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Lo de Garoña es de cómic

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Lo de Garoña es de cómic

El insólito final de la central burgalesa da para un tebeo; la historia de la energía atómica está escrita en viñetas, casi siempre antinucleares

10.01.13 - 20:04 -
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En ‘La cochinadita nuclear’ (1989), Mortadelo y Filemón deben detener los residuos nucleares que Estados Unidos, con Ronald Reagan al frente, está introduciendo en España antes de que éstos emitan radiaciones que provoquen mutaciones genéticas. Tarde ya para el Súper, que en la portada aparece con cuerno de rinoceronte, alitas de murciélago, pies de anfibio y una cabeza de perro en el ombligo. Es sólo uno de los cómics -en su aportación más satírica, porque en la mayoría no hay mucha risa-, que han recogido la historia de la energía atómica. Un recorrido al que ahora bien podrían sumarse las aventuras y desventuras de la central de Garoña, que se apagó parece que definitivamente el 16 de diciembre -casualidades de la vida, justo tres días antes de que falleciera Keiji Nakazawa, el padre del manga que ilustró la hecatombe de Hiroshima-. Aunque cualquiera sabe si éste es el final, después del insólito colofón que ha tenido la planta burgalesa.
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Porque no han valido las décadas de lucha ecologista, ni que Garoña cumpliera en 2011 los 40 años de vida ‘útil’ pensados en un principio para jubilar a nuestras centrales. Tampoco que Rodríguez Zapatero firmara la ‘sentencia’ de la planta para este año que acabamos de estrenar provocando el enfado de antinucleares y de las empresas eléctricas que la gestionan. Ni el ‘indulto’ prometido por Rajoy con su llegada al poder y el acuerdo entre el Gobierno y Endesa e Iberdrola para alargar el funcionamiento hasta 2019. Mucho menos han importado los trabajadores que vivían gracias a la central, uno de los argumentos esgrimidos por Nuclenor para pedir su prórroga. Al final ha sido el dinero, las tasas que la reforma energética dispone para la actividad nuclear, lo que ha provocado el cierre de la planta. Las organizaciones ecologistas no se creen que una central amortizada no pueda hacer frente a un impuesto así, pero eso es lo que alegan Endesa e Iberdrola para explicar la clausura. En cualquier caso, rocambolesco argumento que bien daría para un cómic como los muchos que han ilustrado el tema atómico, dejando de lado los abundantes ejemplos de superhéroes.
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Otra planta, la de Fukushima, tiene ya su reflejo en un tebeo, en un manga concretamente, editado... ¡hace 20 años! Efectivamente, la dibujante Ryoko Yamagishi se inspiró en 1988 en el desastre de Chernóbil para imaginar en ‘Phaethon’ una tragedia nuclear en Japón muy parecida a la que vivió este país en 2011. En su día vendió 70.000 ejemplares, pero después de la reciente tragedia fue colgado gratis en Internet para que llegara a más gente; recibió en poco tiempo más de 200.000 visitas . Curiosa ‘premonición’. “La advertencia de mi cómic no sirvió para nada. Estoy muy triste”, dijo la autora nipona al conocer el desastre provocado por el terremoto y posterior tsunami.
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Coincidiendo con la catástrofe de Fukushima, salía a la calle ‘Chernóbil. La zona’ (Glénat), una novela gráfica sobre el desastre de la planta soviética. Sus autores, Natacha Bustos y Francisco Sánchez, apenas pudieron insertar una nota en la que explicaban que cuando idearon el proyecto no podían ni imaginar que otro incidente de nivel 7 se sumaría al único que la historia había registrado hasta el momento. El cómic recoge la historia de tres generaciones de una misma familia afectadas por aquella terrible tragedia. La escena de la yegua pariendo al potrillo con cinco patas pone la piel de gallina. Y sólo es el comienzo de una historia que se inicia con dos viejecillos que regresan a su casa, dentro de la desierta zona contaminada, para cultivar sus tierras ahora radiactivas.
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A favor y en contra
Otros abueletes entrañables protagonizan uno de los cómics sobre el tema más leídos de la historia (tuvo su versión en cine animado), ‘Cuando el viento sopla’, de Raymond Brigss (1986). Es casi imposible encontrarlo hoy, así que los que lo tengan guardan un tesoro. La pareja afronta en su casa de Gran Bretaña un ataque nuclear proveniente de la URSS con una inocencia tan desasosegante que los que lo han leído no pueden olvidarlo con los años. Los viejillos comienzan el libro con las mejillas sonrosadas como manzanas y acaban siendo sombras, descomponiéndose a merced de la radiación. “Pero si es algo que tú no puedes ver ni sentir tampoco puede estar haciéndote mucho daño, ¿no?”, pregunta la mujer desde su improvisado e ineficiente refugio mientras el lector se angustia cada vez más.
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Es cierto que los cómics que abordan este tema son casi siempre antinucleares, es más, organizaciones ecologistas han creado sus propias historietas, como ‘Elena y Goyo y la central nuclear’, que narra la visita de dos hermanos a una planta donde descubren “los peligros que se ocultan y su conexión con la industria militar”. O ‘Asterix y las centrales nucleares’, creado por el movimiento antinuclear alemán a partir de las viñetas de otros volúmenes originales con textos, evidentemente, falsos.
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Pero no siempre ha sido así. ‘Power for progress’ es un ejemplo del uso de la novela gráfica con fines proatómicos. Editado en EE UU en 1971, servía para ilustrar a los visitantes de la central de Big Rock, en Michigan, acerca de las bondades de la energía nuclear. En una viñeta, los viajeros que acuden a conocer la planta en un autobús lo hacen entre hurras. Y el más antiguo ‘The atomic revolution’ (1957), información sobre esta fuente energética que intentaba arrojar luz donde por el momento todo era niebla.
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Muere el ‘padre’ de Hiroshima
Hasta que EE UU lanzó en Japón (1945) su ‘Little Boy’ y el mundo conoció de verdad todo el poder de esta nueva fuente de energía. Keizi Nakawaza nació en Hiroshima y fue uno de los que recibieron aquella bomba. Toda su familia menos su madre murió en aquel ataque. Años más tarde, el hombre reflejó en viñetas su vivencia, convirtiéndose en el padre del manga sobre la bomba atómica (‘Gen of Hiroshima’, entre otros) que se estudia en los colegios japoneses. Murió de cáncer de pulmón hace unos días, el pasado 19 de diciembre.
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Poco tiempo después de aquel horror vivido en Japón, durante los años 50, en plena Guerra Fría, EE UU editaba una serie de cómics que bajo el título ‘Atomic War!’ esgrimían la necesidad de estar preparados ante la posibilidad de una ofensiva contra el país. “Sólo una América fuerte puede prevenir un ataque nuclear”, se leía en la portada. El Empire State y el edificio Chrysler se desmoronaban con un impresionante hongo atómico de fondo.
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