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El arte de la jubilación

Tres vecinos de San Román exponen sus curiosas obras

El arte de la jubilación

Las aficiones que iniciaron al terminar sus carreras profesionales han llenado sus vidas, convertidas en ejemplo para el vecindario

10.02.12 - 13:24 -
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El arte de la jubilación
Manuel Prieto, Marino Martín y Severino Gallego, en la sala del centro cívico Mercedes Cacicedo, en San Román de la Llanilla./ Foto: Roberto Ruiz
«Imagínatelo. Una persona que no sabe hacer otra cosa que trabajar y a los 57 le dicen que no puede hacer nada, que lo deje todo...». A Manuel Prieto sus maquetas le devolvieron, casi, la vida. El corazón le obligó a jubilar sus herramientas de carpintero antes de lo previsto. Se le vino el mundo encima. Ahora, a los 65 le explica a todo el que se acerca que construye sus réplicas a partir de fotos. Y lo que no sale, se lo inventa. Da gusto escucharle. Aunque en explicaciones le ‘gana’ Marino Martín. No sabe encender un ordenador pero, con 83 años, ha construido una impresora. Sus nietos le dieron tres motores y le plantearon el reto. La tiene expuesta junto otras piezas de acero inoxidable. Igual que las tallas de Severino Gallego. Lo suyo es ser un ‘manitas’. De eso ejerció siempre. Pero cuando dejó de conducir autobuses se ha dedicado a recrear el mundo a través de la madera. Él tiene 73. El Centro Cívico Mercedes Cacicedo expone los trabajos de tres artesanos de la vida. Porque lo suyo es todo un ejemplo. Son los artistas de San Román.
Un tornero mecánico, un carpintero y un conductor de autobuses. Eso eran antes. Ahora ejercen de jubilados pero se niegan a dejar que el tiempo les pase por encima. «Esto es una forma de no estar en el bar, de tener la mente ocupada». Fue Jesús Ceballos, en su día concejal del Ayuntamiento, el que reunió a sus tres vecinos. Porque ellos acumulan mucha experiencia, pero en cuestión de exposiciones es su primera vez. Y en eso están desde mediados de enero (y estarán hasta el próximo día 16).
«Me jubilé en el 93 y me refugié en esto...». Lo dice Marino, el más mayor, el autor de esa impresora ‘artesanal’. «La máquina de vapor la hice porque es de los tiempos de mi aprendizaje», explica al señalar otra de sus obras. Los acabados son perfectos y la lógica que Marino le aplica a sus palabras son toda una lección de un oficio que empezó a ejercer «en el 43». Hay un motor de dos tiempos «partido por la mitad para que se vea la entraña». «La noria la hice porque me invitaron a Portugal unos familiares y aún regaban con un sistema como éste. Llegué a casa y se me metió en la cabeza». Hasta una churrería artesanal ha diseñado. Hay muchas horas detrás de cada pieza.
Madera
Horas y pequeñas historias. Severino hasta parece emocionarse al explicarlas. Siempre se le dio bien trabajar con las manos. Que la casa en la que vive prácticamente la levantara él, lo demuestra. Una vez entró en un restaurante y vio unas figuras de plástico que representaban a unos personajes famosos. Le gustaron tanto que le pidió al dueño que se las dejara para imitarlas en casa. Él escogió la madera. Cuando empezó a tallar «me vino la cara del personaje, empecé a verla en lo que hacía». Hasta hoy. Vio la Capilla Sixtina y tenía prisa por regresar para ponerse manos a la obra. Ha hecho un vía crucis que donó a la parroquia, una Gioconda y hasta las manos de su mujer. Encina, castaño, abedul... Hay una tapa de arcón de 1,20 por 70. Estaba en una cuadra y la iban a quemar. Severino la convirtió en una última cena. El madero tiene doscientos años.
Queda Manuel. Con 17 sufrió un accidente que le hizo perder los dedos de una mano. Pura superación para dedicarse a la carpintería. Cuando le obligaron a jubilarse antes de tiempo lo pasó mal. Ahora su casa está llena de pequeños edificios, de maquetas perfectas. Cola, escala, lapicero, cúter... «Fue un revulsivo total». «Ahora soy el más feliz del mundo», dice mientras mira su iglesia parroquial de San Román, la ermita de la Virgen del Mar, el pueblo marinero o el ‘Chozu pasiego’. «El Corcal de Liébana quiso comprármelo el de la casa, la de verdad, pero yo esto lo hago por capricho, como el que colecciona sellos». Es su nueva vida. Y eso, claro, no está en venta.
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