"¡Oh, río Asón... Mi río Asón!"

ÁNGEL LUIS GÓMEZ CALLESantander

Cuando un pájaro abandona el nido, su dieta alimenticia cambia sustancialmente; los alimentos que la madre depositaba suavemente en su pico se van a ver sustituidos poco a poco por otros que la sabia naturaleza pondrá a su libre disposición.

Espero que esta corta metáfora sirva para ilustrar el importante cambio que se produce en nuestra vida alimenticia cuando abandonamos nuestro 'nido', nuestro hogar materno; yo no sé si a vosotros, queridos gastrolectores, os ocurrió lo mismo que a mí y podéis disfrutar con plena consciencia del momento o del lugar en el que descubristeis otra nueva gastronomía, otros estilos y formas diferentes de preparar los alimentos.

Recuerdo con cariño que hace ya unos cuantos lustros se hablaba en mi Laredo existencial de un restaurante de Ramales de la Victoria que le acababan de otorgar una estrella en una, por entonces semi desconocida, Guía Michelín. Me acuerdo perfectamente cuándo y con quién disfruté por primera vez de una cocina distinta a la que yo conocía por aquél entonces y descubrí que el placer de la buena gastronomía consistía en una suma de diversos factores -buenos productos, técnica depurada, pasión, respeto al cliente, esmerado servicio-, y que cuando todos ellos de juntan, forman una maravillosa orquesta capaz de tocar una sinfonía soñada por todos y trasladarnos a un mundo de placer y bienestar hasta entonces desconocido.

Después, lógica y afortunadamente, hubo otros muchos restaurantes, con más y menos estrellas, que me hacen sentir algo especial, en ocasiones algo único e irrepetible, en lugares mágicos, con compañías siempre deseadas y hacer sentir a mi paladar y a mi corazón experiencias vitales que me hacen recordar la importancia que tiene la gastronomía en mi vida.

Sin embargo, quizás a fuerza de tanto repetirlo, en mi memoria están grabados con sal y azúcar platos tan emblemáticos como el 'Pastel de hojaldre con mollejas y hongos', la 'tarta de foie gras en tres texturas' o aquellos 'Lomos de salmonete' que el bueno de Enrique Galarreta siempre me decía: "Estos son de tu pueblo, Ángel".

¿Y las carnes? Aquella 'falda de ternera asada', ternera siempre de un año y de un peso determinado; el inolvidable e irrepetible 'Solomillo a la inglesa' o la insuperable precisión para convertir una sorda o becada en un plato de alta cocina internacional.

Los postres del restaurante Río Asón, ganadores de un Premio Nacional de Gastronomía, siempre fueron el colofón de inolvidables comidas y cenas..., y para recordar nada mejor que el 'cisne de chocolate por el parque', dulce delicia que hizo feliz a multitud de niños y mayores durante muchos años.

Y si me acuerdo de los platos, ¿cómo iba a olvidarme de las personas? Inolvidable equipo, capitaneado por un irrepetible Enrique Galarreta, siempre acompañado por Toñi, su mujer, y por sus hijas Nerea y Olga; en ocasiones también su hijo Alberto; con Fernando y Roberto, en la sala; con Fernando, Martín y Carlos, en la cocina, entre los fogones.

Gracias a todos por vuestra contribución a que yo aprobase mi 'Bachillerato Gastronómico' en uno de los restaurantes más añorados de toda Cantabria, el Río Asón, en Ramales de la Victoria, también conocido como 'El Hostal', que tuvo una más que merecida estrella Michelin desde el año 1990 hasta su cierre en 2007.

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