Asalto al carrito de los postres

ENTRE PUESTOS

Diego Ruiz
DIEGO RUIZSantander

Quisiera que algún jurista amigo me dijera qué condena puede caerme por asaltar uno de esos carritos de postres que tienen, al servicio del público en general, algunos restaurantes de postín de nuestra región. Y, además, que me explicara si es mejor cometer el delito con arma blanca, recortada macarra al estilo del inolvidable 'Vaquilla' o, simplemente, secuestrar ese provocador cajón con ruedas, sin pedir rescate alguno.

Y a mi médico, celoso vigilante de los niveles de colesterol, qué cantidad de dulce puedo meterme en el cuerpo de una sola sentada, o panzada se entiende.

Hace unos días le pregunté a la jefa de sala de uno de estos restaurantes donde se pasea el provocador carrito sí podía asaltar a cara descubierta la caja mágica de sus postres y me dijo que, sin duda, iba a contar con la ayuda de otros delincuentes de la misma calaña y glotonería que yo.

Seguramente, el abogado al que pido consejo, mi galeno y el jefe del Cuerpo Superior de Policía me recomendarán que me siente en el comedor y pida una ración, o dos, y que la pague religiosamente como todo ciudadano de orden.

Pero ellos no saben de mis debilidades. Como muchos otros, tomo religiosamente la pastilla para el colesterol cada noche y el salchichón ya no sé ni qué aspecto tiene. El queso se quedó en mi memoria hace tiempo y el último cubata creo que fue cuando se estrenó Memorias de África.

Lo que a mí me pasa frente al carrito de los postres es que tengo dos momentos que siempre me hacen sudar y salibar al mismo tiempo. El primero es el de las dudas. Qué elegiré: si la tarta de chocolate, si el tocino de cielo, si el ponche segoviano, si la torrija de sobao...

El segundo momento es el del arrepentimiento. Y no por lo del colesterol, sino porque siempre tengo la impresión de que la elección pudo haber sido mejor. Que en vez de la tatín, me hubiera ido mejor con la de piña por un suponer. Letrado, porfi, dígame usted.

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