Pastoral

Beethoven compuso sus Quinta y Sexta sinfonías casi de forma paralela. A mí me gusta más la Sexta. Podría acabar la columna de opinión aquí, pero voy a continuar. Antes de descubrir a Beethoven, yo pensaba que sus allegros y subidones, que en algunos compases te levantan del sofá, se debían a la sordera que padecía el genio, igual que pensaba que Revilla atronaba ante los micrófonos cual pastor porque no se oía bien. Ahora entiendo mi error. La Sexta Sinfonía, o ‘Pastoral’, es una exposición de los sentimientos del compositor ante la Naturaleza, donde Beethoven celebra la vida. No es un retrato bucólico, sino una inmersión en la belleza que sonaba en el interior de ese hombre sordo y amargado, apasionado con los ideales de la Revolución Francesa y de un amor huraño hacia la humanidad. Con su lirismo inapelable, la Sexta te sumerge dentro del mismo Beethoven, atraviesas un espejo que te deposita ante un paisaje indeterminado pero orgánico, donde transcurre un cuento sin argumento que sin embargo conoces, una historia ajena pero absolutamente propia: la de un paseo en soledad por un planeta (o por un pueblo, o por una cabeza con los ojos abiertos de par en par) emocionante. Cuando la escucho, me imagino entre montañas o bosques acompañado por un tierno cordero con el que acabo bailando mientras el bicho toca el violín y Chagall (que en mi ensoñación se parece mucho a Hugh Grant) nos pinta a los tres. Entonces cojo al cordero, lo trasquilo y lo aso trinchado en un espetón giratorio. Todos seguimos cantando, incluido el animal, que entiende su sacrificio como parte del ciclo, de la rotación vital. Así lo he descubierto; como descubrí que Revilla no es sordo, sino que posee la megafonía de un profeta agrario. Es la escultura de Pablo Gargallo, pero con los huecos rellenados de heno. Obama ha debido de saltar de su sofá ante la abrumadora petición del cántabro de que visite Altamira sí o sí. Creo que hasta le dejaría añadir un grafiti, porque dice Revilla, con el arranque de una Quinta Sinfonía, que está dispuesto «hasta a dimitir» con tal de lograrlo. Yo no acabo de entender la relación entre esa cabra y ese violín, pero oye, me parece perfecto.