Los 100.000 pasos del Camino

La llegada a Potes, uno de los momentos gratificantes para los peregrinos del Camino Lebaniego/María Gil Lastra
La llegada a Potes, uno de los momentos gratificantes para los peregrinos del Camino Lebaniego / María Gil Lastra

De San Vicente a Santo Toribio, una travesía poco frecuentada para el reencuentro sin prisa con la Cantabria profunda

Jesús Serrera
JESÚS SERRERALiébana

El camino vacío y la meta abarrotada. El contraste sorprende al peregrino al final de los 100.000 pasos que le han traído, casi en soledad durante tres jornadas, desde San Vicente de la Barquera hasta el monasterio de Santo Toribio, convertido en una romería en la mañana de un domingo de mediados de mayo. Demasiado asfalto a lo largo de los 70 kilómetros, alguna ampolla, también sudor y fatiga en las cuestas, pero ya desde los preparativos resulta una experiencia muy placentera esta travesía sin apuro. Tiempo de sobra para la reflexión vital y espiritual, para hacer planes de futuro o para descartarlos, para el reencuentro sin prisa con la Cantabria rural de la infancia, con sus paisajes y sus paisanajes.

Al Camino Lebaniego le cuesta arrancar, al menos hasta que el buen tiempo se asiente y lleguen las vacaciones. Así que en la iglesia barquereña de Nuestra Señora de los Ángeles, a un lado la mar y al otro los Picos de Europa, no hay que hacer cola para que el cura imprima el primer sello del Camino en la credencial que viaja entre las páginas de la ‘Historia universal de la infamia’ de Borges, cuentos maravillosos para las noches del camino.

Con el Naranjo de Bulnes asomando intermitente a lo lejos en la vertiginosa sucesión de claros y nubes, se llega pronto a Serdio. También algunas parejas de mediana edad, británicos, alemanes, estadounidenses, que atraviesan la región hacia Santiago de Compostela, a veces con problemas de orientación que intentamos solucionar. La chimenea de la taberna ‘La Gloria’ está presidida por la foto de un jovencísimo Tuto Sañudo, hijo ilustre del pueblo (como el maqui Paco Bedoya), en un Racing-Barcelona, porque además la casa era o es de la madre del futbolista. Mariano, que atiende la barra y también pone el sello, dice que está notando bastante trasiego de peregrinos nacionales y extranjeros.

A Muñorrodero se puede bajar por la carretera o por una pista de equívoca señalización para tomar la Senda Fluvial del Nansa. Hay un trazado alternativo más corto, pero merece la pena dejar el asfalto y disfrutar de un trecho de 14 kilómetros a la vera del río, muy bonito, cómodo, seguro y a la sombra. Lástima que el Nansa baje con muy poca agua, apenas un palmo en algunos tramos, así que los afluentes, regatos y acuíferos están secos o casi, y el verde de los prados se parece al de agosto. Caminantes no se ven, tampoco pescadores. Sobran muchas señales cada cien metros, que no añaden información una a la otra, y falta algún contenedor para que los desperdicios no vayan a parar al río o al bosque.

El primer tramo de la senda termina en la central eléctrica de Camijanes. Hay un chiringuito justo al lado, pero como la idea es comer algo más serio en el pueblo lo que resulta es una buena pechada suplementaria monte arriba con la que no contaba. El que no sabe es como el que no ve.

El resto de la senda, acondicionado más recientemente, lleva hasta Puente el Arrudo y Cades, final de etapa después de 25 kilómetros. La oferta para comer y dormir es limitada, sobre todo en la primera mitad de la semana, así que hay que dejar cerrada la intendencia antes de emprender viaje. En el hotel sólo hay dos parejas jóvenes de amigos de Santander y Palencia que también hacen el Camino.

Cantabria profunda

La segunda etapa, unos 20 kilómetros, tiene mucho asfalto, al menos para quien no conoce la red de pistas y senderos. Lo bueno es que uno puede observar y sentir de paso la vida, la actividad ganadera, los usos, las costumbres, los olores, el folclore que conservan mejor los pueblos de la Cantabria menos transitada de Rionansa, Herrerías o Lamasón, aunque ahora las cuevas de El Soplao y Chufín atraen bastante turismo a la zona.

Hoy como ayer, como mi abuela, la mujer multiplica el trajín en la casa, los hijos, los viejos, el ganado y la huerta, sólo que ahora también maneja tractores enormes. Entrando en Venta Fresnedo, al peregrino le llega desde el fondo de los años el sonido casi olvidado de un segador picando el dalle. Allí está sentado en el prado, concentrado en el yunque, el martillo y el filo de la guadaña. Un poco más adelante, un ganadero se para a saludar y luego sigue atendiendo a una docena de yeguas con los potros recién nacidos.

‘No hay atajo sin trabajo’

La sonrisa nostalgiosa me dura hasta Quintanilla, un pequeño desvío casi obligado para reparar fuerzas al final de la mañana. En el restaurante cuatro muchachos que trabajan en la zona comen el menú y hablan de los todoterrenos que la gente prefiere en cada valle. Al salir me informan muy amables de que a Cicera se llega en un momento, una hora o así desde Lafuente, pero me temo que ellos hacen ese cálculo desde su envidiable juventud.

Por desgracia, no me equivoco en el pronóstico. ‘No hay atajo sin trabajo’. El refrán le viene a uno a la mente en cuando acomete las cuestas más pindias del ramal de carretera que enlaza Lafuente con Burió y después con el Collado de Hoz. He mejorado el fondo físico en los dos últimos meses, pero me repito varias veces a lo largo del camino que tengo que dejar de fumar. Lo cierto es que se acorta bastante el trayecto por esta variante. Por fin, el valle de Peñarrubia queda a la vista.

Por una pista se baja rápido desde el collado hasta Cicera. Soy el único huésped en la posada de la Escuela, pero quien la regenta desde hace años, Bruno, buen conversador y aficionado a la yerba mate, tiene bastantes reservas para las semanas posteriores. También esperan tener más movimiento en el albergue y en el bar, donde cenamos con Gonzalo y Sonia, vallisoletanos, con los que me encuentro en todas las etapas del camino.

Ha caído una buena tormenta que tonifica la pradería. Sin embargo, los que saben dicen que para las huertas el agua a estas alturas sólo sirve para que prolifere la mala hierba y haya que aumentar el tratamiento químico.

Hacia Liébana

A la mañana siguiente, de camino a Liébana, hay que elegir en la bifurcación. La idea primera es subir hasta la Braña de los Tejos y bajar luego por Bedoya, pero finalmente se impone el trayecto más llevadero por el collado de Arceón hacia Lebeña por una larga pista cuyo inicio no está bien señalizado.

Junto a la muy visitada iglesia de Lebeña y a una baliza ‘wifi’ del Camino Lebaniego todavía por conectar tiene su chiringuito la joven Beatriz, que de momento no ha notado más visitantes que el año pasado, aunque es verdad que entonces empezó a trabajar un mes más tarde.

La mayoría de los peregrinos continúa hacia Cabañes, donde hay albergue, por el pueblo del Allende. Una ruta alternativa conduce a Castro Cillorigo por el viejo camino del Desfiladero. Tampoco está bien marcado, pero hay que buscarlo para no jugarse el tipo en las curvas sin visibilidad de la carretera. Después, los senderos para llegar a Trillayo, en el valle de Bedoya, están tan cerrados por la maleza que salgo del trance con muchos arañazos y cinco garrapatas contadas en el cuello y los brazos. Pero, en fin, ya estamos en casa.

Lo que queda es un paseo. Un rato de conversación con don Manuel, el párroco de Tama, atento lector de periódicos, que sella la credencial, y el plácido trayecto hasta Potes por Campañana, a la orilla del Deva, que también baja con un caudal muy pobre esta primavera. No es de extrañar, no hay nada de nieve en los Picos. Para rematar la faena, una helada traicionera de finales de abril ha hecho estragos en las viñas y en los frutales.

Santo Toribio está a tope, de gente, de coches, de autobuses. Llegan peregrinos desde los cinco continentes, aseguran los franciscanos del monasterio, y también los hay que suben andando desde Potes y se hacen por dos euros con el diploma de ‘la lebaniega’. En la Oficina del Peregrino pone orden la periodista Marga Pereda, que tiene su casa familiar justo al lado del monasterio. Hay que cumplir con algunos de los rituales: traspasar la Puerta del Perdón (por si acaso, dos veces) y hacer cola para adorar el Lignum Crucis.

Más allá de los paisajes espectaculares y de la buena gente que uno se ha tropezado, el Camino Lebaniego en soledad ha sido también una buena coartada para la reflexión y para echar la vista atrás en tiempo de cambios vitales. El balance es desigual, aunque la aceptación de los muchos errores me parece que aporta también algo de serenidad ante el futuro.

Al salir, la plazoleta está tomada por una concentración de Seat 600 y por los altavoces atrona Raffaella Carrá su ‘Para hacer bien el amor hay que venir al sur…’. Seguramente no es la música más solemne para la ocasión, pero al peregrino que ha superado su pequeño desafío casi le suena como un himno triunfal.

Fotos

Vídeos