Arquitectura a escala humana

Organizadores y participantes de ‘Arquitecturas a tu lado’.
Organizadores y participantes de ‘Arquitecturas a tu lado’. / Roberto Ruiz
  • Una veintena de personas vinculadas a la cultura y el conocimiento reflexiona sobre el paisaje cotidiano

Plantado ante un edificio, cualquier arquitecto podría valorar su diseño –ya sea original o no–, la inclusión de determinados elementos arquitectónicos, la utilización de tales o cuales materiales y mil cosas más. Pero estos profesionales no son los únicos capaces de establecer un diálogo con las construcciones: para demostrarlo, y para celebrar de una forma diferente el Día Mundial de la Arquitectura, el Colegio de Arquitectos de Cantabria invitó a una veintena de ciudadanos vinculados al mundo de la cultura y el conocimiento a elegir un edificio, una pieza del paisaje cotidiano y reflexionar sobre él. El resultado de este encuentro fue un recorrido íntimo y plural, lleno de impresiones, sentimientos y recuerdos, a través de una serie de obras que prueban que el fin último de la arquitectura es ser vivida.

Otras formas de ver

Domingo de la Lastra, vocal de Cultura del Colegio de Arquitectos, explicó que esta actividad, que se desarrolló el pasado lunes en el Espacio Ricardo Lorenzo, pretende abrir las puertas a otras formas de ver y conocer las arquitecturas y los paisajes con que las personas conviven cotidianamente: aunque las obras sean de alguien, es indudable que conforman los lugares que habitamos todos. La buena experiencia del año pasado, cuando la responsabilidad de realizar una selección de trabajos recayó en un grupo de arquitectos, animó a repetirla en esta ocasión contando con distintos protagonistas. «Queremos enviar un mensaje al resto de la sociedad: la arquitectura quiere participar de un diálogo con ella. Y también hay otro mensaje para nuestro colectivo: que debemos mantenernos atentos y abiertos a lo que la sociedad opina de nuestro ámbito profesional, porque es la verdadera protagonista de nuestro trabajo».

Casi todas las intervenciones –de un máximo de tres minutos, y apoyadas en dispositivas– hicieron referencia a rincones de Santander. Hubo quien eligió construcciones singulares por motivos evidentes, quien optó por actuaciones más modestas por alguna circunstancia personal y hasta quien no necesitó optar por ninguna en concreto: Carmen Sánchez Diezma se refirió a la arquitectura en abstracto, definiendo ‘la buena’ como aquella capaz de emocionar y responder a las necesidades planteadas. Esta arquitecta de interiores dijo que es necesario aprender a apreciarla ya que «para muchas personas, los edificios no tienen más de cinco metros de altura, porque nunca miran hacia arriba».

«Una geografía excepcional»

Domingo de la Lastra opina que Santander está condicionada, como ciudad, por «una geografía excepcional». «Eso le da un plus de calidad de vida envidiable, y también llega a obviar otros problemas urbanos»

Es habitual escuchar que la capital perdió personalidad como consecuencia de los destrozos ocasionados por la explosión del Machichaco y, sobre todo, del incendio de 1941; no obstante, visto el desastre sobre un mapa, no parece que la superficie afectada fuera tanta como para cargarlo con tal culpa. De la Lastra tiene otra opinión: «El incendio, más allá de lo puramente material, tuvo dos consecuencias traumáticas. La primera fue la pérdida de memoria: la arquitectura, como biblioteca de piedra, desapareció; la ciudad perdió buena parte de su pasado y quedó herida espiritualmente. La otra consecuencia trágica fue la transformación sociológica: toda la mezcla social propia de los cascos históricos fue sustituida por una burguesía que era capaz de optar a las nuevas viviendas. De todas formas, Santander tiene un magnífico pedazo de trama urbana, desde la Porticada a Castelar, que es la envidia de muchas otras ciudades. Hay que aprender a apreciar la ciudad y sentirnos orgullosos de lo que tenemos para advertir las oportunidades que hay de mejorarla».

Sara del Hoyo | Historiadora

Eligió un edificio de la calle Ruiz Tagle, en Torrelavega, construido a finales del XIX y diseñado por Pablo Piqué, autor del primer plan de urbanismo –desechado– para la ciudad.

Ana García Negrete | Poeta

La ‘restauración’ de la batería de San Pedro del Mar. «La veo desde mi casa y es un dolor. Parece cualquier osa menos una batería de costa».

Maribel Estefanía | Funcionaria

Las cabañas no son pretenciosas ni arrogantes, ofrecen refugio y a la vez libertad, y su coste no es excesivo. «Dan mucho y a cambio piden poco».

Esperanza Botella | Pres. Unicef Cantabria

Las fachadas de las casas en hilera del barrio La Garma, en Arcet, tienen medidas medievales: seis metros, por veinte de fondo, hasta salir a las huertas traseras.

Yolanda Novoa | Artista

Enmarcado en un paisaje espectacular, lo más importante del Palacete del Embarcadero es su latido interior: desde 1985 acoge muestras de arte contemporáneo.

Javier Torres | Ingeniero de Caminos

Considera que el Centro Botín, obra de Renzo Piano, podría integrarse mejor convirtiéndolo en zona de paso, en vez de ser un compartimento estanco.

María Antonia Pérez | Ingeniera de Caminos

La caseta de la antigua báscula de camiones de Valdecilla era la entrada a la parte trasera del complejo, la industrial. Su sombrero es un paraboloide hiperbólico.

Fernando Abascal | Profesor y poeta

La grúa de piedra forma parte del recuerdo de sus paseos dominicales junto a su padre. Aquella estructura de «amable obesidad» es ahora una pieza desmochada.

Alejandro Trinchant | Documentalista

La casa del tejado de paja –Casa Gandarias– se convirtió en la casa de sus sueños a la fuerza: en su lugar hoy se levanta un lujoso chalé.

Joaquín Martínez | Cano Artista

Pasa por delante del conservatorio cada día de camino al trabajo: un edificio blanco, de forma circular, que le recuerda a un gigantesco acordeón.

Eva Fernández | Gestora cultural

Las escaleras de la calle África son un elemento cotidiano que conduce a la Santander fea y desordenada, pero con encanto, que no sale en los folletos turísticos.

Miguel Ángel Aramburu | Historiador

La Finca Altamira se levantó con dinero indiano cuando el Alta (General Dávila) era zona aristocrática. Elena Quiroga la utilizó de escenario en su novela ‘Tristura’.

Ignacio G. de Riancho | Editor

La gasolinera de los jardines de Pereda requería una intervención en espacio mínimo. La solución que se encontró fue un diseño limpio, esbelto y vanguardista.

Rosa Coterillo | Historiadora

En su familia hubo uno de esos niños que se tiraban al mar a por perras gordas. Para su sorpresa, en un feliz viaje a Singapur descubrió un conjunto escultórico calcado.

Dori Campos | Poeta

El Palacio de Cortiguera podría haber sido el de Sherezade, pero es más probable que acabe como Zara o exótica sede para un centro de negocios.

Javier Marcos | Arqueólogo

A través de un resto de la muralla del Cincho en Yuso, Santillana, se puede entender cómo se desarrollaba la vida en un castro prerromano.

Luis Cruz | Abogado

La antigua lonja de Santander era un lugar accesible, al que se podía entrar, como un museo oceanográfico en directo. Sólo queda de ella el recuerdo.

Paz Gil | Librera

Pasó su infancia en el Grupo Pedro Velarde. Viviendas pequeñas, bien hechas y un vecindario con espacios comunes levantado durante el franquismo.

Aurelio G. de Riancho | Médico

El edificio es «el patito feo» de la plaza del Ayuntamiento. Su elegancia no puede evitar que las miradas y los objetivos de las cámaras se orienten hacia el consistorio.

Elena Maza | Arquitecta

El Palacio de Riva-Herrera es el edificio civil más antiguo de Santander. Tras su rehabilitación, conviven en él pasado y presente, muros de piedra y pantallas de plasma.