos el año 2012 como el momento del cambio de su civilización». Así que, mientras Santander celebra el día de su patrón, Santiago, su embajador en los mares se lanzará con el 'Zamná' a la mar. La embarcación «ya tiene los mástiles arriba» y las manos que lo han dado forma en Alvarado vuelven a ser las de Óscar Camarero Figueroa, «un gran amigo que ya construyó, también en Alvarado, el galeón 'Marigalante'», la réplica de la 'Santa María'. Pero hay más leyenda en la figura del constructor del trimarán, «Óscar es mexicano, pero si repasas su árbol genealógico sus ancestros son santanderinos».
El diseño salió del propio Vital Alsar, «de lo más profundo de mí». Según narra, «en la proa lleva una paloma con las alas desplegadas, pero es una proa especial ya que tiene forma de canoa india». Nada es gratuito en Alsar, y según detalla, «es una forma de representar la identidad de la navegación maya, pero también la fenicia, la árabe...». El diseño conmemora todas las culturas marineras del mundo y en su interior llevará una tripulación de doce personas: «Santiago, un psicólogo infantil de Santander, cuya tarea es importantísima por la relevancia que tienen los niños en el objetivo del viaje».
Además, hay «dos canadieneses de origen hindú, un valenciano, dos ingenieros alpinistas de Jalisco, dos mexicanos, uno de ellos mi yerno. Además, «viaja con nosotros un antropólogo, que dirige el segundo museo más importante de América Latina, por citar algunos del equipo de la tripulación».
Llegada a Santander
«Cuando era pequeño siempre pensaba ¿qué podía hacer yo por el mundo? Y en aquellos entonces mi mundo era Santander, mi 'tierruca'. Aquello era un sueño, pero lo estoy cumpliendo». Se refiere Vital Alsar a llevar el nombre de la ciudad por los confines del mundo, a situarlo en las cartas de navegación como ese puerto del que un día salió y al que siempre vuelve: «Atracaremos en Santander a finales de agosto, y será un privilegio volver a mi cuna», admite Alsar, que si bien se define «como un ciudadano de mundo», sus raíces «están en Santander».