Líneas básicas de su pontificado

Juan Pablo II, históricamente hablando, fue un Papa excepcional desde el primer día. El 16 de octubre de 1978, cuando salió al balcón de San Pedro a saludar a la multitud, era el primer pontífice no italiano desde 1523, año en que murió el holandés Adriano VI. “¡Woitiua!” exclamó el protodiácono aquel día poniendo cuidado en la pronunciación al dar a conocer el nombre del nuevo Papa. Los miles de fieles aglomerados en la plaza de San Pedro pensaron que se trataba de un africano. Luego se aclaró que era polaco, pero dentro y fuera del Vaticano todos se dieron cuenta de que era un Papa distinto. Llegaban tiempos diferentes. Hoy, al mirar el conjunto de su trayectoria se puede constatar que el paso de Karol Wojtyla ha marcado el último cuarto del pasado siglo y el comienzo del presente no sólo la Iglesia sino la Historia.

"La elección del cardenal polaco promoverá una universalización de la Iglesia, su activismo en todos los sistemas sociopolíticos. Dependerá de la Curia, que sin duda intentará someterlo a su influencia, pero su temperamento hace pensar que tomará el control de la situación rápidamente". Estas palabras proféticas no provienen de ningún avezado eclesiástico, sino del primer informe del antiguo Politburó de Moscú sobre Wojtyla. Al otro lado del Atlántico, en la Casa Blanca causaron una gran impresión las fotos de un satélite que mostraban un punto blanco frente a la muchedumbre en el centro de Varsovia. Era el 2 de junio de 1979, el primer viaje del Papa a Polonia. Un año después comenzaron las protestas sindicales que acabaron por derribar el régimen soviético. Este Papa ha sido, más allá de su papel religioso, una figura política innovadora.

Universalizar la fe y la presencia de la Iglesia

Juan Pablo II, que tomó su nombre con la misma intención de su fugaz antecesor de seguir la vía abierta por Juan XXIII y Pablo VI, emprendió la misión de universalizar la fe cristiana y restaurar la presencia de la Iglesia en la sociedad. Wojtyla comenzó a hacer muchas cosas que hoy parecen normales pero entonces no lo eran tanto: un Papa que recibía a los amigos, que salía y entraba del palacio apostólico, que prescindía de sus colaboradores, que nadaba y se construía una piscina, que subía montañas, que publicaba libros. Wojtyla personalizó la figura del Pontífice, renunció a su parte más burocrática y de gobierno y le restó aire de soberano. Juan Pablo II, actor en su juventud, improvisaba constantemente, algo inédito en el remirado estilo vaticano.

El nuevo Papa impuso un carácter humano, arrollador y un carisma único. En este sentido es crucial su portentosa adaptación al potencial de los medios de comunicación. Las primeras masas ya se vieron en San Pedro con Pío XII, Juan XXIII despertó una simpatía generalizada y Pablo VI comenzó a viajar, pero Juan Pablo II concentró en torno a él las cámaras de televisión durante 24 horas y se las llevó detrás por todo el mundo. Si hay una imagen que surge al mencionar al Papa es la del viajero. En total sumó 104 viajes.

No hay que olvidar que Wojtyla llegó a San Pedro en un momento de fuerte crisis de identidad de la Iglesia, que acomplejada ante una sociedad que cambiaba cada vez más rápido se veía bloqueada entre los impulsos de renovación del Concilio Vaticano II y las corrientes más conservadoras. En este escenario, cada vez que el Papa llegaba a un país hacía tomar cuerpo a las iglesias nacionales y les devolvía el orgullo de ser cristianos. Al mismo tiempo, en los países más pobres, su visita devolvía la dignidad y la atención a los olvidados. En 1978 los católicos eran 756 millones y hoy son 1.160. Donde más han crecido ha sido en Africa, de 54 a 135 millones; en Asia, de 63 a 108 millones; en América, de 368 a 528... pero en Europa han descendido del 35% al 26%.

Se convirtió en un auténtico líder de masas. Su afán por acercarse a la gente y terminar de humanizar la figura papal está reflejada en su incesante actividad en el Vaticano: celebraba medio millar de audiencias al año y visitaba cada domingo una de las 293 parroquias de Roma. Además, tiene el récord de público en un acto, más que cualquier estrella de rock: 4 millones de personas en Manila en 1995.

Férreo de puertas adentro

Paradójicamente, la otra cara de este Papa volcado con el pueblo es la de una autoridad férrea de puertas adentro. Su pontificado ambulante ha ocultado un firme centralismo de la Iglesia de Roma que ha frenado los auspicios de participación de las diócesis del Concilio Vaticano II.

Una de las preocupaciones de Wojtyla ha sido mantener a toda costa la unidad de la Iglesia y desde el nombramiento de Joseph Ratzinger en 1981 como guardián de la doctrina no ha permitido disidencias. Los jesuitas, los teólogos díscolos, los sacerdotes latinoamericanos defensores de la teología de la liberación, han sido sometidos a la disciplina vaticana por las buenas o por las malas. Como contrapartida, su papado ha consagrado la ascensión del Opus Dei.

Juan Pablo II, con su carácter enérgico y una profunda espiritualidad, ha dedicado sus días a cruzadas que consideraba vitales en el mundo actual. La primera de ellas, que le convirtió en un personaje político clave, fue la lucha contra el comunismo. La visita a su Polonia natal en junio de 1979, su apoyo decidido a los sindicatos polacos en las huelgas de 1980, pueden ser tomadas como el inicio de la caída del Muro que dividía Europa. El 1 de diciembre de 1989 una limusina con la hoz y el martillo, en la que viajaba el presidente sovietico Mijail Gorbachov, entró en la Santa Sede.

Tras la caída del comunismo su punto de mira, cuyo rastro se puede seguir a lo largo de sus 14 encíclicas, giró hacia el capitalismo salvaje, el consumismo el hedonismo, hacia el ateísmo, el relativismo moral, con una atención especial a la familia y a los jóvenes, a quienes ha tenido siempre por el corazón de la Iglesia. Sus batallas más encarnizadas y que han conferido a su papado el tono más conservador se han desplegado en torno al sexo: divorcio, ordenación sacerdotal de mujeres, matrimonio en el clero, homosexualidad, anticonceptivos o su solución de la castidad para prevenir el sida.

Defensor de la paz y del diálogo

No obstante, su principal cruzada siempre ha sido la paz y la llamada a la reconciliación. Recorrió la mayoría de las dictaduras con un mensaje de diálogo, pidió tempranamente la creación de un Estado palestino, se opuso a la Guerra del Golfo, a los embargos a Irak y a la posterior invasión del país árabe por Estados Unidos, respondiendo también a su intuición de la amenaza del fundamentalismo y el enfrentamiento religioso.

Su empeño por el diálogo es evidente en su largo camino por establecer puentes con las demás religiones: fue el primer Papa en entrar en una sinagoga (1986), en una mezquita (2001) y el primero en visitar Grecia desde el cisma ortodoxo de 1054. Reunió en Asís a representantes de todas las confesiones en 1986 en un encuentro sin precedentes y pidió perdón por todos los errores de la Iglesia.

Desde luego pocos papas han despertado más críticas, pero también pocos han cosechado adhesiones y consensos de campos tan lejanos al catolicismo. En cualquier caso, en la raíz de todas sus manifestaciones siempre vibró una profunda espiritualidad, un sentido místico de la existencia que está en el origen de su vocación. Su conciencia de cumplir una misión fue más allá de todos sus récords, que componen una lista interminable. Juan Pablo II quiso ser sobre todo una presencia. Y lo fue hasta su final.