El rito frente al show

Benjamín Lana
BENJAMÍN LANASantander

Hay días en que me siento feliz de pertenecer a una sociedad que aún mantiene un planteamiento espiritual de la vida, al menos en lo referente a lo que come y bebe. En la mesa de nuestra pequeña arcadia culinaria del norte aún resisten la ceremonia y el rito frente al espectáculo que reina en otros lares. Disfrutamos comiendo pero no comemos para después exhibir. Nos importa más el contenido del plato que la foto con el chef (todavía). Escribo estas líneas no para alabar nuestra noble condición, sino al contrario, para alertar del peligro que nos acecha. Les confieso que desde que Coca Cola dejó de proclamar ‘destapa la felicidad’ y se pasó a ‘siente el sabor’ ando inquieto.

Hace cinco años Vargas Llosa publicó ‘La civilización del espectáculo’, un polémico ensayo en el que sostenía que la cultura, tal y como la había entendido Occidente hasta la fecha, estaba a punto de desaparecer por la banalización de las artes y la frivolidad de la política. Y eso que entonces aún no nos tomábamos en serio a un tal Donald Trump, ni sonaba con fuerza la palabra populismo, ni se había inventado la ‘posverdad’ y los ingleses, mal que bien, seguían chupando de la piragua europea. Desde entonces la cosa ha ido a peor y no solo en esos dos ámbitos. La frivolización como cáncer transversal ha terminado por atacar y conquistar casi cualquier momento de la vida. La medida del éxito de toda actividad o pensamiento humano es su capacidad para convertirse en ‘show’. El único modo de conseguir que en esta sociedad hiper-estimulada algo resulte atractivo es hacerlo simple y brillante, como el arroz que no se pasa. En la gastronomía está ocurriendo tres cuartos de lo mismo.

La espritualidad en la mesa

Frente a la tradición clásica del maestro, del reconocimiento a la excelencia de toda una vida, de la profundidad del conocimiento, triunfan el ‘ranking’ y las listas porque evitan tener que dedicar tiempo al descubrimiento. Frente a la palabra y la búsqueda de los matices gana la foto express de un móvil en una red social con el título de ‘brutal’. Frente a la cuadrilla, la familia, el txoko, la sociedad, la cofradía o hasta la academia destaca el 'foodismo', ese movimiento quintaesencia de lo frívolo y espectacular (en la segunda acepción de la RAE: aparatoso u ostentoso).

Es curioso que en este tema de la comida me sienta más cerca de personas de otra cultura, religión y raza que habitan a más de diez mil kilómetros de distancia, como los japoneses, que de buena parte de nuestros vecinos occidentales. Su espiritualidad abierta, sus valores sobre la gratitud y o la deuda, la búsqueda de la belleza y el respeto de las temporadas y sus productos son absolutamente equiparables a los que siente y practica la familia Arregi en Elkano de Getaria. En la cultura japonesa se diferencia el honne, lo que realmente se siente, del tatemae, lo que se muestra a la sociedad, y gracias a esta distinción conceptual previa no mezclan lo uno con lo otro, a diferencia de lo que está ocurriendo en Occidente, donde andamos confundiendo lo importante con lo epidérmico.

No es que debamos darnos a las solemnidades, ni a engolar la voz cada vez que vamos a comer una merluza, pero tampoco deberíamos pensar en ese tiempo de la mesa como en un tránsito o, peor aún, como un momento para las modas o para engordar el nuevo ‘star-system’ de la cocina. Cada vez que nos sentamos a comer estamos conmemorando nuestra supervivencia con la ingesta de otros seres vivos a los que previamente hemos dado muerte. Al fin y al cabo, la comida y el vino son la base de nuestra cultura lúdica pero también de la espiritual, símbolos donde los haya de la herencia cultural judeo-cristiana de la que somos parte. Pero eso ya es otro comino.

*** PD. El escritor Tanizaki explicaba que en la cultura japonesa los objetos brillantes producen malestar y por eso casi nunca los utilizan en la mesa y si necesitan utensilios metálicos nunca están pulidos. La sombra y la pátina permiten observar los detalles y la profundidad de las cosas. A sus ojos, el jade es más bello que el diamante. La ceremonia y el rito continúan por encima del espectáculo.

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