En la carretera de Yarkand a Hotan, mítica parada de la ruta de la seda en la región china de Xinjiang, miles de hombres con el gorro blanco musulmán arrancan árboles y desbrozan el terreno. Bajo un intenso sol y en medio de una nube de polvo, cortan los troncos con sus hachas, cavan zanjas y retiran los matorrales en carros tirados por burros. Parecen kilómetros y kilómetros de obras públicas, pero la realidad es bien distinta porque no hay capataces, ni ingenieros, ni máquinas apisonadoras, ni camiones rociando alquitrán. En realidad, se trata de los trabajos forzados que el régimen chino obliga a realizar a los campesinos. «No cobramos nada pero, si nos negamos, el Gobierno nos quitará nuestras tierras», se queja Abdurramej, quien ha tenido que dejar sus cultivos durante un mes.
Así viven los uigures en Xinjiang, la región enclavada a 4.000 kilómetros de Pekín y que, junto a Tíbet, es una de las zonas más conflictivas de China. Buena prueba de ello son los graves disturbios interétnicos que han sumido esta semana en el caos a su capital, Urumqi. Fronteriza con Mongolia, Rusia, Afganistán, Pakistán, India y varias repúblicas ex soviéticas de Asia Central, la población autóctona de Xinjiang son los uigures, una etnia que profesa el islam, habla una lengua emparentada con el turco y aspira a la independencia para formar el Turkestán Oriental.
Esta vasta región ha permanecido bajo el control de los distintos imperios chinos cuando sus dinastías eran lo suficientemente poderosas para imponer su autoridad. Tras dos intentos fallidos de independencia en los años 30 y 40, las tropas comunistas de Mao Zedong tomaron Xinjiang en 1949. Desde la constitución de la región autónoma Uigur en 1955 y la construcción del ferrocarril, los chinos de la etnia han (pronúnciese jan) han colonizado Xinjiang para explotar sus yacimientos de petróleo y minerales. De sus veinte millones de habitantes, ocho son uigures, entre siete y ocho millones pertenecen a la etnia han, la mayoritaria en China, y el resto se lo reparten kazajos, hui musulmanes, kirguises, mongoles y otras minorías.
Mientras ocupan los mejores trabajos y ostentan el poder político y económico, los han residen separados de las otras comunidades. Frente al carácter emprendedor y moderno de los han, la mayoría de los uigures son parados que viven hacinados en lo que queda de los cascos históricos o paupérrimos campesinos que habitan en cabañas.
Como ocurre en Basux, una aldea a orillas del lago Karakul habitada por kazajos, la Policía comprueba el censo cada dos por tres para asegurarse de que nadie se ha marchado. «Los uigures no son iguales que los han porque hay muchas diferencias económicas y sociales», se queja Abdul, un conductor que antes llevaba camiones a Pakistán, pero luego se quedó sin pasaporte cuando perdió su trabajo.
Frenar el separatismo
Para frenar su separatismo, el Gobierno chino intenta impedir que los uigures salgan al extranjero, por lo que deben pagar entre 10.000 y 20.000 yuanes (entre 1.056 y 2.112 euros), esperar un año y tener buenos guangxi (contactos) para conseguir un pasaporte.
El año pasado, coincidiendo con los Juegos Olímpicos, una cadena de atentados terroristas causó en Xinjiang una treintena de muertos, entre ellos dieciséis policías en Kashgar. En la entrada a Kuqa, escenario de un ataque, un cartel da la bienvenida mostrando una foto del presidente Hu Jintao, para promocionar la empresa de alquitrán KSBC, que «ha florecido con el amanecer del Partido Comunista».
Al amparo de los campos de petróleo, han proliferado las petroquímicas y compañías que trabajan con derivados del crudo, atrayendo a emigrantes han. Pero no todos están contentos con este desarrollo. «Las fábricas de los chinos han traído más contaminación a Kuqa y se están construyendo muchos bloques», protesta Abú Lati.
Esta tutela del régimen llega incluso a la alcoba. «Ten hijos tarde para ser próspero», recomienda otra pancarta donde aparecen mujeres uigures premiadas con dinero por su baja natalidad. Con esta política, el Gobierno pretende fomentar la colonización han. «Más eficacia y más desarrollo», se lee en otro cartel, que muestra una central nuclear, una jungla de rascacielos y a un soldado para simbolizar el progreso de los últimos años.
En las carreteras, los carteles recuerdan que «la seguridad es una misión de todos». «No tenemos el apoyo de EE UU ni de Europa porque se identifica musulmán con terrorismo, pero se están violando los derechos de los uigures», se lamenta, desde el exilio en Kirguistán, el presidente de la Asociación Ittipak, Dilmurat Akbarov.
Además de la represión, los uigures critican el control de Pekín sobre la religión. Los imanes son elegidos por el Gobierno y sus discursos, supervisados. En la mezquita de Id Kah, en Kashgar, un vigilante luce la hoz y el martillo en el cinturón, pero los uigures deben renunciar a su fe si quieren trabajar para la Administración o unirse al Partido Comunista.
En la plaza del Pueblo, dos mujeres con el rostro cubierto pasan por debajo de la estatua de Mao, mientras los niños uigures cantan el himno nacional al izarse cada mañana la bandera china en la escuela número 8 de Kashgar. «Las clases son en mandarín, y no en uigur, para borrar nuestra identidad cultural», critica un profesor, que oculta su identidad.
De igual modo, la ciudad vieja de Kashgar está siendo derribada para dar paso a los rascacielos. En su intento por homogeneizar el país, el régimen de Pekín ha convertido la ciudad en un parque de atracciones donde hay que pagar para entrar. La visita se realiza con un guía-espía que impide que los turistas hablen con los vecinos. Como si fuera un zoológico humano, el guía no sólo enseña los talleres artesanales, sino también una casa que el Gobierno ha habilitado para las viudas uigures. Al terminar el recorrido y el bombardeo de fotos, las viudas pasan el platillo para recibir un donativo.
De la tradición al folclore
Dentro de su intento por convertir la tradición uigur en un espectáculo folclórico, el otrora caótico gran bazar de Urumqi ha sido reconvertido en una galería comercial. Junto a los rascacielos que han proliferado en la ciudad, es el perfecto ejemplo de la colonización china, ya que este moderno edificio de ladrillo rojo se halla presidido por un falso minarete de estilo afgano. Antes de la revuelta, los restaurantes de su interior ofrecían actuaciones folclóricas donde los turistas chinos se atiborraban en el bufé.
Entretanto, el régimen sigue extrayendo el petróleo de las reservas de Xinjiang para alimentar su crecimiento. En la carretera que atraviesa el desierto de Taklamakan hay más de 120 casetas donde viven durante ocho meses dos personas de la etnia han. Por 800 yuanes (80 euros) mensuales, riegan los matorrales de los arcenes para que las dunas móviles no cubran la carretera y los camiones cisterna sigan transportando el crudo hasta la ciudad-refinería de Korla.
Independentismo, religión, represión, desigualdades sociales y colonización se mezclan en el cóctel molotov de odio interétnico que, como ha ocurrido esta semana en Urumqi, estalla cada cierto tiempo en el polvorín de Xinjiang.