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Preciado ya vive en la memoria de Cantabria

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Preciado ya vive en la memoria de Cantabria

09.06.12 - 00:47 -
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Preciado ya vive en la memoria de Cantabria
La familia de Preciado –su hermana, Ana; su cuñada, Macarena; su esposa, Arancha; su madre, Ana; su hijo, Manu; y la novia de este, Mónica– en el entierro. Foto: Javier Cotera
El fútbol español despidió ayer a Manolo Preciado con un funeral multitudinario en el que presidentes, entrenadores, futbolistas, árbitros y aficionados abrigaron con su cariño a una familia más que rota hecha pedazos que superó con una firmeza ejemplar la exposición pública del sufrimiento que significa un acto fúnebre: A su madre, a su hermana, a su esposa y, en especial, a su hijo, Manu, ayer el vivo retrato del dolor propio de quien pierde a un padre después de haber perdido a una madre, a un hermano, a un abuelo, todo... Insufrible.
Como el día, que fue muy largo. Por mucho que los demás se empeñaran en hacerlo lo más corto posible. Y por mucho que el destino –despiadado con los ‘preciados’– les haya hecho pasar por esto cuatro veces en diez años.
Ana madre, Ana hija y Arancha llegaron a las ocho de la mañana al tanatorio del Alisal para sentarse al lado del féretro con los restos mortales de Manuel Preciado, Manolo, al que el fútbol ha hecho inmortal. Con ellas, el hombre de la casa, Manu, que aguantó cuanto pudo hasta que reventó. Fue muy duro. Escucharle gritar desesperado maldiciendo al destino fue muy duro. Durísimo. Como la vida desdichada que, nadie se explica por qué, le ha tocado vivir.
En estado de ‘shock’, la familia se dejó abrigar amable por el gentío que, durante toda la mañana, se acercó a la capilla ardiente para darle su último adiós al técnico y un beso sentido a sus allegados. De todas las esferas futboleras. Por allí pasaron los presidentes del Athletic, del Levante y del Sporting, Josu Urrutia, Francisco Catalán y Vega Arango, los entrenadores Marcelino y Juanjo Cobo, el árbitro Mejuto González, el exfutbolista ‘Quini’ y numerosos aficionados de los dos clubes que dividieron el corazón de Manolo.
También amplias representaciones de las plantillas profesionales del Racing y del Sporting de Gijón, que a la una de la tarde escoltaron a la familia al santanderino cementerio de Ciriego para ayudarla a pasar el trago más difícil.
Una multitud
Con todo, la muestra de respaldo más multitudinaria se produjo en la parroquia de los Franciscanos, donde a las cuatro y media de la tarde se celebró el funeral por el eterno descanso del guerrero Preciado, al que un centenar de velas encendidas –porque si se apagan alguien vuelve a prenderlas– recuerdan en la puerta 0 del Sardinero.
Ya desde una hora antes aguardaban a las puertas del templo un buen puñado de amigos de Manolo, muchos exjugadores de su tiempo, y otro buen puñado de aficionados, algunos con vestiduras verdiblancas y rojiblancas. La evidencia de que Preciado fue un racinguista convencido de su sportinguismo o, da igual, un sportinguista convencido de su racinguismo.
Dentro, el padre franciscano José Luis Idoiaga, el popular cura del barrio Pesquero, Alberto Pico, y el capellán del Sporting de Gijón, Fernando Fueyo, preparaban con el diácono Gervasio Portilla (periodista y amigo personal de Preciado) una ceremonia religiosa cantada por los miembros integrantes del coro Amigos del Mar. «Pobre Manolo», lamentaba el padre Idoiaga colocándose la sotana en el prolegómeno. Al sacerdote, que enterró a la esposa de Preciado –no llegó a los sucesos del hijo y el padre del técnico– no le salían las palabras para recordar a «un hombre que supo enfrentar la vida de cara».
En esa hora, pesarosa, interminable y cuajada en grandes silencios, la iglesia se llenó de familiares, amigos, conocidos y gentes de fútbol próximas al entrenador cántabro, que iba a ser enterrado el mismo día –qué ironía– en el que nacía uno de esos espectáculos futbolísticos que él no se hubiera querido perder: la Eurocopa 2012.
Desgarrador
Ver llegar al ‘rifle’ Pandiani fue ver llegar al abatimiento en persona. El futbolista uruguayo, con el que Preciado coincidió en el Levante, encabezaba la extensa representación futbolística que, poco a poco, fue accediendo al interior de la franciscana parroquia.
Los presidentes Josu Urrutia, Francisco Catalán y Vega Arango, que por la mañana se habían acercado hasta el tanatorio del Alisal, llegaron por la tarde acompañados por Francisco Roig, el del Villarreal, donde Preciado hubiera comenzado ya una nueva vida si el jueves no se le hubiera partido el corazón. Los cuatro intercambiaron abrazos con el director general del Racing, Antonio Corino, que abanderó la amplísima delegación racinguista en los funerales.
También con los dos portavoces del Barcelona y del Real Madrid, Toni Freixa y Emilio Butragueño, que llegaron con el tiempo justo. Y con los entrenadores Luis Mendilibar, Miguel Ángel Lotina, Miguel Ángel Portugal o Abelardo. Y con Iribar, ‘el Chopo’, y con Dani, y con Rexach y con Enrique Castro, ‘Quini’. Y con muchos de aquellos futbolistas que, con Preciado, construyeron el Racing aguerrido del que fue capitán.
En un segundo plano, discretos, el secretario de Estado para el Deporte, Miguel Cardenal, el delegado del Gobierno en Cantabria, Samuel Ruiz, y el alcalde de Santander, Íñigo de la Serna, escucharon el inicio de la homilía.
«Quisiera que hubieseis visto la explosión de dolor multitudinario que se produjo ayer en El Molinón», dijo compungido Fernando Fueyo, que el jueves se quedó dormido todavía con lágrimas en los ojos «echando un vistazo a los libros que recogen la vida de Manolo» y de los que él ha recupero una sola frase: ‘sólo quiero hacer feliz a la gente’. «Me quedo con esa», aseguró el cura, que admitió haber recomendado a Preciado que moderara su lenguaje. «La verdad que se podría hacer una antología con sus frases, aunque algunas de ellas sean picantes», sonrió Fueyo.
Trataba de desviar la atención sobre el doloroso panorama que se contemplaba en el primer banco. Sentado con los codos apoyados en las piernas y las manos cubriéndose la cara, Manu permanecía ajeno a todo lo que no fuera el recuerdo. Ni siquiera reparó en el desvanecimiento momentáneo de una mujer por el efecto del calor.
Hundido, el chico sólo levantó la mirada asombrado –como todos– porque cuando el templo calló un aplauso, el aplauso sonaba afuera. Eran las más de 400 personas que no habían podido entrar a la iglesia, donde a otras casi 700 se les encogió el alma cuando, en un silencio, se oyó el llanto quebrado de Manu buscando desesperado a su padre. Manuel Preciado. Manolo. Manolín. Un obrero de los banquillos injustamente castigado por su destino que vivió convencido de que mañana saldrá el sol y que hoy ya vive en los días sin ocaso.
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