Una labor tan vieja como el mar

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Un grupo de rederas trabaja en la Lonja de Santoña. / Celedonio Martínez

  • Rederas, neskatillas y empacadoras consiguen el reconocimiento de su profesión

Fueron cientos. Ahora quedan puñados. Alrededor de la docena en Santoña y algunas más salpicadas por los puertos pesqueros de Cantabria. Los de Santander, San Vicente de la Barquera, Laredo,Colindres, Comillas y Castro Urdiales. Las han acorralado la reducción de la flota pesquera y la precariedad laboral, pero también la artrosis y la artritis, maceradas en el salitre del puerto a base de humedad y movimientos repetitivos. Ahora que el País Vasco ha reconocido a sus neskatillas, rederas y empacadoras el coeficiente reductor para la jubilación y los beneficios especiales del régimen especial del mar, las cántabras confían en seguir el mismo camino. Y, de paso, que se cataloguen como dolencias laborales unas enfermedades laborales que pese a la evidente relación causa-efecto aún no lo están.

Del alrededor de medio centenar que sigue en activo en los puertos cántabros, 34 están unidas en la Asociación de Rederas Arebaca, mientras que otras que han preferido no agruparse y un tercer bloque trabaja mucho más en precario, condenado a la economía sumergida. Precisamente por eso, su reivindicación intenta también visibilizar un oficio que pese a su dureza no figura en el mainstream de los trabajos sacrificados. A la tasa de cortes en las manos, piel curtida y problemas de espalda pagada por sus mañanas al sol se unen para hacerles la vida más difícil la falta de reconocimiento y la cuota de autónomos. Otros peajes de una faena que castiga sus articulaciones mucho más de lo que las clásicas imágenes de postal permiten sospechar.

El previsible reconocimiento del coeficiente reductor permitirá al colectivo abandonar al fin algo antes una labor que empapa los huesos. Quizá llegue un poco tarde para las más veteranas en activo, que rondan los 57 años, y definitivamente a destiempo para las ya jubiladas, pero abre un nuevo horizonte a las menores de treinta, que también las hay.

¿Y qué es una redera? Su trabajo comienza por la mañana arreglando el aparejo averiado, absoluta prioridad en cualquiera pesquero. Si no hay roturas, decidan la jornada a sustituir paños de las redes en una labor rutinaria de mantenimiento muy necesaria en unas redes que miden un mínimo de 150 metros y cuyo calado nunca baja de los cien. La crema solar o las sombrillas –o ambas cosas– se convierten en utensilios tan imprescindibles como las tijeras durante la primavera y el verano, cuando trabajan a pie de dársena, mientras que en invierno buscan abrigo entre las paredes de la lonja. Así, aunque su trabajo se ha humanizado –hace décadas llegaban antes de tiempo a la senectud aún en ejercicio por las exigencias de unos tiempos más canallas–, aún les falta este último reconocimiento como trabajadoras de pleno derecho del régimen especial.

En familia

Si las rederas constituyen una profesión escondida, más aún lo son las empacadoras y las neskatillas. Las primeras han desaparecido en Cantabria, absorbida su labor por otras figuras. Las segundas aún existen, aunque algunas de ellas esquivan un vocablo cuya etimología delata un origen netamente vasco. Y curiosamente las muchachas de barco, que es como popularmente se las conoce enCantabria, abundan en la costa occidental, pero desaparecen en los puertos cercanos al País Vasco.

Pocas niñas, más allá de la fascinación por el mar, se dedican al oficio por vocación. En muchos casos se embarcan en esa esforzada aventura vital por motivos familiares, ya sea para ayudar en la empresa familiar o por tradición; por seguir con el oficio que aprendieron con sus padres. A veces son familia de armadores o pescadores, y entonces su trabajo no termina nunca. Siempre hay pescado que vender, gestiones por completar, recados que cumplir, género por transportar y averías que reparar. Siempre hay algo que hacer en las pequeñas empresas familiares.

Es el caso de Vanesa Lastra, que hace «de todo un poco». Labores de redera, pero también «de muchacha de barco o neskatilla, como lo llaman en otros puertos». La santanderina se enorgullece de una decisión que hace «justicia»: «Reconoce nuestra profesión, algo que para nosotras es muy importante porque a veces parece que no existimos». En consecuencia, ha recibido la noticia con«euforia»: «Ya era hora, aunque ahora tenemos que seguir luchando por nuestros derechos».

Las rederas se acercan un poco más a aquello de la ‘profesión liberal’, pero también suelen guardar vínculos con los marinos y marineros. En su caso también tienen casi siempre trabajo pendiente. O más les vale, porque de no haberlo se deben quedar en casa sin cobrar el día. Sin embargo, la cotización de autónomos no entiende de circunstancias y se debe pagar indefectiblemente mes a mes. La misma cantidad. El mínimo son 265 euros (233 en régimen especial), pero en los últimos años de vida laboral conviene cotizar el máximo

Concepción Aguirre, presidenta de Arebaca, sigue a la espera de que cristalice un reconocimiento histórico que «va a beneficiar sobre todo a las generaciones futuras». Su jornada es «de siete horas: de nueve y media a doce y media, y de dos y media a seis y media, pero eso solo si al volver de la mar los barcos no traen ninguna avería. Si no, toca trabajar hasta doce horas seguidas». Y que no falte. Sobre todo en un trabajo que da «para vivir». Sin más.