Aun cuando no sabemos el desenlace, la juventud iraní ya ha firmado un nuevo capítulo en el libro de la historia del poder popular. Juntos, con brazaletes y banderolas verdes, han atravesado las barreras del miedo. Esa protesta no violenta ha desconcertado al Estado y a todo su violento poder de represión, representado por los matones de la milicia basij.
Una vez más, se ha demostrado el poder de los sin poder. Esta población joven, urbana y cada vez más educada quiere trabajo, vivienda, oportunidades y libertad.
Los hijos de la revolución islámica acabarán devorándola.
Se han enfrentado a ese imán oculto, Mahmud Ahmadineyad, que inicia sus discursos con la consigna de que Israel ha de ser borrado del mapa.
Detrás, por encima, sobre él, el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, quien ha bendecido el fraude electoral calificándolo de «juicio divino».
A miles de kilómetros de distancia, en otra geografía y otra atmósfera, la decana de las revoluciones vigentes halla azogue y paralelismos con la situación persa.
Un estado que cuenta con una población joven, nacida mayoritariamente después de 1959. Más de dos tercios de los habitantes de Cuba viven en las ciudades.
El líder visible de La Habana, Raúl Castro, ya enrocado en la defensa de la tesis de que en su isla no hay una dictadura sino una democracia perfecta. Al igual que su homólogo de Teherán, identifica su poder con la misma nación, a partir de la ruptura con el pasado del país.
Y en la cumbre, el paradigma del mito revolucionario, Fidel Castro, forjador de la fantasía cubana. Padre indiscutible de la capitalización simbólica de Cuba plenamente soberana y justa, genuinamente solidaria y resistente a la hegemonía de Estados Unidos.
¿Por qué, si la quintaesencia del poder popular es la misma desde hace mucho tiempo, no se ha producido un movimiento popular en Cuba parejo al de Irán?
Una razón fundamental es que la juventud iraní usa las últimas tecnologías de la información y la comunicación. Los detalles sobre los lugares de convocatoria, tácticas y eslóganes se han transmitido a través de Twister, Facebook y mensajes de teléfono móvil. Pueden verse vídeos de manifestaciones y tiroteos en Internet, y desde el extranjero se accede a páginas web que se colman de colaboraciones locales.
En cambio, los posibles opositores cubanos no cuentan con nada de lo anterior para enfrentarse al sórdido espacio de delaciones que ha reverdecido en las calles cubanas.
La cuasi imposibilidad de comunicación se confunde con la turbia amalgama de cooperación silenciosa con el lado oscuro. Por esas razones, un millón de personas fueron movilizadas en La Habana el pasado primero de mayo (200 mil ahora en julio en Holguín), en ese territorio de viscosa convivencia ciudadana que el régimen cubano maneja con toda impunidad moral.
Todo esto no quiere decir que los jóvenes iraníes vayan a tener éxito a corto plazo. Las maniobras ocultas de sus gobernantes clericales van encaminadas a derrotar el movimiento con una mezcla de represión, censura y agotamiento. Esa colección de golpes bajos y maniqueísmos la vienen padeciendo generaciones enteras de cubanos.
La poca obediencia política que le queda al sistema castrista ancla en la fábula de que los gobernantes comandados por los hermanos guerrilleros protegen al pueblo de la maldad del imperio americano.
Es imposible la emergencia de nuevos actores sociales sin un espacio público y de comunicación donde éstos puedan actuar a los ojos de la ciudadanía.
La historia del recurso a la represión para salvar regímenes o al menos a sus dirigentes es larga.
Hay un hilo conductor común; su destino depende, en última instancia, de los servicios de seguridad, puesto que éstos indefectiblemente se amarran a intereses que van unidos a los de los poderes que han protegido.
La población cubana es difícil que participe en procesos de protesta concertada, cuando gran parte de la misma ha regresado a un punto en el que no están cubiertas sus necesidades mínimas de subsistencia.
Además de determinación y energía, para que una juventud se movilice a sí misma parece que son necesarias redes tecnológicas, las que con contundentes actuaciones niega la administración cubana a sus sujetos civiles. Sin ellas, Cuba continuará enfrascada en su interminable agonía, agudizada ahora con una renovada crisis económica.
Sería pertinente y útil que los gobiernos democráticos mantengan y mejoren las infraestructuras mundiales de información que permitan a los jóvenes cubanos parecerse, al menos, a los iraníes.