Las raíces del Restaurante Solana (II)

Jesús, Toñín, abuela Benedicta, José Luis, Ramonita, Nacho y el abuelo Bernabé./DM .
Jesús, Toñín, abuela Benedicta, José Luis, Ramonita, Nacho y el abuelo Bernabé. / DM .
Ampuero

JESÚS GARCÍA PÉREZAmpuero

Como decíamos, de los nueve hijos de Severiano Solana y Ramona Sainz, tan solo quedó en la casa Bernabé, que se casó con Benedicta Ruiz, tomando el matrimonio Solana-Ruiz, como segunda generación, las riendas de esta entrañable empresa familiar. Fueron los años donde los viajeros que subían a La Bien Aparecida encontraban mesa y mantel para degustar una buena comida casera en Casa Solana. Bernabé y Benedicta trabajaron duro y pusieron en marcha a sus hijos. José Luis, el primogénito, estudió la carrera de aparejador, dedicando su vida profesional a este cometido. José Antonio, 'Toñín', siguiendo una constante en la familia, quedó en la casa para seguir como eslabón del actual Restaurante Solana.

Ignacio falleció cuando se encontraba en la plenitud de la adolescencia -dicen que la vida de los muertos consiste en la memoria de los vivos-, por eso Ignacio perdura en la memoria de los Solana llevando su sobrino, el universal chef estrella, su mismo nombre por todo el mundo. El cuarto hijo, Jesús, tiene una historia bonita que vamos a contar. Por una parte hace gala del espíritu luchador de los Solana y, por otra, ha sido una especie de faro y guía para Nacho. ¿Y por qué? se preguntaran quienes siguen nuestras crónicas del recuerdo. Pues, allá vamos, y como si de una obra de teatro se tratara ¡que levanten el telón!

Jesús estudiaba hostelería junto a su primo Paco Santisteban. A principios de los setenta, el embajador de España, en Luxemburgo, pidió un joven cocinero con estudios para incorporarle en la servidumbre de la Embajada. El ofrecimiento llegó al jovencísimo Jesús, que siguiendo el espíritu familiar, no se achicó y se embarcó en tan ilusionante oferta de trabajo. Durante cuatro o cinco años estuvo de cocinero en la Embajada, hasta que hubo cambio de embajador y, como es lógico, el nuevo inquilino trajo su nuevo equipo de servidumbre. Pero él no regresó a España, se abrió camino y con buen olfato de cocinero también lo tuvo para la restauración. Puso restaurantes en locales de alquiler hasta conseguir los ahorros que le permitieron comprar un edificio. En la parte alta montó apartamentos y en el bajo el Restaurante Solana. Y así fue como la sombra de los Solana, aunque sea una paradoja, fue alargada hasta Luxemburgo. En el Gran Ducado de Luxemburgo, capital del país, echó raíces casándose con una luxemburguesa. Tienen un hijo arquitecto. Siempre que podía venía a pasar unos días a La Bien Aparecida y lo sigue haciendo. De ahí lo que escribíamos cuando decíamos lo del faro y guía para Nacho, pues siempre tuvo en su tío un buen mentor... Bajamos el telón tras este interesante acto y llegamos al quinto lugar de los descendientes. Cuando parecía que Bernabé seguía los pasos de su padre, con tanto varón, llegó la niña, Ramona, 'Ramonita', que fue a Madrid, realizando la función de secretaria en una Inmobiliaria.

Retomamos a José Antonio, 'Toñín', para seguir el nexo de esta preciosa historia que llega a la tercera generación. Se casa con Begoña Pérez, que insufla savia nueva a la cocina tradicional adquiriendo fama en toda la comarca. El matrimonio trabaja duro en el local reformado en 1970 y abierto de nuevo al público en 1971. En esta década nacen Inmaculada e Ignacio que empiezan a escribir bellas páginas del Restaurante Solana que, desde el 24 de noviembre de 2011, ha llegado a una altura equiparada con el lugar donde se encuentra: muy cerca de las estrellas...

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