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Construir los planetas del Sistema Solar con plastilina fue una de las actividades que realizaron los niños que participaron en la gymkana ‘¡Juega con la ciencia!'. / Foto: A. Fernández | Vídeo: H. Díaz

Dos universos en sintonía

  • La sociedad cántabra responde a la llamada de los científicos, que salieron a la calle a mostrar su trabajo

  • 'La noche de los investigadores' convierte Santander en un inmenso laboratorio al aire libre donde pequeños y mayores participan de forma activa en juegos, experimentos y talleres

«Todo lo que sucede en el mundo tiene una explicación». La sentencia salió de la boca de uno de los más de 200 científicos que tomaron las calles de Santander para compartir su trabajo con pequeños y mayores, para sacar de los laboratorios ramas de la ciencia e investigaciones que, entre recortes y poca divulgación, quedan recluidos a un pequeño universo de especialistas. La ciencia traspasó esas cuatro paredes blancas y se abrió a la sociedad cántabra en lo que era la cuarta edición de ‘La noche europea de los investigadores’, iniciativa que se celebró de forma simultánea en 300 ciudades de 24 países.

Y la sociedad respondió a la llamada, acudiendo en masa a los talleres, juegos, experimentos participativos, demostraciones, ponencias y visitas guiadas que, bajo coordinación de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación de la Universidad de Cantabria, se repartieron en diversos emplazamientos de Santander con un marcado carácter lúdico. Dos mundos que viven en una misma dimensión pero que muy pocas veces se tocan convivieron ayer en perfecta sintonía durante unas horas. Y se lo pasaron muy bien ambas partes.

Los más pequeños acudieron sobre todo al patio de los colegios Cisneros y Antonio Mendoza, donde participaron en la gymkana ‘¡Juega con la ciencia!’. Repartidos en diversos equipos se enfrentaron a una decena de pruebas a través de las que conocieron qué es la fluorescencia, por qué se forma el arco iris, qué permite ver las películas en 3D, cómo los líquidos cambian el color de la luz o cuánta energía se puede sacar del sol. Las caras de asombro y diversión de los niños y niñas se repetían cada vez que participaban en un experimento donde las explicaciones de los representantes del Instituto de Física de Cantabria (IFCA) y del Grupo de Ingeniería Fotónica se convertían en tangenciales realidades. Porque sí, porque todo lo que pasa en este mundo y el resto del universo lo hace por algo y tiene respuestas, algunas ya conocidas, otras en vía de descubrirse en ese reto continuo que empuja el día a día de los científicos.

Lo que no tuvieron respuestas fueron algunas de las preguntas de los más pequeños, capaces de desafiar a la lógica, la física y lo que haga falta con tal de saciar su ansia de conocimiento. «A los investigadores no se lo dice nadie, lo tienen que adivinar, que descubrir, así que vosotros tenéis que hacer lo mismo», salían al paso desde el stand donde había que construir los planetas del Sistema Solar con plastilina.

Al lado, disfrutaron de los vuelos de botellas de plástico convertidas, por momentos, en cohetes gracias a la interacción de vinagre, bicarbonato y las dosis justas de agitación y paciencia. «¡Mira cómo vuela!», exclamaban una vez tras otra los pequeños protagonistas. «Quizás de mayores alguno de vosotros pilotéis un cohete», les decían. Quién sabe. Quizás alguno soñó anoche con ello. Y quizás dentro de unos años, cuando tengan qué decidir hacia donde encaminar sus estudios superiores, también lo hagan despiertos.

El mundo natural, el físico y la tecnología convivían en este improvisado laboratorio al aire libre donde otras veces se dan patadas a un balón. La actividad no tenía descanso. Porque también había que crear protones o construir telescopios con elementos tan básicos como una lente, cartulinas, gomas y papel de aluminio. Literalmente. El punto final fue mucho menos metafísico, una merecida merienda para los precoces científicos.

Actividad sin descanso

La actividad se trasladó entonces al Instituto de Hidráulica Ambiental y a ese tanque motivo de orgullo; al Observatorio Astronómico, desde donde se observó el cielo con más sabiduría y menos poética; al IBBTEC, donde se jugó con la biología, el ADN y las mutaciones; al Idival, donde se enseñó cómo funciona un banco de muestras para investigación; a los alrededores de la Escuela de Náutica, donde los interesados aprendieron a hacer fuego...

La ciencia, desparramada por las calles, terminó la tarde-noche concentrándose en una abarrotada Plaza de Pombo, donde centenares de asistentes disfrutaron de multitud de experimentos y demostraciones en una imagen que quedará para el recuerdo. El punto final se produjo en el teatro del Casyc, donde cuatro investigadores –José Ramón Rivas, Francisco Carrera, David Villaescusa y Francisco Javier Rodríguez– se subieron al escenario para parodiar con hilarantes monólogos su trabajo, su particular mundo, sus rarezas y las leyendas que les rodean.

Antes de que se conozca de forma oficial el número de asistentes –el reto era superar los 3.500 de años anteriores–, la cuarta edición de ‘La noche de los investigadores’ fue todo un éxito de sensaciones. Las tarjetas que lucían en el pecho los 200 científicos que participaron en la experiencia lucía una significativa frase a base de reivindicación: ‘Científicos por un futuro mejor’. Desde el otro lado, del de los anónimos que disfrutaron de los experimentos que les pusieron al alcance de la mano, la reivindicación era otra: «Tenéis que salir más a la calle a enseñarnos lo que hacéis». Quizás así, si ambos universos se unen más a menudo, a los gobiernos les sea más difícil justificar recortes a la investigación. Pero esto es ya más cuestión de fe que de ciencia.