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La torre es lo único que queda de la iglesia de Villanueva./ J. L. Sardina | Archivo del libro '50 años del embalse del pantano'
Imagen de la construcción del pantano que supuso una inversión de 20 millones de pesetas./ Archivo del libro '50 años del embalse del pantano'
La mayor obra de ingeniería fue la construcción de la presa del embalse./ Archivo del libro '50 años del embalse del pantano'
Remedios Sainz (Quintanilla) «Antes de la inundación se llevaron las campanas de la iglesia. Los mayores lloraban, cantaban o recitaban una canción»
«Recuerdo que mi padre puso una escalera para entrar en la vivienda porque había mucha agua. En 1947, el día de Santiago, llegamos a Polledo»
Severina Aguayo (Quintanilla) «Éramos unos niños cuando tuvimos que dejar nuestras casas que tantos esfuerzos les costó a nuestros padres»
Octavio y Primitivo Sierra (Polledo) «Los últimos días fueron difíciles. Salían las vacas del corral con el agua por las rodillas»
«Campanas de mi lugar, os queremos de veras, cantásteis cuando nací y no cantaréis cuando me muera». A Remedios no se le va de la memoria la estrofa. Ni las voces que escuchó ese día. Ni la escena: la de «un camión colorao que se llevaba las campanas de la iglesia y los mayores, sobre todo mujeres, lloraban, rezaban y recitaban...» Las campanas de mi pueblo... Llegaba el agua, el futuro embalse, el progreso les dijeron. Y ella, Remedios, y otras 1.619 personas, tuvieron que vivir un éxodo obligado. Abandonaron casa y pueblo y emigraron y hasta fueron los fundadores de otro lugar, Polledo de nombre. El Pantano del Ebro, que cumplió el pasado lunes 60 años y 65 desde que el agua se embalsó y se tragó todo, dejó y creó decenas de historias. Para cientos de lugareños, antaño niños, inundó vidas y así lo recuerdan. «Un camión colorao en el que cargaron las campanas», corría 1947.
Ese es el relato de Remedios Sainz Gutiérrez. Es el caso, también, de otros de sus vecinos, hoy del pueblo de Polledo y entonces de Quintanilla de Valdearroyo (25 habitantes), tragada por las aguas y espectral desde entonces. Los recuerdos de Remedios y los de Severina Aguayo Sainz ylos de Octavio y Primitivo Sierra Gutiérrez son idénticos. Los cuatro eran niños de Quintanilla de Valdearroyo y todos «ayudamos a nuestros padres a trasladar lo que teníamos en nuestras casas hasta esa nueva morada protegida de las aguas del pantano». Y cuando citan las viejas casas, remachan: «aquellas que tantos esfuerzos les costó a nuestros progenitores». Hasta entonces, su vida había sido una más, como la de cualquier infante que vive pegado al terruño y al campo. «Todo era normal hasta que el agua llegó a las casas», letanía perenne repetida ahora que el Pantano del Ebro cumple 60 años. Para ellos cinco más, porque fue en 1947 cuando las aguas crecieron como consecuencia de una «gran obra de ingeniería» que requirió una inversión de veinte millones de pesetas. Nacía así uno de los embalses más grandes de España. Y los datos corroboran esa magnitud: la superficie ocupada por el agua cuando se encuentra en situación de ‘máximo embalse’ es de 6.500 hectáreas, con una capacidad de 530 hectómetros cúbicos; su profundidad llega a los 22 metros en las proximidades de Arroyo, aunque su profundidad media es de 7 metros.
La vida por entonces no era sencilla. Severina recuerda a su Quintanilla, hoy en la profundidad, como un pueblo tranquilo. «Se trabajaba mucho, pero era ley de vida y había que ayudar a los padres, que no paraban ni un momento». Y para comer, lo justo: «mi madre cocía de noche pues no te dejaban porque estaba prohibido; alguna vez, aunque era excepcional, se mataba alguna gallina o alguna oveja. No teníamos mucho pero hambre no pasábamos». Día a día, hasta que llegó el agua.
Sacrificio
El sacrificio para los campurrianos fue notable. Un total de 1.620 personas tuvieron que dejar sus vidas y 270 viviendas. Quedaron totalmente embalsados los pueblos de La Magdalena, Medianedo, Quintanilla de Valdearroyo y Quintanilla de Bustamante. Literalmente, desaparecieron bajo las aguas. Y parcialmente resultaron afectados los núcleos de población de Las Rozas de Valdearroyo, Renedo, Bustamante, Villanueva, Llano, Bimón, La Población y Orzales, pertenecientes a los municipios campurrianos de Campoo de Yuso y Las Rozas de Valdearroyo. Fue el éxodo y también la reconstrucción, pagada con cargo a las obras. Así nacieron las nuevas iglesias de Arroyo, Bimón y La Población y las escuelas de Arroyo, Las Rozas, Llano y Villanueva.
El mar de agua inundó miles de metros cuadrados, tantos como 6.168 hectáreas de terrenos expropiados, de las que 4.306 hectáreas eran de campo raso (con ricos yacimientos de turba), 1.756 de prados y 104 de terrenos de cultivo. El lago artificial nacido en 1947 tenía un perímetro de orilla de ¡ochenta kilómetros! Una gran extensión que ahora es ‘patrimonio’ de las aves, tantas como las 4.000, de cincuenta especies distintas, que se estima llegan en la época de invernada. El Pantano del Ebro es hoy en día Reserva Nacional de Aves Acuáticas y un área protegida integrada en la Red Natura 2000.
También defensores
Una protección que los lugareños del éxodo y muchos campurrianos nunca han sentido para sí. Porque durante su construcción, el embalse contó con cientos de detractores, sobre todo habitantes de la comarca. Hubo, también, quien esperaba un maná incierto que no llegó.
«Contó también con defensores a la espera de grandes canales de riego en otras regiones», narran quienes reviven ahora la historia. Su sentimiento hoy es el de que el pantano es «un gran almacén de agua para beneficio de otras comunidades, con muy poca repercusión económica para Campoo y Cantabria». «Llegamos a tener lo que iba a ser un centro medioambiental a nivel nacional (en referencia al proyecto de la Península de La Lastra), pero no había puente para pasar a visitarlo en plan grupo. Ahora, hay puente pero el centro está abandonado». Y otro lamento: «tenemos agua pero prácticamente no se puede navegar y el baño está acotado en numerosas zonas; el embalse está atravesado por líneas aéreas a baja altura y con postes dentro del agua».
Seis décadas después de su puesta en marcha, el pantano del Ebro es el único de su cuenca en el que la navegación, tanto a remo como a vela, sólo está permitida a menos de 200 metros de la orilla. Una prohibición que la Confederación Hidrográfica del Ebro justifica en la existencia de postes eléctricos ubicados dentro del agua y de algunas líneas que pasan a baja altura. En total, 45 postes de media tensión, de los cuales, más de una decena se encuentran dentro del Dominio Público Hidráulico (DPH). Existe otra decena en zona de servidumbre, es decir a menos de 5 metros del agua (zona de paso público). Y la cuenta sigue: hay otros 20 postes de líneas eléctricas a menos de 100 metros del agua, lo que se conoce como Zona de Policía, y 25 pasos aéreos por encima de las aguas del embalse. Y el remate: en el perímetro del pantano existen veinte postes de teléfono, de los cuales diez están dentro del agua. No va más. Una gran maraña de postes y tendidos que son otro muro insalvable que impide que el embalse pueda ser utilizado como una gran oferta turística. Hasta ahora todas las ideas y proyectos se quedan en eso.
El pantano celebró el pasado lunes su aniversario al 57,8% de su capacidad, lo que supone unos 312,13 millones de metros cúbicos de agua, según los registros tomados por los propios técnicos de la Confederación Hidrográfica, a finales de este mes de julio. Los datos hablan de un año seco, pero no tanto como cuando Remedios, la mayor de 8 hermanos , tenía 15 años. Otra vez el año 1947. Entonces el agua empezaba a innundar sus casas. «Mi padre puso una escalera para entrar a casa por el bocarón pues el corral y la parte delantera de la vivienda estaba llena de agua. El día de Santiago de 1947 nos instalamos en nuestra nueva casa de Polledo».
Sus padres y los de otros muchos vivieron el éxodo... «y fueron los fundadores de Polledo». Supervivientes del agua.