LA Sexta está emitiendo 'El aprendiz', un 'reality' donde varios concursantes tratan de hacerse hueco en el mundo de los negocios, de la mano (o, más bien, bajo la vara) del empresario de la publicidad Luis Bassat. 'El aprendiz' es lo que podríamos llamar «un reality decente». Me explico. En el mundo de la tele (o, más bien, de los que reflexionan sobre ella) hay un largo debate acerca de la cualidad moral de determinados géneros. Hay quien piensa que géneros como el 'reality-show' o la «telerrosa» son malos en sí mismos, el primero porque pone en escena la privacidad, y el segundo porque eleva el cotilleo a la categoría de argumento informativo de primer nivel.
A esos reproches no les falta razón, pero otros pensamos que el problema no está en el género, sino en el uso que se hace de él, y que cualquier género es aceptable si los profesionales respetan unos criterios éticos elementales. En el caso de los 'reality-shows' tenemos un buen ejemplo a partir de la evolución de un sólo programa: 'Operación triunfo', que fue primero un estimable relato de superación personal en pos del éxito artístico, y que después, emitido con otros intereses, empezó a poner más el acento en los conflictos personales y la exhibición de intimidades. Pues bien, 'El aprendiz' es un ejemplo de 'reality-show' concebido en términos decentes: el objetivo del programa no es desflorar la privacidad de unos sujetos determinados, sino contar una historia de duro aprendizaje profesional.
En el relato no entran sólo los aspectos técnicos y profesionales del aprendizaje, sino también las reacciones emotivas de los concursantes y las relaciones que traban entre sí; por eso es un 'reality-show'. Pero estos últimos aspectos quedan subordinados a la narración de la experiencia profesional, de manera que el programa se mantiene dentro de unos límites perfectamente aceptables. ¿Y cómo es 'El aprendiz' en el terreno propiamente profesional-comercial, que es el campo que explora? Aquí hay opiniones para todos los gustos. A pesar del respeto que inspira Bassat, ha habido bastantes voces en el campo publicitario que critican el experimento por artificial.
Este es un reproche que, visto desde fuera del mundo de los negocios, no se entiende demasiado bien.
Porque el aprendizaje de los concursantes de este programa, por lo que ve en pantalla, no deja de girar en torno a la base misma de cualquier negocio, que es la venta.
Y así se ve a los pupilos de Bassat bajando a la calle a vender aceitunas -con procedimientos a veces chuscos- y obligados a vigilar escrupulosamente la cuenta de resultados. A mí, personalmente, 'El aprendiz' me gusta: me parece una buena idea. Y siempre se aprende algo útil.