Revilla habla

Revilla visita el instituto Santa Clara y les cuenta a los alumnos que de pequeño suplantó a su hermano en la prueba de acceso a un colegio. Yo me pregunto qué pensarán los alumnos ante tamaña confesión del presidente de su región: si les hará gracia, si les parecerá ejemplar, si se creerán la anécdota, si verán a Revilla como el presidente de su región o como un tertuliano.

Revilla visita una cadena de panaderías y proclama que elaboran el mejor pan de la región. Yo me pregunto qué pensarán el resto de panaderos cántabros, aunque Revilla parece saber de hambre y de colegios, pues en la entrevista con Bertín Osborne contó que los padres Salesianos le “traumatizaron” a capones por colarse en el comedor. Yo me pregunto qué cara se les quedó a los padres Salesianos al escuchar esa diatriba en tono campechano disparada desde una terraza ajena.

Mira que habla Revilla. Allá donde va, habla, y la gente le escucha atentísima, millones cuando sale por televisión o cuando firma libros. Revilla habla tanto como todos los políticos, pero supongo que a la gente le agrada su aire rumboso, alejado del institucional. Cuando Mariano Rajoy intenta imitar ese donaire, se le dislexia la boca y suelta cosas como 'Que no panda el cúnico'. O, sin mediar aviso, le endosa una colleja a su hijo tertuliano, cual padre Salesiano. Quizá por eso el televidente de Rajoy no es tan fiel como el del presidente cántabro, quien nunca ha ganado unas elecciones pero al que nunca parecen abandonarle sus votantes. Supongo que de Revilla te enamoras o le odias, y que en el primer caso, le perdonas todo, incluso pillarlo en la cama con otra mujer. Revilla se ha aliado en dos décadas con el PSOE y con el PP, y a sus votantes les parece adecuado. Me pregunto qué les parece a los votantes del PSOE y el PP.

O a los de Podemos, quienes por delegación le sostienen este mandato.

En cualquier caso, Revilla, desde que ha recuperado la Presidencia, habla muchísimo, hasta canta, y sale casi todos los días de romería, visitando colegios, panaderías y ferias. Supongo que eso está bien, porque durante la legislatura anterior, en la oposición, apenas abrió la boca fuera de los platós. Solo intervenía una vez al mes en el Parlamento regional, y siempre el mismo día: el primer lunes, cuando se conocían los datos actualizados del paro. Revilla subía entonces al estrado y le leía la misma cartilla al entonces presidente Ignacio Diego por ignorar el principal cometido de su representación popular. El resto de las sesiones, Revilla las ocupaba escribiendo sus libros o contestando tuits. Lo sé porque de aquélla yo era cronista parlamentario, y también mataba el infinito aburrimiento plenario como podía. En este caso, mirándole a él.

Me alegro mucho de que se haya recuperado.