Edulcorantes, sí

Este recurso para endulzar sin aportar calorías es positivo siempre que sea de forma moderada, sin abusar porque entonces surgen otros problemas

José Enrique Campillo
JOSÉ ENRIQUE CAMPILLO

Diversos estudios han alertado sobre el abuso del consumo de los llamados edulcorantes artificiales. Esta sobredosis diaria podría llegar a desencadenar aquellas patologías que se pretende prevenir con su consumo, por ejemplo, la diabetes y la obesidad. Desde aquí hemos reiterado, en numerosas ocasiones, que la clave de una alimentación saludable reside en la variedad y la moderación.

Uno de los sabores más atractivos es el dulce. Nuestro cerebro sabe que cada vez que se estimulan los receptores que captan el sabor dulce, le sigue un chute de energía súper, de calorías que el organismo precisa para funcionar o para almacenar. Muchas personas, por diversas circunstancias, desean disfrutar del sabor dulce pero no quieren que en su organismo entren calorías. Y recurren a los edulcorantes artificiales, que cumplen exactamente esa función: proporcionar el placer de lo dulce sin las calorías asociadas.

El problema surge cuando se pasa de un consumo moderado a un consumo excesivo. Numerosos estudios en animales de experimentación muestran que cuando se consumen los edulcorantes engañamos a nuestro cerebro. El hipotálamo se queda perplejo (licencia literaria) y se pregunta: si ha entrado algo dulce ¿dónde están las calorías que siempre le acompañan? Y como detecta que no se ha producido un aumento de calorías circulando por la sangre le entra una rabieta y activa mecanismos que fuerzan a meter en el organismo las calorías defraudadas. Y a la persona le entra una gran apetencia por comer lo que sea, dulce o no, pero con muchas calorías. Y la persona, esta sí se queda perpleja, al constatar que a pesar de no meter ni una gota de azúcar en su organismo sigue engordando.

Otro caso es el de la glucemia. ¿Cómo es posible que aumente la glucosa en sangre en aquellas personas que abusan de los edulcorantes artificiales? En este caso el mecanismo es diferente. Se ha observado que el exceso de edulcorantes y el concomitante descenso de la llegada de glucosa al intestino afecta a las bacterias que colonizan nuestro aparato digestivo. En voluntarios que tomaban de 10 a 12 dosis diarias de edulcorantes se vio que se producía una elevación de los niveles de glucosa en sangre. Cuando se recogían las bacterias intestinales de las heces de estos individuos y se las administraban a ratas normales, se producía en los animales un aumento de glucemia en sangre. Son numerosos los estudios que ratifican esta influencia del abuso de edulcorantes sobre la flora intestinal.

Ante esta situación: ¿Qué hemos de hacer? Pues usar los edulcorantes con sentido común. No pasa nada porque echemos sacarina en los tres cafés con leche que nos tomamos al día. Pero no sería adecuado que cada día encharcáramos de edulcorante líquido las fresas que nos tomamos de postre.

También existen otras opciones. Les cuento la mía, ahora que nadie nos oye: yo echo al café un poco de edulcorante y media cucharadita de azúcar. También es interesante cambiar de tipo de edulcorante. Cuando se nos acaba un envase de un tipo de edulcorante podemos comprar otro diferente.

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