Lorena Fernández
Lilongüe, 9 feb (EFE).- El inasumible coste que le supone a Malaui la compra y distribución de combustible por todo el país ha llevado a un desabastecimiento oficial, que está forzando a muchos ciudadanos a acudir al mercado negro para obtener el carburante.
Es el caso de Alex Masano, un taxista de Lilongüe, la capital del país, para quien llegar antes a la larga fila formada en una gasolinera de la zona comercial de la ciudad le habría supuesto una gran diferencia.
El empleado de turno informa a Masano de que la bomba está seca, ya que el cliente anterior recibió los últimos litros de gasolina.
"Estuve ahí desde la mañana, justo ya me tocaba y dijeron que se acabó la gasolina...No sé por qué tengo tan mala suerte", comenta a Efe el taxista, apesadumbrado.
No llegar a tiempo significa para Masano pagar más por cada litro de gasolina, pues no tendrá más remedio que buscarlo ilegalmente.
A falta de combustible en las gasolineras del país (uno de los 20 más pobres del mundo, según la ONU), la población malauí se ha acostumbrado a comprar en el mercado negro.
Es un negocio en ebullición difícilmente cuantificable en términos económicos, pero muy visible no sólo en Lilongüe, sino en otras grandes ciudades como Karonga y Mzuzu (norte) y Nsanje (sur).
En este país de cerca de 15 millones de habitantes se necesitan unos 30 millones de dólares mensuales -según cifras oficiales- para abastecer la demanda de gasolina y diesel.
El problema radica en la escasez de reservas de divisa extranjera (dólares, principalmente), que impide importar suficiente combustible para satisfacer la demanda.
La portavoz del Gobierno, Patricia Kaliati, explicó a Efe que el problema de las divisas se debe a los comerciantes que sacan ilegalmente dólares del país, aunque las autoridades -aseguró- trabajan "día y noche" para solucionar la escasez de combustible.
En ese sentido, la corrupción en Malaui -que ocupó el puesto número 100 del Índice de Percepción de la Corrupción de 2011, elaborado por Transparencia Internacional y referido a 178 países-, sigue siendo un acicate para el movimiento incontrolado de dinero.
"¿Está Malaui ganando la guerra contra la corrupción? No lo sé, pero sé que la batalla continuará", reconoció el presidente malauí, Bingu wa Mutharika, la semana pasada en un discurso a la nación.
Durante los últimos periodos de escasez aguda, que empezaron en octubre pasado, los contrabandistas de gasolina se han multiplicado.
El escaso carburante del país suele ser acaparado por compradores que hacen fila en las gasolineras con bidones, en vez de vehículos.
Los populares contenedores de plástico amarillo cambian luego de dueño a precios que hasta triplican el precio legal de venta.
Masano, como la mayoría de transportistas locales, sabe dónde adquirir la gasolina que tanto necesita sin hacer fila: al lado de la estación de autobuses de Lilongüe, en pleno centro capitalino, donde se aparcan docenas de vehículos copados de bidones llenos.
"Todos -comenta- saben dónde hay gasolina. Por eso, se puede seguir trabajando".
Después de subir el precio oficial de la gasolina en un 31 por ciento y del diesel en un 38 por ciento en noviembre pasado, el Gobierno decretó que ya nadie podría comprar combustible en bidones.
Hasta 200 vehículos pueden llegar a verse haciendo cola un día en estaciones de servicio de Lilongüe y otras ciudades.
La presencia de tantos clientes cargados de paciencia se explica porque el precio actual de la gasolina está en 2,30 dólares, y en el mercado negro se negocia entre los 4,20 y 4,80 dólares por litro.
Sin embargo, los vendedores ilegales siempre encuentran a un cliente y se las arreglan para continuar con su rentable negocio.
Desde la prohibición oficial de comprar en bidón, algunos vendedores llevan un automóvil que está fuera de uso, llenan el tanque y lo vacían con una manguera.
Según comenta a Efe un vendedor ilegal que prefiere guardar el anonimato, los encargados de avivar el mercado negro son, entre otros, los traficantes que cruzan a la vecina Zambia y regresan con bidones llenos de combustible.
Hastiado por la falta de combustible en su gasolinera, Masano, el taxista, decide negociar con los traficantes en el mercado negro de la estación de autobuses: al final comprará 10 litros de gasolina por 42 dólares porque hay que "seguir trabajando".
En este improvisado mercado de combustible, las medidas de seguridad no existen: un hombre a pocos pasos de donde se manipula la gasolina prende un cigarrillo y tira la cerilla al suelo, un hecho que ya ha provocado incendios en otros zocos clandestinos.
La Policía responde a veces a denuncias sobre este mercado negro e incluso ha detenido a contrabandistas, pero el lucrativo negocio cerca de la estación de autobuses de Lilongüe sigue intacto. EFE